Pinta Panamá Art Week 2026: entre la agenda y la construcción de una escena
Performance Selva Humana de Ana Elena Tejera. Foto cortesía: Pinta
Durante cinco días, del 18 al 22 de marzo, Ciudad de Panamá se transformó en un circuito expandido de arte contemporáneo. La segunda edición de Pinta Panamá Art Week reunió exposiciones, conversatorios, recorridos y experiencias inmersivas con un objetivo explícito: posicionar al país como un nodo estratégico dentro del mapa artístico regional.
Más que confirmar esa aspiración, el evento permitió observar en qué medida esa centralidad es hoy una construcción en curso.
Apertura Oficial Pinta Panamá Art Week 2026 en Ciudad de las Artes. Foto cortesía: Pinta PanamáApertura Oficial Pinta Panamá Art Week 2026 en Ciudad de las Artes. Foto cortesía: Pinta Panamá
Bajo la dirección artística de Irene Gelfman, el programa insistió en pensar Panamá como un “territorio de conexión”. La noción operó menos como eslogan que como estructura: una red de relaciones entre escenas centroamericanas, vínculos con el Caribe y Sudamérica, y una interlocución cada vez más visible con instituciones del norte global. En ese cruce, la ciudad dejó de presentarse como un lugar de tránsito para ensayar una posición más activa dentro de la circulación artística.
La apertura en la Ciudad de las Artes marcó ese tono. El coloquio inaugural, centrado en la obra de Donna Conlon y Jonathan Harker, activó una discusión sobre el sonido, el medio y la acción como formas de pensamiento artístico. Más que introducir trayectorias, el encuentro situó prácticas en un campo de debate donde lo experimental y lo contextual se cruzan sin jerarquías evidentes.
En ese mismo espacio se desplegó el núcleo curatorial de la semana. La exposición Territorios en conexión reunió artistas de distintos puntos de la región en torno a una pregunta compartida: cómo se construye el territorio desde el cuerpo, la memoria y la materialidad. El uso del textil, el video y la performance funcionó como un lenguaje común, pero no homogéneo. Entre las obras emergieron afinidades, tensiones y desplazamientos que evitaron una lectura unificada del conjunto.
Uno de los momentos más precisos del programa fue la performance Selva Humana, de Ana Elena Tejera. A través de proyecciones sobre el cuerpo y una coreografía circular, la obra convocó las memorias sumergidas por la construcción del Canal de Panamá. Allí, el archivo se activó como experiencia más que como documento. Lo que se puso en juego no fue una reconstrucción histórica, sino la persistencia de lo que quedó fuera del relato oficial.
En paralelo, la exposición Refugios frágiles de Donna Conlon propuso otra escala de observación. Su trabajo, centrado en objetos desplazados, residuos y acciones mínimas, evitó la espectacularidad para construir una crítica ambiental y social desde lo cotidiano. En un contexto donde la retórica ecológica tiende a volverse decorativa, su práctica mantuvo una tensión concreta con el entorno.
«Refugios frágiles» de Donna Conlon.
Más allá de su núcleo curatorial, Pinta Panamá Art Week funcionó como un dispositivo de activación urbana. Museos, galerías y espacios independientes articularon una programación que dispersó el evento por la ciudad. Desde el Museo de Arte Contemporáneo y el Museo del Canal hasta espacios como DiabloRosso, Arteconsult o Casa Santa Ana, el recorrido permitió leer una escena heterogénea, atravesada por distintas generaciones, economías y lenguajes.
Algunas exposiciones reforzaron esa lectura. El jardín de Mr. Brown, de Tova Katzman, revisó la historia de un extrabajador del Canal a través de un archivo íntimo que tensiona la memoria oficial del territorio. En otra línea, el homenaje Coqui Calderón +7 articuló genealogías locales, conectando la obra de la artista con producciones contemporáneas. Más que casos aislados, estas propuestas evidenciaron una escena que trabaja sobre sus propios relatos.
Cortometraje: «El jardín de Mr. Brown», Tova Katzman.
El programa incluyó también experiencias inmersivas, como la intervención de Arístides Ureña en Soho Mall, donde imagen, sonido y atmósfera construyeron un entorno perceptivo expandido. Estos formatos ampliaron los modos de relación con el público, aunque también dejaron abierta la pregunta por los límites entre experiencia estética y consumo cultural.
Foto cortesía: Pinta Panamá
El FORO introdujo una capa reflexiva que evitó que el evento se agotara en su dimensión expositiva. Las discusiones sobre curaduría, institucionalidad y el rol de las bienales permitieron situar a Panamá dentro de debates más amplios sobre circulación y legitimación. En particular, el énfasis en las bienales resonó con la participación del país en Venecia, reactivando interrogantes sobre representación y posicionamiento internacional.
Con más de una veintena de espacios participantes y una agenda extendida, Pinta Panamá Art Week consolidó su capacidad de convocatoria. Sin embargo, su interés no radicó únicamente en la escala alcanzada, sino en la posibilidad de hacer visible una escena en proceso de articulación.
Más que afirmar a Panamá como un epicentro ya constituido, esta edición dejó ver las condiciones y tensiones bajo las cuales esa centralidad podría construirse. Entre memoria e inserción global, entre infraestructura cultural y producción simbólica, el evento abrió un campo de relaciones que todavía está lejos de estabilizarse.
En ese movimiento reside su potencia: no en la confirmación de un centro fijo, sino en la evidencia de que toda centralidad, en el arte contemporáneo latinoamericano, se construye y redefine en relación con otras escenas, historias y formas de circulación.