Leandro Erlich vuelve a Miami con una nueva obra desconcertante y de tema ambiental, que se ve con máscara de buceo: un atasco de tráfico sumergido que se convertirá en un arrecife de coral.
En ciertos casos, el arte parece tener forma de profecía, una anticipación tangible de los resultados extremos de un proceso ya en marcha. A revelarlo es Leandro Erlich, artista argentino maestro del engaño perceptivo, que desde hace años interroga nuestra relación con los espacios urbanos y sus cortocircuitos simbólicos, desde ascensores imposibles hasta casas suspendidas. Y, esta vez, se corre concretamente el riesgo de acabar bajo el nivel del mar.
A seis años de distancia de Order of Importance, el atasco de autos en arena instalado en 2019 en la playa de South Beach en Miami, dejado disolverse lentamente como un vestigio del futuro, Erlich vuelve a la ciudad de Florida con un gesto aún más radical. La nueva intervención, Concrete Coral (2025), se inserta en el ámbito de los proyectos promovidos por Reefline, el parque de esculturas submarinas diseñado para regenerar el sistema coralino de la zona, devastado por el calentamiento oceánico.
Así pues, se va en profundidad: depositados en el fondo marino, a unos 6,5 metros de profundidad y a poco menos de 200 metros de la orilla, hay 22 automóviles. Siluetas en cemento marino, impresas en 3D, que forman un atasco sumergido, inmóvil y espectral, empujado por las corrientes como una procesión silenciosa hacia un destino que ya no existe. El atasco, imagen icónica de saturación urbana y contaminación, se hunde en el mar; la Atlántida no es un mito, es un futuro probable.

Ya lo había intuido en 2019, cuando la obra de arena aparecía como una advertencia. Hoy aquella profecía se ha convertido en escultura permanente, arquitectura ecológica, dispositivo que la propia naturaleza completará con el tiempo. «Bajo el agua este tráfico colonizado por la vida marina parece una civilización perdida», declaró el artista. Es una imagen que, en las aguas cada vez más cálidas de Florida, no tiene nada de fantástico.
Afortunadamente, las esculturas han sido pensadas más como soporte que como obra y ocuparán el valioso espacio submarino no como si se estuviera en un museo o una galería. Cada automóvil, de hecho, será cubierto por cien corales, cultivados en el laboratorio de Reefline por Colin Foord de Coral Morphologic. Se trata de especies blandas, las primeras capaces de arraigar y filtrar el agua, creando refugio para los peces y estructuras vegetales en continua expansión.
El atasco submarino se convertirá así en una barrera artificial que, en el transcurso de pocos años, cambiará de forma y color. Es uno de esos casos en los que una obra trabaja literal y físicamente para contener una catástrofe. Y aquí el gesto artístico coincide con un protocolo científico y civil: el proyecto Reefline, guiado por Ximena Caminos con un masterplan de OMA / Shohei Shigematsu, está pensado para extenderse a lo largo de 11 kilómetros y durante décadas, hasta convertirse en un corredor ecológico híbrido entre escultura, biología y arquitectura marina.

El atasco sumergido devuelve en forma visual el frágil equilibrio climático y urbanístico de Miami, ciudad que vive del tráfico y convive con la amenaza del agua.
Situaciones similares de precariedad ambiental están difundidas en todo el mundo y, en nuestras latitudes, el ejemplo más evidente es el de Venecia, en cuyos canales, justo hace pocos días, Greta Thunberg, junto con activistas de Extinction Rebellion, había vertido un trazador verde no tóxico y soluble, enfureciendo a Luca Zaia: «Otro gesto que hiere nuestra ciudad», escribió el presidente saliente en Facebook, olvidando citar otra herida: la media anual de PM10 —este sí contaminante y extremadamente dañino para nuestra salud— de 31 mg/mc, que sitúa a Venecia entre las ciudades más contaminadas de Italia.
Volviendo a Erlich pero manteniéndonos en los casos locales, esos autos destinados a convertirse en reef hacen pensar también en la grotesca protesta escenificada en las últimas semanas en Roma por algunos exponentes de Fratelli d’Italia: una sentada de automóviles contra las Zone 30, ZTL y ciclovías, que se transformó en un atasco surrealista —afortunadamente solo sobre el papel porque, como era de esperar, fue prácticamente desierto— y además programado en el día dedicado a las víctimas de la carretera.
La coincidencia involuntaria entre un gesto político carente de visión y una obra que imagina un futuro sumergido revela una cruda asimetría: aquello que para algunos sigue siendo objeto de reivindicaciones retrógradas, para otros se presenta como un destino evidente.
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