En el arte latinoamericano actual, el archivo dejó de ser un repositorio pasivo para convertirse en un campo de batalla. Lejos de las vitrinas silenciosas, los archivos que activan muchos artistas de la región funcionan como estructuras vivas, parciales y a menudo incómodas. No buscan reconstruir un pasado ordenado, sino mostrar sus rupturas, sus zonas de silencio y las tensiones que persisten en el presente. En un continente atravesado por dictaduras, desplazamientos, violencias estatales y economías extractivas, el archivo emerge no como evidencia, sino como disputa.
Este giro no es casual. A medida que instituciones del norte global incorporan discursos sobre memoria y reparación, en América Latina crece una práctica que rehúye los gestos conmemorativos para trabajar desde la fricción. Los archivos que se activan aquí no tranquilizan; interrogan. No ofrecen una narrativa final; proponen lecturas fragmentarias, afectivas y a veces contradictorias. El archivo ya no es garantía de verdad, sino un dispositivo que revela quién puede hablar, quién ha sido borrado y qué formas de conocimiento sobreviven a pesar de todo.
Archivos que se tocan: documentos como materia viva
Una de las características más significativas de estas prácticas es la dimensión corporal del archivo. No se trata solo de documentos encontrados, sino de papeles desgastados, fotografías intervenidas, cintas deterioradas por el clima, testimonios orales que rehúyen la fijación. Son archivos que se tocan y se transforman.
Muchos artistas trabajan con materiales en riesgo: negativos velados, cartas ya casi ilegibles, objetos oxidados, grabaciones inestables. Ese deterioro no se corrige: se incorpora como parte de la obra, una forma de recordarnos que la memoria en América Latina casi nunca llega intacta. Allí donde el museo busca preservar, estas intervenciones enfatizan la fragilidad como política, como manera de evidenciar que el olvido también tiene una materialidad.

A diferencia de los archivos institucionales —cuyas lógicas de selección son siempre políticas—, los archivos que construyen muchos artistas latinoamericanos funcionan como contraescrituras. No se limitan a recopilar documentos: producen relatos que la historia oficial no ha querido o no ha podido contener.
Esto incluye reconstrucciones de memorias comunitarias, genealogías afrodescendientes negadas por el Estado, archivos indígenas que desafían los marcos coloniales de registro, o investigaciones sobre territorios devastados por industrias extractivas. En todos los casos, el archivo se vuelve herramienta de disputa, no monumento.
Esa contraescritura, además, no busca cerrar sentidos. Al contrario: abre preguntas. ¿Qué significa archivar una memoria que nunca fue reconocida como tal? ¿Cómo narrar un pasado cuya documentación ha sido destruida, manipulada o dispersada? En estas obras, la ausencia es tan elocuente como la presencia.

Frente a la narrativa documental clásica —lineal, ordenada, verificable—, emerge una modalidad que podríamos llamar archivo afectivo. No se basa exclusivamente en hechos, sino en sensaciones, huellas, intuiciones. Son prácticas que incorporan testimonios orales, memorias fragmentadas, recorridos territoriales, pulsos íntimos.
Este archivo no pretende neutralidad. Reconoce que toda memoria es una construcción situada y que, especialmente en contextos de violencia, la afectividad es parte esencial de su transmisión. Lejos de sentimentalismos, lo afectivo aparece como política del cuidado: una forma de resistir al borramiento.


Lo más interesante es que estas prácticas no buscan clausurar el pasado, sino mantenerlo en movimiento. El archivo, lejos de fijar, actúa como impulso: permite que las memorias continúen circulando, mutando, encontrando nuevos cuerpos y nuevos lenguajes.
En un momento en que muchas instituciones globales adoptan la retórica de la reparación, el arte latinoamericano recuerda algo fundamental: no hay archivo sin conflicto, y todo intento de ordenar la memoria implica una operación de poder. Las obras que hoy activan archivos en la región no buscan reconciliar; buscan complejizar. No ofrecen estabilidad; proponen preguntas.
Quizás, justamente por eso, resultan esenciales: porque nos obligan a reconocer que la historia no es un relato cerrado, sino una conversación siempre en disputa. Y que, en América Latina, esa conversación sigue siendo uno de los territorios más urgentes del arte contemporáneo.
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