20 noviembre 2025

El regreso de Germaine Derbecq. Una vida entre pintura, crítica y vanguardia

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La Colección Amalia Lacroze de Fortabat inauguró ayer Germaine Derbecq. Éxtasis, 1899-1973, una muestra curada por Federica Baeza que revisita el universo múltiple de la artista, crítica y curadora francesa-argentina. Un recorrido que reconstruye su sensibilidad modernista, su acción decisiva en la escena porteña y su obra pictórica atravesada por fe, abstracción y deseo de futuro.

Una vida entre ciudades y lenguajes

Derbecq nació en París en 1899, en el mismo clima cultural que vio surgir a las vanguardias históricas. Sus primeras amistades y maestros fueron nombres cardinales de la modernidad: André Lhote, Maurice Denis, Paul Sérusier, Suzanne Roger, Juan Gris. Apenas con diecinueve años ya participaba en los grandes salones junto a Picasso y otros protagonistas del siglo.

Ese temprano despegue contrasta con otro registro decisivo de su biografía. Nacida en una familia burguesa, conoció el hambre en la Europa de entreguerras. Ese corte marcó su carácter y su pintura, que nunca dejó de mezclar refinamiento y urgencia. Trasladada a Vichy durante la Segunda Guerra, produjo dibujos austeros, líneas tensas, esquemas que anticipaban su giro hacia la abstracción.

En 1951 llegó a Buenos Aires junto con su marido, el escultor Pablo Curatella Manes. La ciudad la adoptó de inmediato y ella devolvió esa hospitalidad con trabajo incansable.

La palabra como laboratorio crítico

Su escritura sostuvo una de las miradas más lúcidas del arte argentino de mediados de siglo. Analítica, elegante, a veces afilada y otras profundamente generosa, Derbecq escribió para imaginar una escena más amplia, más conectada y más promisoria. Hablaba de abstracción, de arte para el pueblo, de la potencia cultural de Buenos Aires y, al mismo tiempo, dejaba traslucir sus propios deseos como artista.

Los textos de sala recuerdan esta zona de su práctica donde crítica e imagen se vuelven inseparables. No buscaba describir, buscaba entender. Cada columna era una conversación con lo que vendría.

La acción como modo de intervenir la historia

Derbecq fue una figura central en la conformación del arte argentino de los años sesenta. Su dirección de la Galería Lirolay la convirtió en una impulsora clave de la neovanguardia. Las primeras exhibiciones de artistas como Marta Minujín, Alberto Greco o Ricardo Carreira pasaron por su mano curatorial. También fue determinante en la visibilidad de mujeres artistas como Silvia Torras, Olga López y Martha Zuik.

Lirolay funcionó como laboratorio y ella como brújula. Abría puertas, acompañaba procesos, exponía riesgos. Sus nietas lo sintetizan con precisión cuando recuerdan que, ante los infortunios, Germaine se volvía todavía más creativa.

El gesto democratizador de los múltiples

Hacia fines de los sesenta desarrolló un proyecto que desafió tanto el coleccionismo tradicional como la noción de obra única. Sus “múltiples”, vendidos al precio simbólico de un par de zapatos, nacían de una matriz geométrica que luego se replicaba en series cromáticas. Esa delegación en otras manos encarnaba un pensamiento radical: el arte podía circular más allá del aura, más allá del original.

El gesto adquiere hoy una lectura renovada. No solo como democratización, sino como crítica a los sistemas de valor. Era una operación conceptual adelantada a su época.

Atmósferas, cuerpos y éxtasis

La muestra despliega distintos momentos de su obra. En los años treinta aparecen escenas de artistas, salas de billar, jardines, interiores tamizados por el recuerdo. Los contornos se desdibujan y la luz se vuelve lenguaje de memoria.

En los cuarenta y cincuenta su pintura se concentra en la esencia de las figuras. Vírgenes, anunciaciones, bailarinas, payasos. Ese proceso de destilación la lleva hacia una dimensión más espiritual, un espacio lleno de emoción sostenida. Su éxtasis.

Hacia mediados de los cincuenta y sesenta, la forma se vuelve grafía insistente. Tramas cerradas, vibraciones, un deslizamiento hacia lo óptico y lo pop. La pintura pierde peso y se acerca al dibujo expandido, casi como si el color buscara desaparecer para volver a empezar.

Una figura que excede su época

La retrospectiva curada por Federica Baeza restituye un mapa que no siempre vimos completo. Derbecq fue artista, crítica, curadora, puente entre París y Buenos Aires, mujer que ocupó espacios que no estaban hechos para ella y que aun así los redefinió. Fue osada, trabajadora, rigurosa, profundamente moderna.

Su obra, en todas sus mutaciones, habla de una vida que encontró en el arte un modo de iluminar el mundo posible. Su éxtasis.