Pina Bausch, Kontakthof 50 años después: el conmovedor regreso de sus protagonistas
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«Bailamos, bailamos, de lo contrario estamos perdidos». La frase icónica de Pina Bausch, coreógrafa y directora de genio visionario, creadora del teatro-danza y referente para generaciones enteras de artistas de finales del siglo XX, vuelve a la memoria al asistir a lo que fue un verdadero acontecimiento, imposible de reproducir. Hablamos de ‘Kontakthof’, el «lugar de los encuentros» que marcó la trayectoria artística de la gran creadora alemana, fallecida en 2009. Representada en numerosas ocasiones y en distintas versiones desde aquel lejano 1978, año de su creación, ‘Kontakthof’ volvió a escena en una excepcional adaptación titulada ‘Kontakthof – Echoes of ’78’. Presentado en el marco del festival Lugano Dance Project, el espectáculo constituyó la última etapa de una gira internacional que concluyó definitivamente con esta función en Lugano. Continuar con las representaciones resultaba demasiado exigente para algunos de los históricos intérpretes del Tanztheater Wuppertal, hoy con más de 70 años.

Pero retrocedamos un poco. ‘Kontakthof’ —y otras Stücke (‘piezas’) que le siguieron— supuso una revolución en la concepción escénica del cuerpo, «narrando» el gesto con una verdad meticulosa y obsesiva, y contradiciendo todos los artificios de la danza académica, los manierismos clásicos y las acrobacias modernas. El espacio concebido por Bausch era un gran salón de baile de los años cincuenta, con sillas alineadas a lo largo de las paredes, un piano a un costado y un telón frontal propio de un viejo cine, donde se desarrollan conmovedores rituales de cortejo. En el entrelazarse de los encuentros entre parejas se desplegaba el tema de las difíciles relaciones entre hombres y mujeres, para hablarnos de la necesidad de amor y ternura, del deseo, del abuso de poder, de la soledad, de la inseguridad y de la fragilidad, con un profundo sentido de melancolía —acompañado por valses y tangos de los años treinta— y con esa ironía dolorosa y surrealista que nos hace sonreír ante nuestras propias debilidades.

Los leitmotiv de la coreografía eran gags, gestos cotidianos, tics incontrolables, pequeñas crueldades y secuencias de danza que regresaban de manera circular, impulsadas por la necesidad de seducir, de querer ser amado, admirado, de coquetear, de desfilar con elegantes vestidos de noche, encajes pasados de moda y peinados adornados con lazos: imágenes destinadas a ocultar la quimérica armonía entre los sexos. En el año 2000, ‘Kontakthof’ fue remontada, idéntica a la versión original, con un grupo de intérpretes no profesionales mayores de 65 años (más tarde, en 2008, también con adolescentes, en ‘Kontakthof mit Teenagern ab 14’). El efecto de ‘Kontakthof mit Damen und Herren ab 65’, que vimos en Ferrara, fue inolvidable. Era como reencontrarse con aquellos míticos bailarines de Bausch, ahora envejecidos, pero todavía enfrentándose a sí mismos y a las dificultades de relacionarse con los demás.

Sin embargo, el verdadero sueño de Pina, ya desde la creación de la obra, era volver a presentar algún día ‘Kontakthof’ con los mismos intérpretes originales, pero ya encanecidos. Y aquí están ahora, reunidos nuevamente, con las huellas del tiempo sobre sus cuerpos, en una imagen que nos devuelve inevitablemente la frase de Pina citada al comienzo. En escena, durante noventa minutos (frente a los ciento ochenta de la versión original), participan ocho intérpretes: Meryl Tankard, Josephine Ann Endicott, Lutz Förster, John Giffin, Ed Kortlandt, Beatrice Libonati, Anne Martin y Arthur Rosenfeld. Algunos de los integrantes originales ya no están, mientras que otros, debido a problemas de salud, no pudieron sumarse al proyecto concebido por Salomon Bausch, hijo de Pina y director de la Pina Bausch Foundation. La idea surgió tras la selección de diversas grabaciones en blanco y negro de la época del espectáculo, en particular las realizadas por Rolf Borzik, escenógrafo y diseñador de vestuario.
Quien dio forma a ‘Kontakthof – Echoes of ’78’, mediante un magnífico trabajo de montaje de los fragmentos filmados, fue la australiana Meryl Tankard, una de las principales intérpretes del elenco original. Proyectadas sobre un gran velo transparente que cubre todo el proscenio, las imágenes de los intérpretes en su juventud aparecen y desaparecen en distintos momentos, interactuando con los «danzactores» en vivo, como si fueran los fantasmas de sus propios yoes más jóvenes. Todo adquiere ahora un tono más crepuscular, más ligero, dentro de aquel emblemático salón de baile.

Algunas secuencias resultan profundamente conmovedoras, incluso desgarradoras: como aquellas en las que los intérpretes bailan adoptando la misma postura que quienes ya no están, proyectados en la película, reviviendo la misma escena de un baile lento o de otro más vertiginoso junto a una pareja invisible; o cuando apenas insinúan unos pocos movimientos y logran evocar una historia, un sentimiento vivido, una emoción que regresa. Entre todas ellas permanece inolvidable la escena en la que la propia Tankard, rodeada por diez hombres, era tocada y manoseada lentamente, transformando un momento de aparente ternura en otro de intensa violencia física y psicológica. La escena vuelve a repetirse proyectada en primer plano sobre la pantalla, mientras la intérprete, ya anciana, permanece sola e inmóvil sobre el escenario, apenas insinuando algunos movimientos que revelan sus reacciones ante aquella violencia colectiva.
Así, pasado y presente, juventud y vejez, ausencia y presencia se entrelazan, desafían al tiempo y quedan esculpidos en los cuerpos y en el espíritu de estos generosos artistas. Una prueba más de que, incluso muchos años después de la desaparición de Bausch, nadie ha sabido como ella llevar a escena la complejidad y la belleza de la naturaleza humana. «Bailamos, bailamos, de lo contrario estamos perdidos».
Este artículo fue publicado originalmente en exibart.com
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