La exposición Autorretrato de Gabriel Chaile, presentada en el Mathaf hasta el 21 de febrero, propone una lectura compleja y no literal de la noción de autorretrato. Lejos de cualquier gesto narcisista o introspectivo, Chaile construye una identidad expandida, hecha de formas, memorias colectivas y saberes ancestrales que atraviesan su práctica escultórica.
El proyecto se articula en torno a una escultura monumental de adobe, pero no se limita a ella. Autorretrato se presenta como una instalación expandida, donde una serie de elementos dispuestos en el espacio, pequeños relieves murales y un elemento orgánico suspendido, funcionan como extensiones conceptuales y materiales de una misma obra. No se trata de piezas autónomas ni de un montaje escenográfico, sino de un conjunto que opera como un solo cuerpo, desplegado en distintas escalas.

El título funciona como una provocación. ¿Qué significa autorretratarse cuando el cuerpo del artista no aparece representado, cuando la figura humana es sustituida por volúmenes arcaicos, superficies rugosas y gestos mínimos? En Chaile, el autorretrato no remite al rostro sino a la genealogía; no al individuo aislado, sino a una red de relaciones históricas, culturales y territoriales que configuran su lugar en el mundo.
La escultura central, de gran escala, remite tanto a arquitecturas primigenias como a objetos de uso ritual. Su superficie está cubierta por protuberancias que evocan mechones de cabello, un motivo cargado de resonancias identitarias. A lo largo de distintas culturas, el cabello ha funcionado como marcador de pertenencia, estatus y diferencia. Aquí, esa referencia condensa la ascendencia afro-árabe, indígena y latinoamericana del artista sin recurrir a una representación directa.
A su alrededor, los elementos murales de pequeño formato introducen una temporalidad distinta. Funcionan como fragmentos, casi como restos o vestigios, que invitan a una observación cercana y silenciosa. En diálogo con la monumentalidad del volumen principal, estos gestos laterales activan una lectura más íntima, vinculada al archivo, a lo votivo y a una memoria no sistematizada.

El elemento orgánico suspendido, una rama, refuerza esta lógica relacional. En la práctica de Chaile, los materiales naturales operan como conectores entre cuerpo, territorio y tiempo. Su presencia introduce una dimensión precaria y viva que tensiona la estabilidad del conjunto y desplaza la escultura de una condición puramente objetual hacia un campo más amplio, donde la materia parece todavía en proceso.
Uno de los rasgos más sugestivos de Autorretrato es la aparición sutil de formas oculares en la escultura principal, visibles desde distintos ángulos. Estas miradas, que no se unifican en un solo punto de vista, remiten a la tradición de cerámicas prehispánicas de doble cabeza. Cada “rostro” sugiere un estado distinto, introduciendo una sensación de dualidad que aporta densidad psicológica a la obra sin caer en la figuración.
El uso del adobe no es una decisión meramente formal. Material históricamente asociado a la arquitectura indígena en América Latina, el adobe ancla la obra en una relación directa con la tierra y con tecnologías constructivas transmitidas de generación en generación. En el contexto del Mathaf, esta materialidad establece resonancias inesperadas con tradiciones del mundo árabe, abriendo un diálogo sur–sur que evita la exotización y se sostiene en afinidades estructurales.
Curatorialmente, la presentación concentrada del proyecto refuerza su densidad. El espacio expositivo no funciona como un contenedor neutral, sino como un campo de relaciones donde cada elemento afecta la percepción del conjunto. El espectador es invitado a rodear la obra, a alternar entre distancia y proximidad, entre el impacto corporal y la lectura fragmentaria.
Más que un retrato de sí, Autorretrato se ofrece como una figura colectiva. Al integrar escultura, fragmentos y materia orgánica en un solo dispositivo, Gabriel Chaile propone una forma de autorrepresentación que se construye por acumulación y sedimentación. El yo no se muestra: se dispersa, se expande y se vuelve territorio compartido. En ese gesto, la obra no clausura sentidos, sino que deja abiertas las preguntas sobre identidad, memoria y pertenencia en el presente.
https://mathaf.org.qa/en/calendar/autorretrato-self-portrait/
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