03 enero 2026

La fragilidad del gesto restaurador: el caso de Cecilia Giménez

de

Ecce Homo de Borja. EL MUNDO

La muerte de Cecilia Giménez cierra una de las historias más paradójicas del arte reciente. Convertida en fenómeno global en 2012 por su intervención sobre un Ecce Homo en una pequeña localidad aragonesa, Giménez encarnó —sin proponérselo— un punto de inflexión en el debate contemporáneo sobre restauración, autoría y circulación de las imágenes.

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Doña Cecilia posa junto al Ecce Homo Crónica/El Mundo
La pintura, ubicada en el santuario de Borja, había sido durante décadas una imagen devocional menor, deteriorada por el tiempo y la humedad. El gesto de Giménez, una feligresa sin formación académica en conservación, fue impulsado por la voluntad de “arreglar” lo que veía perderse. El resultado —una figura de rasgos desdibujados, casi simiescos— detonó una viralización inmediata: memes, portadas de prensa, apropiaciones pop. La obra dejó de ser un objeto local para convertirse en icono global.

Desde el campo del arte, la reacción inicial osciló entre la burla y el escándalo. Se habló de desastre patrimonial, de ignorancia, de daño irreparable. Sin embargo, con el paso del tiempo, la intervención comenzó a leerse desde otros marcos. No como restauración en sentido técnico, sino como un acto involuntario de reescritura material de la imagen. Un gesto que expuso, con crudeza, la distancia entre el saber experto y la práctica amateur; entre la sacralidad patrimonial y la precariedad de los cuidados cotidianos.

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Santuario de la Misericordia, Borja, Zaragoza

Lo que Giménez hizo —y lo que no hizo— puso en evidencia la fragilidad de las imágenes cuando quedan fuera del radar institucional. También reveló cómo el valor de una obra no es inherente, sino producido por discursos, miradas y circuitos de circulación. El “nuevo” Ecce Homo no solo sobrevivió: activó economías locales, atrajo turismo y reconfiguró la relación de la comunidad con su patrimonio. La pintura dejó de ser invisible.

Cecilia Giménez no buscó convertirse en autora ni en artista. Su gesto fue doméstico, afectivo, situado. Quizás por eso incomodó tanto. En su torpeza —real o atribuida— abrió una fisura en el relato de la restauración como práctica neutra y nos obligó a mirar el reverso: la dimensión política, social y profundamente humana del cuidado de las imágenes.

Max Mara Art Prize for Women
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