Dignora Pastorello, 'Gradiva errante', 1969, Óleo sobre tela. Colección Galería Calvaresi
El 20 de marzo inaugura en el MACBA (Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires) la exposición Continente Oscuro, curada por Leandro Martínez Depietri, que propone un análisis del legado surrealista en obras de artistas mujeres y disidencias en la Argentina desde los años cuarenta hasta la actualidad. El título de la muestra retoma una expresión utilizada por Freud en la década de 1920 para referirse a la sexualidad femenina, señalando así los límites de un psicoanálisis históricamente centrado en la experiencia masculina. La exposición se apropia de ese término para invertir su sentido, mostrando la radicalidad crítica de aquellos territorios que el discurso moderno relegó a la sombra.
En la siguiente entrevista, el curador Leandro Martínez Depietri nos introduce a los núcleos temáticos que organizan el guión expositivo: Formas sumergidas, Mitos latentes, Extrañeza familiar, Mundo cruel, Deseo y Abyección. Además, comparte el proceso curatorial y las reflexiones que dieron forma a Continente Oscuro.
Benedetta Casini: Contános cómo surge la exposición y cuál fue el punto de partida de la investigación curatorial.
Leandro Martínez Depietri: En realidad el origen de la muestra es bastante curioso. Surge de una conversación que tuve con Aldo Rubino, director de MACBA, hace unos años. Veníamos observando que muchas pintoras jóvenes en Argentina estaban trabajando con motivos vinculados al surrealismo y nos preguntábamos de dónde provenía ese interés o cómo se había reactivado. Nos intrigaba entender si había algo más profundo, una continuidad de problemas y sensibilidades que volvía a aparecer en el presente. La cuestión es que la conversación quedó resonando y, el año pasado, él me propuso hacer una muestra sobre mujeres surrealistas. La muestra originalmente iba a abrir en noviembre, de modo que nunca estuvo pensada como una investigación exhaustiva sobre la difusión histórica del surrealismo en Argentina; no era una muestra que recorriera revistas, talleres o genealogías en sentido estricto. La idea fue, más bien, desarrollar constelaciones críticas entre artistas modernas y contemporáneas que pudieran dar cuenta del sentido de ciertos motivos, visiones y recurrencias iconográficas, no tanto rastrear filiaciones directas. Ese fue siempre el punto de partida: preguntarnos qué aspectos del surrealismo siguen interpelando hoy a ciertas artistas. Y eso, claro, admite varias explicaciones. El título, Continente oscuro, proviene de un término que Freud empleó en la década de 1920 para referirse a la sexualidad femenina, dando cuenta de las limitaciones de un psicoanálisis que había estado centrado hasta entonces en la experiencia masculina burguesa. La muestra invierte esa valoración para proponer que esas zonas oscurecidas por el discurso moderno son puntos desde donde se desarrolla una radicalidad crítica y también expande el criterio inicial de mujeres para incorporar algunas disidencias sexuales.
BC ¿De dónde provienen las obras que integran la exposición y cómo se enmarca este interés hacia el surrealismo dentro del contexto histórico y artístico actual? ¿Qué relaciones estableces entre las dinámicas internacionales recientes y los desarrollos locales en torno a este movimiento?
LMD Todas las obras son préstamos. Obviamente, parte del interés contemporáneo por el surrealismo puede explicarse por fenómenos internacionales recientes, como La leche de los sueños, la Bienal de Venecia curada por Cecilia Alemani, o la circulación de exposiciones importantes como la de Remedios Varo en Malba. Estos movimientos internacionales influyen en el panorama actual. Sin embargo, también existe un desarrollo local que nunca desapareció del todo. Me interesa desafiar la narrativa que habla de la “muerte” de los modernismos y prefiero pensar la historia no tanto en términos de continuidad o ruptura, sino como una insistencia: problemas que reaparecen una y otra vez, aunque a veces queden ocultos durante un tiempo. Son pequeñas persistencias, algo así como una política del pájaro carpintero, dando golpes reiterados sobre el mismo punto.
BC En los últimos años se han multiplicado las revisiones del surrealismo, tanto en Argentina como a nivel internacional. ¿Cómo se posiciona tu exposición frente a esas lecturas recientes?
LMD La muestra recorre distintas décadas, desde los años cuarenta, momento de mayor recepción del surrealismo en Argentina, hasta la actualidad, aunque no de manera estrictamente cronológica. Es importante aclarar que no incluye artistas afiliadas al grupo surrealista de París, ya que, en realidad, no hubo argentinas formalmente vinculadas a ese movimiento. El caso más cercano sería Leonor Fini, nacida en Argentina pero radicada muy joven en Europa, por lo que su inclusión no resultaba coherente en este contexto.
Me interesó más trabajar con artistas que se apropiaron de estrategias surrealistas para desarrollarlas a su manera, como Mariette Lydis y Raquel Forner. Forner, por ejemplo, aunque vivió en París en los años veinte, nunca estuvo afiliada al surrealismo ni tuvo vínculos directos con el grupo, pero sus obras de los cuarenta muestran clara influencia de la pintura metafísica y motivos surrealistas, aunque sin el uso del automatismo.
Algo similar sucede con Lydis; en la exposición presento una obra suya de 1940, del Museo Nacional de Bellas Artes, que es una crítica directa a la guerra. Ambas artistas transitan ese límite entre expresionismo y surrealismo, lo que me permitió articular un núcleo temático que llamé “Mundo cruel”, dedicado a la relación entre surrealismo y antifascismo.
Otra referencia clave para pensar el surrealismo en Argentina es Aldo Pellegrini, principal impulsor del movimiento en el país. Médico y poeta con vínculos en París, organizó en 1967 una muestra fundamental en el Instituto Di Tella, donde seleccionó, entre muchos artistas, a tres mujeres: Martha Peluffo, Martha Zuick y Lea Lublin. En mi exposición incluyo obras de Zuick y Lublin.
Cabe destacar que, en las últimas décadas, se han multiplicado las revisiones que ponen el foco en el papel de las mujeres dentro del surrealismo. Paradójicamente, aunque el movimiento las representó a menudo como objetos de deseo, terminó incorporando a más artistas mujeres que casi cualquier otro modernismo. Exposiciones recientes como In Wonderland en el LACMA o Fantastic Women en el Louisiana Museum han abordado este tema, pero sin incluir artistas argentinas. Además, esas muestras suelen enfatizar el surrealismo como un generador de imágenes fantásticas y centrarse en problemas de identidad, enfocándose en el género del autorretrato.
Mi perspectiva se diferencia porque recupero la línea de Pellegrini, quien entendía el surrealismo no como un conjunto de motivos o técnicas, sino como un principio de crítica ideológica de la sociedad. Hay otros investigadores que vienen pensando en esta línea como Santiago Villanueva que sacó un libro-exposición alucinante que se llamó El surrealismo rosa de hoy. Mi hipótesis es que ese impulso crítico, dirigido contra la racionalidad moderna y las formas de alienación, nunca desapareció por completo. Es un principio activo que reaparece y se reconfigura en distintos momentos históricos.
BC ¿Cómo está estructurada la exposición?
LMD La muestra está organizada en núcleos temáticos, construidos como constelaciones que ponen en relación obras de distintas épocas. El primero se llama Formas sumergidas. Parte de una pintura de Dignora Pastorello, Gradiva errante. Gradiva es una figura fundamental para el surrealismo, derivada de una novela de 1902 de Wilhelm Jensen. Para los surrealistas la figura de Gradiva se convirtió en la musa por excelencia, pero lo interesante en la obra de Pastorello es que esa figura ya no aparece como musa disponible, sino como una mujer que se aleja. Esa imagen abre el núcleo, que trabaja con metáforas del océano como inconsciente, la playa como espacio liminal y la búsqueda de formas interiores. Ahí aparecen artistas como Ana María Moncalvo, Elba Bairon, Clara Esborraz, Valentina Quintero, Cristina Schiavi o Fernanda Laguna.
El segundo núcleo de la exposición se titula Mitos latentes y aborda el interés del surrealismo por el mito, en particular como crítica a la idea moderna de que las sociedades occidentales serían puramente racionales. Frente a esa supuesta ausencia de mitos, muchos surrealistas buscaron recuperar el mito como forma de comunicación simbólica y de cohesión social. En este núcleo me interesa especialmente la relación del surrealismo con la antropología, la etnografía y el pensamiento indígena de las Américas, un aspecto que en Argentina suele quedar opacado por la lectura del surrealismo en clave psicoanalítica. A partir de allí trabajo la importancia del totemismo en la renovación de la escultura y la pintura modernas, retomando debates que se desarrollaron a partir de 1939 cuando Wolfgang Paalen, junto con Alice Rahon y Eva Sulzer, se instala en México y comienza a estudiar la s culturas totémicas de la costa del Pacífico. En la revista Dyn, Paalen discute la interpretación freudiana de Tótem y tabú y propone entender el tótem no como símbolo fálico, sino como un emblema vinculado a lo femenino y a una relación de comunión con otros órdenes de la naturaleza.
Estas ideas influyeron en la renovación de la escultura moderna durante las décadas siguientes, no solo en términos formales sino también en la manera de pensar la materia y su relación con la naturaleza. En este sentido, en la muestra se incluyen obras como los Tótems astrales de Raquel Forner y esculturas de Magda Frank o Alicia Penalba, en diálogo con artistas contemporáneas como Trinidad Metz Brea. También incluyo obras vinculadas al automatismo y a la aparición de imaginarios míticos en artistas como Lea Lublin, Martha Zuik o incluso Alejandra Pizarnik, que estudió pintura en el taller de Juan Batlle Planas.
Otro núcleo se titula Extrañeza familiar, en referencia al concepto freudiano de lo ominoso. Allí aparece el espacio doméstico como territorio inquietante: la casa, la maternidad, los objetos cotidianos que adquieren vida propia. Participan artistas como Mildred Burton, Nicola Costantino, María Orensanz, Mariana Tellería y María Martorell, entre otras. Finalmente, en el subsuelo hay dos núcleos más. Uno es Mundo cruel, dedicado al antifascismo como componente constitutivo del surrealismo. Ahí vinculo tres momentos: los años cuarenta, la dictadura argentina de los setenta y el presente. El último núcleo se llama, en cambio, Deseo y abyección y explora la relación entre erotismo, rechazo y exceso. Incluye obras de artistas como Mónica Heller, Vilma Villaverde o Josefina Labourt, donde el cuerpo femenino aparece reconfigurado, muchas veces subvirtiendo los regímenes tradicionales de representación.
BC ¿Cómo se vincula esta propuesta curatorial con las genealogías del surrealismo en Argentina y con las narrativas dominantes de las últimas décadas?
LMD En este caso, decidí trabajar deliberadamente con una genealogía centrada en lo femenino. Fue, en parte, un ejercicio crítico frente a la historiografía reciente del arte argentino, donde la producción de hombres gay, especialmente desde el Centro Cultural Rojas, ha ocupado un lugar predominante. Me interesaba explorar qué sucede al desplazar ese eje y construir una genealogía alternativa. A su vez, la muestra no se organizó bajo categorías identitarias rígidas ni con una definición previa de surrealismo. Los núcleos temáticos surgieron del trabajo directo con las obras y de los vínculos que ellas mismas proponían. Artistas como Raquel Forner, quienes participaron en el taller de Juan Batlle Planas y algunas artistas contemporáneas funcionaron como puntos de partida, pero el recorrido curatorial se fue armando de manera orgánica a partir de las relaciones que las obras establecían entre sí.
Por un lado, me interesa pensar el surrealismo como un espacio privilegiado para la reconstrucción del ser y el juego con la fluidez de género.
El surrealismo que inicialmente se inscribe sobre el cuerpo de la mujer como objeto rápidamente se convierte en una herramienta crítica en ese sentido, con artistas como Claude Cahun o Meret Oppenheim, y ese legado se mantiene vivo. Por otro lado, al recorrer obras desde los años cuarenta hasta la actualidad, se percibe con claridad una continuidad en preocupaciones y estrategias: la crítica a la racionalidad moderna, el cuestionamiento de los roles sociales y la exploración del deseo y del cuerpo.
La dimensión de crítica ideológica: la extrañeza en lo doméstico, la perturbación de la imagen idealizada de la casa o la maternidad, el antifascismo, y las formas en que el cuerpo femenino deja de ser signo pasivo para convertirse en un espacio de experimentación y conflicto. En ese sentido, más que cerrar una genealogía, la muestra busca mostrar cómo ese impulso surrealista continúa vigente como una herramienta crítica que cobra renovada fuerza frente a la hegemonía del pensamiento algorítmico hoy y la reducción del fenómeno humano a explicaciones deterministas de base físico-químicas y ambientales. El misterio y el inconsciente, la noción de que somos desconocidos a nosotros mismos, cumplen un papel fundamental.
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