Arte contemporáneo

Marta Minujín: la anomalía que fisura el canon

Pensar la trayectoria de Marta Minujín implica aceptar una paradoja: su obra es, al mismo tiempo, una de las más visibles del arte argentino y una de las más difíciles de fijar en los marcos tradicionales de la historia del arte. Desde los años sesenta hasta hoy, Minujín ha construido una práctica que desconfía de la estabilidad, de la obra cerrada y del aura de autoridad que sostiene la figura clásica del “gran maestro”. Y, sin embargo, es precisamente esa desconfianza la que la ha vuelto una figura central, inevitable, dentro y fuera de Argentina.

Formada entre Buenos Aires, París y Nueva York en un momento de intensa circulación internacional de ideas, Minujín se vinculó tempranamente con el happening, el arte conceptual y las prácticas performáticas. Pero más que adherir a un movimiento, su trabajo se definió por una actitud: la voluntad de borrar límites entre arte y vida, entre producción simbólica y experiencia colectiva. En un contexto local todavía marcado por la pintura y la escultura como soportes privilegiados, sus acciones efímeras, participativas y a menudo caóticas desarmaron jerarquías y expectativas.

Marta Minujín

Desde sus primeras obras, la materialidad en Minujín fue siempre inestable: colchones, pan, libros, televisores, cuerpos, tiempo compartido. Esa elección no solo desafiaba las lógicas del mercado y del coleccionismo, sino también una idea de valor asociada a la permanencia. En el arte argentino, históricamente atravesado por una noción masculina de la maestría, ligada al control formal y a la obra duradera, esta apuesta fue leída durante mucho tiempo como excéntrica, excesiva o directamente menor. La artista supo convertir esa lectura en motor de su práctica.

Marta Minujín. La Menesunda.

El Partenón de libros, realizado por primera vez en 1983 y reactivado en distintas ciudades y contextos, es quizás el ejemplo más claro de cómo Minujín articula lo simbólico, lo político y lo monumental sin abandonar lo efímero. La obra condensa una de las tensiones centrales de su trayectoria: la capacidad de producir imágenes de alto impacto público sin cristalizarse en una formadefinitiva. El monumento, en Minujín, no celebra una verdad estable; funciona como dispositivo temporal, vulnerable, atravesado por la historia y por sus violencias.

Marta Minujín. Partenón de Libros.

En el plano latinoamericano, su trabajo dialoga con otras prácticas que, desde los años sesenta y setenta, cuestionaron las narrativas hegemónicas del arte moderno desde contextos periféricos o no alineados. Sin embargo, Minujín ocupa un lugar singular: mientras muchos de sus contemporáneos articularon una crítica desde la austeridad conceptual o la gravedad política, ella eligió el exceso, el humor y la espectacularidad. Esa elección no implica liviandad, sino una comprensión aguda de los medios, de la cultura de masas y del poder de la imagen.

 

Marta Minujín.“EL OBELISCO DE PAN DULCE”. Más de 30 metros de altura tenía la obra en 1979.

A nivel internacional, su figura se consolidó de manera intermitente, con momentos de fuerte visibilidad seguidos de largos períodos de lectura parcial o simplificada. Solo en las últimas décadas, con la expansión de los debates sobre performance, archivo, género y prácticas participativas, su obra encontró un marco más afinado para ser leída en toda su complejidad. Las retrospectivas y relecturas recientes no hacen más que confirmar algo que su trayectoria ya había demostrado: Minujín no fue una nota al margen del arte conceptual global, sino una de sus voces más persistentes y singulares.

En el contexto argentino, su lugar es especialmente incómodo y productivo. Minujín es, probablemente, la artista que con mayor claridad logró ingresar en el canon de los grandes maestros sin reproducir sus reglas. No se volvió austera, no domesticó su lenguaje ni moderó su presencia pública. Por el contrario, insistió en una subjetividad artística exuberante, performática, difícil de clasificar. Su entrada al canon no lo amplía: lo fisura, dejando en evidencia su carácter históricamente excluyente.

Marta Minujín. Colchón (Eróticos en technicolor), 1943, Museo Nacional de Bellas Artes.
La Torre de Pisa de Spaghettis (2025), la instalación monumental y efímera realizada por Marta Minujín en el Centro Cultural Recoleta. Foto: diario La Nación.

Más que cerrar una historia, la obra de Marta Minujín la mantiene abierta. Su trayectoria demuestra que la autoridad artística no es una condición natural, sino una construcción cultural atravesada por género, poder y legitimación institucional. En ese sentido, su práctica no solo ocupa un lugar central en el arte argentino, latinoamericano e internacional: sigue funcionando como una pregunta activa sobre qué entendemos, hoy, por arte, por historia y por maestría.

Wanda Wainsten

Entradas recientes

Frieze London y Frieze Masters 2026: la guía definitiva de la semana del arte en Londres

De los stands a las «otras ferias», pasando por las exposiciones imperdibles: todo lo que…

8 horas hace

Patrimonio en riesgo: la radiografía global del World Monuments Fund

El World Monuments Fund analizó 372 candidaturas para el Watch 2027: el 65 % señala…

10 horas hace

¿Quiénes escriben las narrativas de los objetos culturales? Gala Porras-Kim de Artes Aplicadas en la Bienal De Venecia

En el Pabellón de Artes Aplicadas de la Bienal de Venecia, Gala Porras-Kim cuestiona los…

1 día hace

La Gen Z compra mucho arte, pero no quiere que se sepa

La nueva investigación de Art Basel y UBS retrata a una generación de coleccionistas joven,…

1 día hace

arteba cumple 35 años: la feria que ayudó a construir el mercado del arte argentino vuelve a La Rural

Con 69 galerías, más de 400 artistas y una amplia delegación de curadores y museos…

2 días hace

Gabriel de la Mora en el MARCO (Monterrey)

En "La Petite Mort", Gabriel de la Mora explora las relaciones entre materia, memoria y…

2 días hace