Autoexplotación, cansancio y precariedad: Byung-Chul Han y las industrias culturales
Charlas y debates
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han se ha convertido en una de las voces más influyentes para pensar las tensiones del capitalismo contemporáneo. En La sociedad del cansancio, Han describe un giro fundamental en las formas de dominación: hemos pasado de una sociedad disciplinaria, basada en la prohibición y la obediencia, a una sociedad del rendimiento, en la que el mandato central es “sí puedes”. Este aparente mensaje emancipador es, en realidad, la base de una nueva forma de esclavitud: la autoexplotación.
En la sociedad del rendimiento, el sujeto ya no es oprimido por un amo externo claramente identificable. El sujeto se convierte en empresario de sí mismo, gestor de su propio capital humano, responsable absoluto de su éxito o fracaso. Esta lógica elimina la posibilidad de conflicto externo: ya no hay contra quién rebelarse. La violencia se internaliza. El resultado, según Han, es el cansancio crónico, la depresión, el burnout y la sensación permanente de insuficiencia. Nos explotamos voluntariamente en nombre de la realización personal.
Esta lectura resulta especialmente potente cuando se la pone en diálogo con las condiciones laborales de las industrias culturales, y en particular de las artes visuales. El campo artístico es uno de los espacios donde la autoexplotación se presenta de forma más naturalizada. Trabajar en arte —crear, investigar, producir, exhibir— suele estar asociado a la idea de vocación, pasión y deseo. Precisamente por eso, el trabajo deja de percibirse como trabajo. Horas interminables en talleres, estudios o residencias, producción constante de obra, presencia permanente en redes sociales y participación gratuita en exposiciones o proyectos se justifican bajo la promesa de visibilidad futura o realización simbólica.

La informalidad y la precariedad estructural atraviesan gran parte del ecosistema artístico. Contratos inexistentes o temporales, pagos diferidos o simbólicos, ausencia de seguridad social y dependencia de fondos concursables generan un escenario de inestabilidad permanente. Sin embargo, este contexto no suele ser leído como explotación, sino como una etapa “normal” del desarrollo profesional. Aquí la tesis de Han se vuelve especialmente clara: el artista no es explotado por una institución externa que lo obliga, sino por sí mismo, impulsado por la necesidad de producir, mostrarse y no desaparecer.
A esta precariedad material se suma una paradoja profunda: la formación académica en artes visuales. Universidades y escuelas de arte ofrecen programas altamente exigentes, con una fuerte carga teórica, técnica y conceptual, que promueven la idea de una profesionalización del campo artístico. Sin embargo, esta formación prepara a los estudiantes para un mercado laboral que es, en la práctica, inestable, reducido y altamente marginalizado dentro de la economía formal. Se forma para un campo que no puede absorber a quienes forma.

La academia, muchas veces, reproduce el discurso del rendimiento: hay que producir obra constantemente, participar en convocatorias, construir un “perfil”, desarrollar un lenguaje propio desde etapas muy tempranas. El fracaso se internaliza como responsabilidad individual y no como consecuencia de un sistema que ofrece pocas oportunidades reales. El resultado es una generación de artistas altamente cualificados, pero agotados, endeudados y obligados a combinar su práctica con múltiples trabajos paralelos para sobrevivir.
Byung-Chul Han advierte que el exceso de positividad —la idea de que todo es posible si uno se esfuerza lo suficiente— anula el descanso, la pausa y la negatividad necesaria para pensar críticamente. En el campo artístico, esta positividad se traduce en la romantización de la precariedad: “vivir del arte” como sacrificio constante, como entrega total, como forma de vida más que como trabajo con derechos.
Pensar las artes visuales desde la sociedad del cansancio implica cuestionar no solo las condiciones laborales, sino también los discursos que las sostienen. Implica reconocer que la autoexplotación no es una elección individual aislada, sino un mandato estructural. Y que sin una revisión profunda de la formación académica, de los modelos de financiamiento y del valor social del trabajo cultural, el cansancio seguirá siendo el precio invisible de la llamada realización personal.
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