12 diciembre 2025

La sopa de Warhol nunca es “la misma de siempre”: la herencia de un icono

de

La lata más famosa del arte vuelve a ocupar el centro de la escena: cuestionada, celebrada y reinterpretada. Su metamorfosis demuestra hasta qué punto la visión de Warhol sigue moldeando el imaginario pop, siempre a mitad de camino entre la cocina y el mercado.

«La grandeza de Estados Unidos está en ser la primera nación en la que los ricos compran lo mismo que los pobres». Así escribe Warhol en The Philosophy of Andy Warhol (From A to B & Back Again), publicado en 1975. En ese pasaje hablaba de la Coca-Cola, destacando el carácter profundamente democrático del producto. Y cuando, hacia fines de los cincuenta, Andy Warhol sintió la necesidad de distanciarse de Roy Lichtenstein y James Rosenquist, empezó a buscar un sujeto capaz de condensar una sensibilidad nueva y romper con la tradición desde un lugar más abierto a la cultura de masas. Entonces pensó en aquello que consumía todos los días: «Yo las bebía, almorzaba lo mismo cada día durante veinte años». Se refería, claro, a la sopa enlatada Campbell’s.

Con Campbell’s Soup Cans, en 1962, Warhol dispuso 32 telas realizadas con polímeros sintéticos que reproducían todas las variedades de sopa Campbell’s disponibles en el mercado. Era una repetición sistemática en la que solo la etiqueta funcionaba como un frágil elemento distintivo. En esa reiteración se asomaban los procesos mecanizados de la producción masiva y la sensación de una individualidad asfixiada por la uniformidad, abriendo además una reflexión sobre la mercantilización del arte. Con un gesto simple pero disruptivo, Warhol alteraría el rumbo del arte al elevar un objeto cotidiano y modesto a la categoría de obra maestra, observándolo sin juicio y reproduciéndolo con frialdad y meticulosidad. El objeto cotidiano se convertía en icono.

Como señaló Marcel Duchamp: «Si tomás la lata de sopa Campbell’s y la repetís cincuenta veces, lo que importa no es la imagen visual, sino el concepto que te llevó a poner cincuenta latas de sopa en la tela».

Más allá de la delgada línea sobre la que se movía Warhol, denunciando la sociedad de consumo mientras formaba parte activa de su engranaje capitalista, cabe preguntarse qué lugar ocupa hoy aquella célebre sopa en el imaginario colectivo.

Se activan, al mismo tiempo, dos procesos opuestos. Por un lado, Campbell’s Co. anunció haber despedido a su número dos tras salir a la luz una grabación en la que el vicepresidente Martin Bally describía las sopas del gigante estadounidense como «mierda para pobres». Y esa ironía de “una mierda en lata” nos lleva, por otro lado y a miles de kilómetros de distancia, hacia una reinterpretación completamente distinta del mismo elemento.

En Vercelli, los hermanos Costardi retomaron una idea del célebre gastrónomo y fotógrafo turinés Bob Noto: envasar no solo una estética pop sino también platos tradicionales. Su sello son las Costardi’s Condensed, latas que contienen distintas variedades de risotto. «La primera nació en 2012 y era un risotto al pomodoro. La idea surgió porque en Turín estaba la exposición del Guggenheim dedicada a Andy Warhol y nos pidieron encargarnos de la parte gastronómica. Queríamos hacer algo diferente». Tras dieciocho años dedicados a un menú centrado en el arroz, hoy unifican cocina y arte, transformando la lata de Warhol nuevamente en un objeto de consumo, esta vez exclusivo.

No es la primera vez que Warhol se vincula con el universo culinario. Ya en 1959 decidió publicar por su cuenta Wild Raspberries, el recetario surrealista de su amiga Suzy Frankfurt, ilustrando cada plato del libro.

Pero volviendo a las sopas: de un lado aparece un icono mediático tratado como comida para pobres; del otro, su reinterpretación bajo la mirada warholiana convierte ese mismo objeto en un alimento de élite. Es un dualismo irónico que corre sobre la reflexión del propio Warhol, oscilando entre extremos y cargando al mismo elemento de significados que combinan paradoja, desencanto e ironía. Rasgos profundamente característicos de su obra.

En la propuesta de Christian y Manuel Costardi no se redefine el risotto como obra de arte en el sentido tradicional, pero sí se lo introduce en un imaginario visual que pertenece tanto al diseño como al consumo cotidiano. Así, la imagen de la lata Campbell’s vuelve a funcionar como un gesto inmediato y compartido, aun cuando cambian sus propósitos y significados.

Los hermanos Costardi. Creditos: La Cucina Italiana

En Art Basel Miami Beach, la galería Lévy Gorvy Dayan presenta el célebre retrato de Muhammad Ali realizado por Warhol en 1977. La obra, un acrílico y serigrafía sobre tela firmada por el boxeador en el reverso, regresa al mercado por 18 millones de dólares. La decisión de mostrar esta pieza llega en un momento sensible para el mercado del arte, que después de años de contracción busca señales de recuperación. La galería quiere llevar a la feria “lo mejor de lo mejor”: esta obra de Warhol que se vendió por 10 millones en 2019, 6,45 millones en 2020 y 18,1 millones en 2021. Y hace apenas un mes, un retrato de Brigitte Bardot de los años setenta se vendió por 16,7 millones de dólares en la plataforma Fair Warning, superando ampliamente su estimación máxima y convirtiéndose en la venta más alta del artista en lo que va del año.

Una ambivalencia que sigue la misma lógica: un Warhol situado en el ámbito elitista del coleccionismo y también en su relectura gastronómica, aunque en el caso de las latas el vínculo con lo cotidiano permanece firme. Es el arte que se transforma en cocina y que a la vez regresa a su condición de alimento básico.

Esta tensión hace explícita una de las preguntas que Warhol ya había formulado: qué separa un objeto de arte de un objeto de consumo. Cuando la imagen se convierte en mercancía, ¿cuánto permanece de su esencia y cuánto se transforma en nostalgia estética?

En un 2025 en el que el nombre de Warhol aparece tanto en las salas de subastas como en los estantes del supermercado o de la despensa, su herencia se revela más ambigua y fluida que nunca, en un paradigma que contempla no solo el precio, sino también la función y el contexto.

Al final, la verdadera revolución pop quizá ya no resida en el sujeto —sea el boxeador, la lata o la marca— sino en la continuidad de un lenguaje visual capaz de atravesar épocas, mercados y percepciones. Un lenguaje que confirma una vez más la grandeza de Warhol como puente entre arte y vida cotidiana, tanto en el lujo como en la pobreza.