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La muerte de Liliana Angulo Cortés y el proyecto de reescribir el Museo Nacional de Colombia

El 21 de febrero de 2026 falleció en Bogotá la artista y gestora cultural Liliana Angulo Cortés, a los 51 años. Su muerte interrumpe una trayectoria singular dentro del arte latinoamericano reciente: la de una artista que no solo trabajó críticamente sobre la historia visual de la racialización en Colombia, sino que también intentó transformar desde dentro una de las instituciones más antiguas del país, el Museo Nacional de Colombia.

Angulo Cortés fue la primera mujer afrocolombiana en dirigir esta institución fundada en 1823, un museo que ha tenido históricamente la función de custodiar y narrar la historia nacional. Su nombramiento no fue un gesto menor. Supuso el ingreso de una perspectiva crítica en un espacio que, durante décadas, había reproducido una narrativa relativamente homogénea sobre la identidad colombiana.

Antes de asumir ese rol institucional, Angulo Cortés ya había desarrollado una práctica artística consistente centrada en las formas de representación de las comunidades afrodescendientes. Su trabajo, que abarca fotografía, instalación y trabajo con archivo, investigaba cómo las imágenes históricas, científicas y etnográficas producidas durante el periodo colonial y republicano contribuyeron a fijar estereotipos raciales. En muchas de sus series, la artista revisaba esos archivos visuales para exponer sus mecanismos de clasificación, exotización o invisibilización.

Foto cortesía: Museo Nacional de Colombia

Más que producir una iconografía alternativa, su obra tendía a interrogar las estructuras que hacen posibles esas imágenes. En ese sentido, su práctica se situaba en un terreno donde convergen arte contemporáneo, investigación histórica y crítica cultural.

Esa misma mirada crítica acompañó su llegada al Museo Nacional. Durante su gestión, Angulo Cortés impulsó una revisión del relato histórico que organiza la colección permanente. El objetivo no era simplemente ampliar la representación de ciertos grupos, sino cuestionar la forma en que la historia nacional había sido narrada desde el museo.

Esta tarea implicaba reconocer que el museo, como cualquier institución cultural, no es un espacio neutral. Sus colecciones, sus recorridos expositivos y sus categorías de clasificación participan en la construcción de una memoria colectiva. Revisar ese dispositivo suponía abrir la posibilidad de incluir relatos que habían quedado fuera del marco dominante.

En Colombia, esta discusión tiene una particular densidad histórica. El país arrastra profundas desigualdades raciales y territoriales que se remontan al periodo colonial y que han continuado reproduciéndose a lo largo de la historia republicana. En ese contexto, la presencia de una directora afrocolombiana al frente del museo nacional adquiría también una dimensión simbólica: señalaba la posibilidad de que la institución pudiera comenzar a narrar la nación desde otras perspectivas.

Angulo Cortés se refirió en varias ocasiones a la necesidad de pensar el museo como un espacio de reparación histórica. El término no se utilizaba aquí en un sentido puramente jurídico o político, sino también cultural. Reparar implicaba reconocer las ausencias, los silencios y las jerarquías que habían estructurado el relato institucional.

Esto se tradujo en proyectos orientados a revisar el archivo del museo, a incorporar nuevas lecturas sobre las colecciones existentes y a abrir el diálogo con comunidades que tradicionalmente habían quedado al margen de la institución.

En el panorama latinoamericano actual, estas iniciativas se inscriben en un debate más amplio sobre la descolonización de los museos. Sin embargo, en el caso colombiano, la cuestión no se limita a revisar objetos provenientes de contextos coloniales. Se trata también de examinar cómo la propia narrativa nacional ha sido construida a partir de exclusiones persistentes.

La trayectoria de Angulo Cortés resulta particularmente significativa porque su intervención institucional no puede separarse de su práctica artística. Más que abandonar el campo del arte para asumir un rol administrativo, la artista trasladó al museo las preguntas que habían atravesado su obra durante años: ¿quién produce las imágenes de la historia?, ¿qué cuerpos aparecen en ellas?, ¿qué relatos quedan fuera del encuadre?

Su paso por el Museo Nacional puede entenderse así como una extensión de esa investigación, desplazada del espacio expositivo al terreno institucional.

La muerte de Angulo Cortés llega en un momento en que muchos de estos procesos estaban todavía en desarrollo. Las transformaciones institucionales suelen ser lentas y requieren tiempo para consolidarse. Por ello, su ausencia deja abierta una pregunta sobre la continuidad de las iniciativas que había impulsado.

Más allá de los proyectos específicos que dejó en marcha, su legado reside también en haber planteado una cuestión fundamental para los museos contemporáneos: la necesidad de revisar críticamente las narrativas históricas que sostienen.

En un momento en que numerosas instituciones culturales en América Latina buscan redefinir su relación con el pasado colonial y con las desigualdades sociales del presente, la figura de Liliana Angulo Cortés encarna una forma de intervención que articula práctica artística, investigación histórica y política institucional.

Su trabajo recuerda que la historia que cuentan los museos no es un relato fijo, sino un campo en permanente negociación. Y que reescribir ese relato implica, inevitablemente, confrontar las memorias que durante mucho tiempo quedaron fuera de él.

Redacción exibart latam

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