En el corazón de la Bienal de Venecia, una de las plataformas más influyentes del sistema del arte global, la fricción entre práctica artística y contexto político vuelve a hacerse visible. La reciente carta firmada por setenta y cuatro artistas y curadores , participantes de la exposición central, no es un gesto aislado, sino un síntoma de tensiones acumuladas en torno a la representación nacional, la responsabilidad institucional y los límites éticos de la exhibición.
La controversia se activa a partir de la decisión de reubicar el Pabellón de Israel en el Arsenale, en proximidad directa con “In Minor Keys”, el proyecto concebido por la curadora camerunesa Koyo Kouoh. La cercanía espacial, en este caso, no es neutra. En el dispositivo expositivo de la Biennale, donde cada desplazamiento implica una toma de posición, la proximidad puede leerse como validación, convivencia o incluso normalización.
La carta dirigida a Pietrangelo Buttafuoco y a la dirección de la Biennale solicita revertir esa decisión. Pero va más allá: invoca precedentes históricos en los que la institución actuó en respuesta a contextos políticos específicos, como la exclusión de Sudáfrica durante el apartheid o la reciente suspensión del pabellón ruso tras la invasión de Ucrania. En ese marco, los firmantes proponen una medida más amplia: la exclusión de Estados actualmente acusados de crímenes de guerra, entre ellos Israel, Rusia y Estados Unidos.
Este tipo de demandas reabre una pregunta persistente: ¿puede, o debe, una exposición internacional sostener la ficción de neutralidad frente a conflictos geopolíticos activos? La estructura misma de los pabellones nacionales, heredada de lógicas decimonónicas, tensiona esa posibilidad. Cada pabellón no solo presenta artistas, sino que encarna una forma de diplomacia cultural, donde la representación estética y la política estatal se entrelazan de manera inevitable.
Desde una perspectiva latinoamericana, este debate resuena con particular intensidad. La historia reciente de la región está atravesada por dictaduras, intervenciones extranjeras y procesos de memoria aún en disputa. No es casual que la carta mencione 1974, cuando la Biennale suspendió sus pabellones nacionales en protesta contra la dictadura chilena. Ese antecedente no solo evidencia que la institución ha tomado posiciones en el pasado, sino que revela una genealogía de solidaridades que exceden el campo artístico.
Sin embargo, la demanda actual introduce un matiz complejo. A diferencia de casos anteriores, no se trata de una suspensión unilateral decidida por la institución, sino de una presión ejercida desde dentro del propio cuerpo expositivo. Son los artistas y curadores quienes interpelan la estructura que los contiene. Este desplazamiento resulta significativo: señala una transformación en la agencia de los participantes, quienes reivindican su derecho a incidir en las condiciones de circulación de sus obras, aprovechando la visibilidad que ofrece un contexto como la Bienal de Venecia para amplificar las denuncias frente a la violencia ejercida por los Estados agresores.
También obliga a considerar los riesgos de una lógica de exclusión basada en criterios geopolíticos. ¿Quién define qué Estados deben ser excluidos? ¿Bajo qué marcos jurídicos o éticos? ¿Cómo evitar que estas decisiones reproduzcan desigualdades estructurales o lecturas selectivas del conflicto? En el campo latinoamericano, donde las relaciones de poder global han operado históricamente de manera asimétrica, estas preguntas no son menores.
La figura de Koyo Kouoh introduce otra capa de lectura. Su proyecto, concebido antes de su fallecimiento, se inscribe en una trayectoria curatorial que ha trabajado desde el sur global, atendiendo a narrativas desplazadas y temporalidades no hegemónicas. La posible fricción entre ese marco conceptual y la presencia de un pabellón estatal cuestionado no es solo política, sino también discursiva. ¿Qué ocurre cuando una exposición que propone “otras claves” se ve atravesada por una urgencia geopolítica que reconfigura su recepción?
En la Biennale, práctica artística, representación institucional y contexto geopolítico se entrelazan de forma ineludible. La carta de los setenta y cuatro firmantes reabre la discusión sobre las responsabilidades del sistema del arte y las formas de comunidad que articula. ¿Qué implica hoy asumir una posición en ese marco? ¿Y cómo se vuelve visible dentro de la exposición?
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