Partiendo de un amplísimo conjunto de datos recogidos con fines epidemiológicos, un reciente estudio publicado por la investigadora Daisy Fancourt demuestra que el arte produce efectos beneficiosos medibles sobre la salud.
Un nuevo estudio demuestra que el arte hace bien a la salud: repetita juvant, sin embargo, sobre todo cuando quien habla es una investigación científica rigurosa. En los últimos años, de hecho, la relación entre prácticas artísticas y bienestar físico y mental ha dejado de ser una sugestión intuitiva para convertirse en un campo de investigación estructurado, con datos sólidos y comparables, obtenidos sobre el terreno. La autora de esta última investigación es Daisy Fancourt, profesora de psicobiología y epidemiología en el University College London. Su trabajo sobre los efectos del arte en la salud parte de una pregunta: ¿cómo demostrar que los beneficios atribuidos al arte no son el resultado de estadísticas parciales o de correlaciones engañosas?
La respuesta está en el método. Fancourt identificó un patrimonio de datos ya existente pero poco explorado: los grandes estudios realizados en el Reino Unido con fines epidemiológicos, basados en decenas de miles de personas seguidas durante años, a veces durante décadas. Estos estudios recogen información detallada sobre salud física y mental, condiciones económicas, educación, estilos de vida y relaciones sociales. En siete de los principales también aparecían preguntas sobre el compromiso cultural: visitar museos, tocar un instrumento, leer poesía, pintar, bailar, participar en espectáculos teatrales.
Uno de los primeros resultados relevantes proviene del English Longitudinal Study of Ageing, iniciado en 2002 y aún en curso. Analizando los datos de más de 12.000 personas nacidas antes de 1952, Fancourt aisló un grupo de individuos sin antecedentes de depresión y observó su evolución a lo largo del tiempo. El resultado, publicado en 2019, es contundente: quienes participaban regularmente en actividades culturales desarrollaban formas depresivas a una tasa significativamente inferior respecto de quienes no lo hacían. Incluso teniendo en cuenta factores como ingresos, estado de salud inicial o nivel de sociabilidad, la diferencia seguía siendo marcada: en el transcurso de diez años, la depresión afectó al 35 % del grupo culturalmente inactivo, frente al 23 % del grupo activo.
Desde entonces, los análisis se han multiplicado, extendiéndose a millones de personas y a contextos geográficos muy diversos, desde Finlandia hasta China. Las conclusiones convergen: el arte no incide solo en la salud mental, sino que tiene efectos medibles también en la salud física. Puede contribuir a bajar la presión arterial, reducir los niveles de estrés, atenuar los síntomas del trastorno por estrés postraumático, disminuir el recurso a anestesias invasivas e incluso reactivar funciones cognitivas comprometidas en casos de demencia.
Entonces, ¿qué ocurre en el cuerpo cuando se entra en contacto con una experiencia artística? Las neurociencias y la medicina han comenzado a ofrecer respuestas cada vez más precisas. Estudios basados en resonancias magnéticas, escáneres PET y análisis hormonales muestran una reducción de los niveles de cortisol —la hormona del estrés— y un aumento de la dopamina, con efectos positivos sobre la memoria y el aprendizaje. En un experimento reciente realizado por el King’s College London, algunos parámetros fisiológicos de un grupo de voluntarios resultaron más favorables cuando observaban obras originales en un museo que cuando veían reproducciones en contextos neutros. Un dato que, aun confirmando científicamente algo intuitivo, refuerza la idea de que la experiencia estética es inseparable del contexto y de la calidad de la atención.
El punto, subraya Fancourt en su libro Art Cure: The Science of How the Arts Transform Our Health, de próxima publicación, no es un consumo superficial del arte, sino la implicación real. Escuchar música con atención, participar activamente en una performance, dibujar, permanecer frente a una obra sin mediaciones tecnológicas. El arte funciona cuando se interioriza como experiencia.
Y, sin embargo, mientras las evidencias científicas se acumulan, los financiamientos públicos a la cultura continúan disminuyendo en muchos países. Y sin embargo, si el arte contribuye de manera significativa a la prevención y al bienestar, su papel no es solo cultural sino también económico, en términos de ahorro para los sistemas sanitarios, un tema que debería ser caro también —y sobre todo— al pensamiento liberal. Tal vez la cuestión ya no sea si invertir o no en la cultura, sino por qué seguimos considerándola un lujo y no un componente estructural del bienestar colectivo
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