19 septiembre 2026

En el Kunsthaus Bregenz, la exposición de Cyprien Gaillard cuestiona el espacio público y su control

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El artista francés explora las paradojas de la obsesión contemporánea por el control del espacio público y las transforma en una obra conmovedora. En el centro de la exposición se encuentra la nueva película “Deterrent”, coproducida con la Fondazione Prada de Milán, que a partir de diciembre próximo podrá verse en los espacios del Osservatorio

Cyprien Gaillard, fotografía: Timo Ohler

 

Abordar una cuestión de gran actualidad como la obsesión por la seguridad en los espacios públicos de las ciudades sin caer en el tono áspero de la crónica o en el, a veces improbable, del «arte políticamente comprometido» no es sencillo. Con su nueva película “Deterrent”, sin embargo, Cyprien Gaillard (París, 1980) no solo lo logró plenamente, sino que lo hizo transformando el tema en una obra intensa y conmovedora. La película –coproducida junto con la Fondazione Prada de Milán, donde podrá verse a partir de diciembre próximo en los espacios del Osservatorio– es, sin duda, el trabajo más potente de su exposición individual “When you expect flutes, it’s whistles”, actualmente en curso en el Kunsthaus Bregenz (hasta el 4 de octubre de 2026).

Cyprien Gaillard

Cyprien Gaillard, fotografía: Timo Ohler

“Deterrent” nace de una experiencia vivida por Gaillard durante sus recorridos por el Valle de San Fernando, en California. Intrigado por el canto del tenor Enrico Caruso, el artista siguió su sonido hasta descubrir que provenía de un minimercado 7-Eleven, donde la música se utilizaba como elemento disuasorio. Utilizar Mozart y Beethoven para mantener alejadas a las personas no deseadas es una práctica extendida –tan inquietante como disfuncional– no solo en Estados Unidos, sino también en Europa, en diversas estaciones de tren y de metro. Por otra parte, es solo una de las paradojas de una contemporaneidad en crisis de la que Cyprien Gaillard se confirma como talentoso narrador e intérprete a través de la película, al igual que con “Nightlife” (2015) y “Retinal Rivalry”, de 2024, rodadas en 3D. En “Deterrent”, el artista abandona el formato estereoscópico en favor de un ductus más meditativo y pictórico, empleando de todos modos medios técnicos notables, como el valioso formato de 35 mm, posteriormente transferido a digital. Rodada entre Estados Unidos y Europa, la película se despliega con una presencia monumental y alusiva, amplificada por un repertorio musical solo aparentemente heterogéneo: desde los grandes clásicos como “Carnival of the Animals” de Camille Saint-Saëns hasta la polifonía sacra medieval de “Codex Las Huelgas IV. Kyrie fons bonitatis”, pasando por el pop rock de los años sesenta de The Shangri-Las con “I’ll Never Learn”.

Cyprien GaillardCyprien Gaillard, “Deterrent”

En “Deterrent”, imágenes de claridad lenticular sumergen al espectador en un flujo narrativo pautado entre miserias y noblezas de geografías cercanas y lejanas, cuyos oxímoros estéticos y funcionales registra Gaillard: el 7-Eleven instalado en los espacios de la histórica estación ferroviaria de Helsingør, en Dinamarca; escenas del comercio de drogas en Hamburgo filmadas, sin embargo, desde el Museum für Kunst und Gewerbe; grafitis cubiertos como palimpsestos de arte urbano en las calles de Los Ángeles. Y también cámaras de circuito cerrado, disuasores, spikes y rejas. Si el decoro expulsa la molestia, Gaillard la escucha. Pequeños accidentes e imprevistos, que tenderíamos a eliminar de un cuadro limpio, se convierten así en reveladores: la tos durante un concierto de música clásica, un martillo neumático, manos sucias que tocan un piano inexistente, las patitas de un roedor que deambula de noche entre las latas relucientes del supermercado.

Cyprien Gaillard, fotografía: Timo Ohler

La película termina con Hamelín, ciudad de Baja Sajonia vinculada al célebre Flautista de Hamelín (“Rattenfänger”). En la fachada de la histórica Hochzeitshaus, un carrusel mecánico evoca la oscura leyenda medieval, con sus personajes que cobran vida todos los días a horas determinadas, dentro de un ciclo infinito. La asociación con la actualidad política resulta demasiado fácil: cambian los flautistas (o los «vendedores de ollas», según las latitudes), pero la tentación de seguirlos permanece. Como se ha dicho, la obra de Gaillard no se detiene, sin embargo, en la crónica, sino que la atraviesa para devolvernos un fresco más amplio, universal, en el que el declive y las contradicciones de nuestro tiempo adquieren los contornos de un espectáculo terrible y grandioso. Quizás sea precisamente aquí donde se percibe, a contraluz, el principio de la entropía, que el artista utiliza desde hace tiempo como método estético y formal –el orden que se resquebraja, el control que se escapa, el caos que lentamente toma el control–. Y ya el título elegido para la exposición “When you expect flutes, it’s whistles” (cuando esperas flautas, llegan silbidos), tomado de la canción “Fortune Presents Gifts Not According to the Book” de Dead Can Dance, sugiere que la suerte es impredecible y caprichosa.

Cyprien Gaillard, crédito: Miro Kuzmanovic

Todos los trabajos expuestos en Bregenz resuenan con este tema, aunque algunos, menos imponentes, corren a nuestro juicio el riesgo de perderse en las grandes salas del KUB, como las polaroids de la serie “Geographical Analogies”, iniciada por Gaillard en 2006 como archivo visual de lugares y ruinas contemporáneas (también fue presentada en Milán, en la exposición individual “Rubble and Revelation”, curada por Massimiliano Gioni en 2012).

Cyprien Gaillard, fotografía: Timo Ohler

Distinto es, en cambio, el caso de “Visitant (no dancing 2020–2021)”, el gran muñeco bailarín inflable con el que el público se encuentra al inicio del recorrido. La obra, que cobra vida a intervalos fijos al son ensordecedor de un monumental sistema KILLASAN, nació en 2021, en el contexto de las restricciones a la vida nocturna y al baile impuestas por la pandemia. Después de una coreografía un poco divertida y un poco graciosa, por momentos grotesca, evidentemente limitada por el techo del museo, el muñeco vuelve a caer al suelo, exhausto: lo que queda es una imagen a la vez espectacular y patética. Luego está “Chute”, el conducto para escombros que atraviesa la fachada lechosa del edificio diseñado por Peter Zumthor y que, en su función original, sirve para hacer caer al suelo los materiales de demolición. Parece un parásito, un poco como el roedor filmado en “Deterrent” que deambula entre las mercancías presagiando su descomposición. Nos recuerda que algún día este destino también podría alcanzar al museo con sus «habitaciones gélidas», como las llamaba Robert Smithson, transformándolas en ruina, monumento o simple material para clasificar.

Este artículo fue publicado originalmente en www.exibart.com