Cartografías de lo imperceptible. Renart&Landini en la galería Del Infinito (Buenos Aires)
Actualidad
Una línea se propaga entre Renart & Landini, sin distinción entre materiales, épocas o procedimientos. Sin intención de delinear un contorno ni proponer un gesto, se acerca más a la idea de un filamento, una raíz o una prolongación capilar del sistema nervioso. Una línea que pareciera crecer desde el interior de la obra organiza el recorrido de la exposición como si respondiera a una lógica biológica antes que pictórica. Curada por Javier Villa en Del Infinito, la muestra encuentra justamente allí una correspondencia y se articula alrededor de esa condición compartida: imágenes que proliferan por ramificación, más cerca de un comportamiento orgánico que compositivo. El gesto curatorial tiende un puente generacional que trasciende el ejercicio de un hallazgo anacrónico. Es, en todo caso, una hipótesis sobre la persistencia de ciertas preguntas.
Emilio Renart (Mendoza, 1925 – Buenos Aires, 1991) abordó su práctica artística desde distintas aproximaciones, otorgándole un uso libre y simultáneo a las convenciones disciplinares de género bajo el nombre de integralismo. Articuló biología, percepción y conciencia. Sus organismos, tramas celulares, núcleos y ramificaciones tienen algo de mapa anatómico y algo de especulación metafísica. Podría pensarse que intentan volver visible la actividad soterrada de la conciencia. La energía interna del cuerpo y las descargas eléctricas producidas por el pensamiento adquieren espesor y aparecen como estados de una misma materia en circulación. Hay en Renart un impulso clasificatorio, casi científico, inmediatamente desplazado por una proliferación que vuelve extraña toda taxonomía. Sus dibujos parecen láminas de una ciencia paralela que él mismo descubre mientras dibuja.


Las piezas de Ginevra Landini (Buenos Aires, 1996) despliegan una materia filamentosa y operan desde una lógica que elude toda vocación de sistema. Pelos, bulbos, cavidades, membranas o raíces aparecen dispersos en superficies donde el cuerpo sugiere continuidad incluso más allá de los límites del propio soporte, expandiéndose entre una obra y otra en la búsqueda de un todo que, cuanto más intenta alcanzar, más se desplaza. El cuerpo está insinuado como parte, como resto, como huella o como paisaje interior. En algunos momentos, sus formas recuerdan esa capacidad de Georgia O’Keeffe para hacer que el pliegue orgánico de un pétalo, una cavidad, o un hueso se vuelva simultáneamente geología y cielo. También aquí la escala se vuelve incierta y obliga a la mirada a oscilar entre lo microscópico y lo astral; pero donde O’Keeffe centraba y monumentalizaba, Landini dispersa y multiplica.


En ese desplazamiento de escala, donde lo infinitesimal se une con lo infinitamente grande, se sitúa el horizonte que vincula a Renart y Landini: aparece la línea como un instrumento de prospección psíquica y material, como una tecnología de acceso a lo no visible. Allí donde la semejanza estilística se diluye en otras formas de contagio, emerge la convicción de que el cuerpo no termina en la piel. En ambos artistas, lo orgánico parece extenderse hacia afuera bajo la forma de redes, emanaciones o estructuras de interdependencia. Algunas piezas de la exposición se aproximan a los sistemas miceliales: esas tramas subterráneas por donde los hongos conectan organismos, distribuyen nutrientes y transmiten señales sin que nada de ese intercambio sea visible en la superficie. Sus líneas avanzan así, por adherencia y bifurcación.
Hoy estamos rodeados de imágenes de conectividad: redes neuronales, flujos de datos, ecologías interdependientes. Esa sensibilidad reticular vuelve especialmente legibles estas obras. Pero aquí la red excede la metáfora tecnológica y conserva la gramática de lo fisiológico. Algo húmedo. Como si pensar, sentir o recordar fueran procesos menos abstractos de lo que solemos creer; o incluso menos solitarios: movimientos diminutos que avanzan por los impulsos eléctricos del sistema nervioso, a veces se encuentran, se enlazan y se propagan, encontrando formas imprevistas de salir a la luz.

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