Durante décadas, el funcionamiento del sistema galerístico se sostuvo sobre una ecuación relativamente estable. La galería operaba como intermediaria entre producción artística y mercado, articulando visibilidad, legitimación y venta. En ese esquema, el riesgo económico —costos de producción, exhibición y circulación— era asumido como parte constitutiva del modelo, compensado por una comisión sobre las ventas y por la posibilidad de construir relaciones de largo plazo con artistas y coleccionistas. Sin ser homogéneo ni exento de tensiones, ese marco ofrecía una narrativa clara sobre los roles y expectativas de cada actor.
Hoy, esa ecuación aparece profundamente desajustada. El sistema del arte contemporáneo atraviesa una crisis que no puede leerse únicamente en términos de prácticas individuales, sino como resultado de transformaciones estructurales en la relación entre oferta, demanda y sostenibilidad. La aceleración de los tiempos, la concentración del mercado y la precarización de las escenas locales han alterado las condiciones materiales bajo las cuales circula el arte.
Por un lado, la oferta artística se ha expandido de manera sostenida. Más artistas, más producción, más espacios, más ferias, más plataformas. La profesionalización del campo, lejos de traducirse en mayor estabilidad, ha intensificado la competencia por visibilidad y recursos. Por otro, la demanda —especialmente en contextos latinoamericanos— crece de forma desigual. El coleccionismo sigue siendo reducido, altamente concentrado y, en muchos casos, volátil. A esto se suma un debilitamiento del apoyo institucional y público, que limita las posibilidades de amortiguar el riesgo económico.
En este escenario, los costos asociados a la circulación del arte se han disparado. Participar en ferias internacionales, sostener una programación constante, producir obra, comunicar de manera permanente, mantener presencia digital y física: todo implica inversiones cada vez más difíciles de recuperar. La galería ya no opera solo como espacio expositivo, sino como una plataforma multicanal obligada a funcionar en simultáneo en distintos niveles del mercado, muchas veces sin la escala necesaria para hacerlo de manera sostenible.

La tensión entre una oferta creciente y una demanda insuficiente genera un desplazamiento inevitable del riesgo dentro del sistema. Surgen así modelos híbridos, fórmulas de financiamiento compartido, esquemas de coproducción o pago por servicios que, más que responder a una lógica especulativa, intentan adaptarse a un entorno económico inestable. Estas prácticas, antes marginales o asociadas a espacios alternativos, se vuelven cada vez más visibles en el circuito profesional.
El problema no es tanto la diversidad de modelos como la fragilidad del ecosistema que los produce. Cuando la visibilidad se vuelve un recurso escaso y costoso, su acceso tiende a mercantilizarse. La exhibición, la participación en ferias o la circulación internacional comienzan a funcionar como bienes transables, más que como resultados de una lectura crítica o estratégica. En ese contexto, la frontera entre mediación cultural y prestación de servicios se vuelve difusa, no por decisión individual, sino por la presión de un sistema que exige resultados inmediatos.
Esta dinámica tiene efectos directos sobre la producción artística. La necesidad de sostener económicamente la circulación condiciona tiempos, formatos y discursos. Las prácticas que no se ajustan a la lógica de la rentabilidad rápida encuentran mayores dificultades para encontrar espacio. Se acorta el margen para el ensayo, el error, la investigación prolongada. La construcción de carreras a largo plazo —una de las promesas históricas del sistema galerístico— se vuelve cada vez más excepcional.
Al mismo tiempo, la competencia con estructuras de gran escala —mega-galerías, ferias convertidas en mercados autónomos, plataformas globales— intensifica la desigualdad. El sistema tiende a concentrar atención y recursos en pocos nodos, mientras amplios sectores del campo operan en condiciones de supervivencia permanente. La noción de riesgo deja de ser una excepción para convertirse en una condición estructural compartida por casi todos los actores.

Paradójicamente, es en este contexto de crisis donde la mediación cultural resulta más necesaria. No como ideal romántico, sino como función crítica capaz de contextualizar prácticas, sostener procesos no inmediatamente rentables y producir sentido más allá de la lógica de la oferta y la demanda. Sin embargo, esa función solo puede ejercerse si existen condiciones materiales mínimas que hoy están seriamente erosionadas.
La coexistencia de modelos —desde estructuras que aún logran asumir el riesgo hasta otras que lo redistribuyen— dibuja un campo heterogéneo y tensionado. No hay respuestas únicas ni soluciones universales. Pero sí una pregunta que atraviesa el presente del sistema del arte: cómo reorganizar la relación entre producción, circulación y sostenibilidad sin vaciar de sentido los dispositivos que históricamente permitieron imaginar el arte como algo más que un bien transable.
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