En las Salinas Grandes, ese extenso manto blanco que se extiende entre Jujuy y Salta, Tomás Saraceno desarrolla desde hace algunos años un proyecto que desplaza, con notable coherencia, los ejes habituales de la práctica artística contemporánea. No se trata de una obra instalada sobre el paisaje ni de una intervención monumental destinada a ser fotografiada desde el aire. Lo que Saraceno propone aquí es otra cosa: un dispositivo de escucha, una investigación situada que entiende el territorio como un entramado político, material y sensible.

Las Salinas Grandes no son un “escenario natural”. Son un territorio en disputa, atravesado por conflictos vinculados a la extracción de litio, al acceso al agua y a la soberanía de las comunidades originarias que lo habitan y lo cuidan desde hace generaciones. El proyecto de Saraceno se inscribe en ese contexto sin intentar neutralizarlo ni estetizarlo. Por el contrario, asume la complejidad del lugar y trabaja desde una lógica de colaboración y de tiempo largo, lejos de la urgencia productiva del sistema del arte.
Una de las claves del proyecto es la renuncia explícita a la espectacularidad. En un momento en que el arte contemporáneo parece necesitar imágenes cada vez más impactantes para circular, Saraceno apuesta por gestos mínimos: dispositivos que flotan impulsados por energía solar, estructuras livianas que no tocan el suelo, experimentos atmosféricos que dependen del viento, la temperatura y la presión del aire. La obra no se impone al paisaje; se deja afectar por él.

Esta atención a la materialidad, al aire, al sol, a la sal, no es meramente formal. En las Salinas Grandes, la materialidad es política. El litio, ese mineral clave para la transición energética global, se encuentra bajo la costra salina y su extracción implica una alteración profunda de los equilibrios hídricos del territorio. Frente a la lógica extractivista que concibe la tierra como un recurso a explotar, Saraceno propone una relación basada en la coexistencia y la interdependencia.
El proyecto dialoga con investigaciones que el artista viene desarrollando desde hace años en torno a las ecologías, las formas de vida no humanas y los modelos alternativos de habitar el planeta. Sin embargo, aquí esas preocupaciones se radicalizan al anclarse en un territorio concreto de América Latina, con su historia colonial y sus desigualdades persistentes. Las Salinas no funcionan como metáfora abstracta del Antropoceno, sino como un espacio real donde se juegan decisiones económicas y políticas de alcance global.

Un aspecto central del trabajo es la colaboración con las comunidades locales. Lejos de presentarse como autor único, Saraceno se posiciona como parte de una red de saberes que incluye conocimientos ancestrales, prácticas comunitarias y experiencias de resistencia. Esta dimensión colectiva no siempre es visible en las imágenes, inevitablemente más seductoras, pero resulta fundamental para entender el sentido del proyecto. La obra no se agota en lo que se ve.
Las fotografías del proyecto, tomadas en ese blanco casi absoluto que desorienta la mirada, registran estructuras que parecen levitar, sombras que apenas se recortan sobre la sal, presencias frágiles en un paisaje de escala desmesurada. No hay figuras heroicas ni gestos grandilocuentes. Hay, en cambio, una insistencia en la precariedad y en la necesidad de pensar otras formas de relación con el entorno.
En este sentido, el trabajo en las Salinas Grandes funciona también como una crítica implícita al propio sistema del arte contemporáneo y a sus modos de producción. ¿Qué significa producir obra en un territorio marcado por el extractivismo? ¿Cómo evitar que el arte reproduzca, aunque sea simbólicamente, las mismas lógicas de apropiación que denuncia? Saraceno no ofrece respuestas cerradas, pero plantea las preguntas desde la práctica.
El proyecto no busca representar a las Salinas Grandes, sino activar una relación con ellas. Más que una obra concluida, se presenta como un proceso en curso, abierto, vulnerable a las condiciones del lugar y a las decisiones colectivas. En un momento de crisis ecológica global, este tipo de prácticas, situadas, lentas, atentas, adquieren una relevancia particular.
En las Salinas, Saraceno parece recordarnos que no se trata solo de imaginar futuros sostenibles, sino de aprender a escuchar los territorios que ya existen. Escuchar el aire, la sal, el viento. Y, sobre todo, escuchar a quienes han sabido convivir con ese paisaje mucho antes de que se convirtiera en un recurso estratégico para el mercado global.
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