La llegada de una experiencia inmersiva dedicada a Claude Monet al Teatro Colón introduce una escena, cuanto menos, paradójica. Uno de los templos de la música académica —cargado de historia, ritual y solemnidad— se transforma en soporte para un espectáculo audiovisual que propone disolver la pintura en proyecciones monumentales, sonido envolvente y desplazamiento corporal del público. El gesto no es menor: no solo reconfigura el uso del edificio, sino que pone en juego una pregunta recurrente en el campo del arte contemporáneo: ¿qué ocurre cuando la obra se convierte en entorno?

La propuesta invita a “entrar” en el universo de Monet. Nenúfares, puentes japoneses, jardines y cielos vibrantes se despliegan sobre muros, techos y superficies arquitectónicas del Colón. La pintura deja de ser ventana para volverse atmósfera. El espectador ya no se sitúa frente a la obra, sino dentro de ella, envuelto por una secuencia de imágenes en movimiento que se suceden con fluidez coreográfica. La escala monumental amplifica el gesto impresionista: la pincelada, pensada originalmente para una distancia íntima, se vuelve campo visual total.
Sin embargo, esta expansión espacial también tensiona la lógica de la obra original. Monet trabajó sobre la percepción, la variación de la luz, el tiempo detenido en una mirada insistente. La experiencia inmersiva, en cambio, acelera. El ritmo está marcado por la edición, por la música, por una dramaturgia audiovisual que guía la atención y reduce los márgenes de deriva. La contemplación silenciosa cede lugar a una experiencia programada, más cercana a la escenografía que a la pintura.

El Teatro Colón con su arquitectura aporta una materialidad excepcional: molduras, volúmenes y alturas que enriquecen la experiencia visual y producen una fricción interesante entre ornamento histórico y tecnología digital. Por otro, el edificio funciona como garante simbólico. Su prestigio legitima una propuesta que, en otros contextos, podría leerse como puro entretenimiento cultural. La operación no es ingenua: el Colón se abre a nuevos públicos, mientras el espectáculo gana densidad institucional.
Desde una perspectiva crítica, el proyecto se inscribe en una tendencia global de exhibiciones inmersivas dedicadas a artistas canónicos, donde la obra es traducida a un lenguaje espectacular, accesible y altamente circulable. Estas experiencias prometen cercanía, pero operan a través de una mediación total. No hay original, no hay aura, no hay fricción material. Lo que se ofrece es una versión expandida, cuidadosamente editada, del imaginario del artista.
Esto no implica desestimar la experiencia. Al contrario: el público responde con entusiasmo, se desplaza, observa, se sienta en el suelo, registra con teléfonos móviles. Hay algo genuinamente contemporáneo en ese modo de habitar la obra, en esa relación descontracturada con un patrimonio cultural históricamente sacralizado. La pregunta no es si esto reemplaza al museo —no lo hace—, sino qué tipo de relación con la historia del arte produce.

En el caso de Monet, la inmersión enfatiza el carácter atmosférico de su pintura, pero pierde, inevitablemente, la resistencia del soporte, la densidad del pigmento, la economía del gesto. La imagen digital es perfecta, luminosa, sin desgaste. No hay error ni resto. Todo fluye. Y en ese fluir se diluye también parte de la complejidad del trabajo pictórico.
Quizás el mayor interés de Monet inmersivo no esté en su fidelidad al artista, sino en lo que revela sobre el presente. Sobre una cultura visual que privilegia la experiencia, la circulación y la espectacularidad; sobre instituciones que buscan reinventarse; sobre públicos que desean “estar dentro” más que “mirar desde afuera”. En ese sentido, el proyecto funciona como síntoma.
Al salir del Teatro Colón, la sensación persiste más como recuerdo corporal que como imagen precisa. No se recuerda un cuadro, sino una atmósfera. Monet, convertido en entorno, se disuelve en una experiencia que no pretende sustituir la historia del arte, pero sí reconfigurar sus modos de acceso.
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