En los últimos años, Yuval Noah Harari se ha consolidado como uno de los grandes narradores del presente. Más que un historiador del pasado, Harari funciona como un intérprete de las ansiedades contemporáneas: el debilitamiento del humanismo liberal, la centralidad del dato, la delegación creciente de decisiones en sistemas algorítmicos. Su eficacia reside menos en la novedad de sus ideas que en su capacidad para organizar, en un relato coherente, una sensación difusa de pérdida de control. El futuro, en su versión, ya no se imagina: se gestiona.
Este desplazamiento del sujeto —del individuo autónomo al conjunto de patrones medibles— no es ajeno al arte contemporáneo. Desde hace al menos dos décadas, numerosas prácticas artísticas trabajan con cuerpos leídos como información, con subjetividades atravesadas por sistemas técnicos, con ficciones de progreso que prometen eficiencia a cambio de opacidad. Sin embargo, a diferencia del tono prospectivo de Harari, el arte rara vez formula predicciones. Opera, más bien, como un espacio donde el presente se vuelve inestable y el relato dominante encuentra resistencia.
En América Latina, esta fricción adquiere una densidad particular. Las narrativas tecnológicas globales suelen asumir infraestructuras, accesos y condiciones de vida que distan de ser universales. Aquí, la promesa algorítmica convive con economías informales, con violencias persistentes sobre los cuerpos y con historias de experimentación social impuesta. En ese contexto, muchas prácticas artísticas no celebran el advenimiento de un mundo post-humano, sino que insisten en la materialidad, la memoria y la desigualdad como zonas irreductibles al cálculo.

El trabajo de Giselle Beiguelman resulta emblemático en este sentido. Sus proyectos con obsolescencia digital y archivos fallidos desmontan la fantasía de un progreso tecnológico lineal. Allí donde el discurso dataísta imagina acumulación infinita, Beiguelman introduce desgaste, error y basura electrónica. El futuro no aparece como promesa, sino como ruina anticipada. Su obra recuerda que todo sistema técnico produce residuos, y que esos residuos también son políticos.
Rafael Lozano-Hemmer, desde otro registro, pone en escena la tensión entre participación y control. Sus instalaciones basadas en biometría y vigilancia convocan al espectador a interactuar, pero lo hacen exponiendo el cuerpo al sistema, no emancipándolo de él. Frente a la idea harariana de que los algoritmos nos conocerán mejor que nosotros mismos, Lozano-Hemmer devuelve una pregunta incómoda: ¿qué se pierde cuando la experiencia se traduce en dato?

Esta incomodidad se vuelve límite ético en la obra de Teresa Margolles. Aunque su práctica no dialogue directamente con tecnologías digitales, su insistencia en el cuerpo vulnerable —herido, mortal, atravesado por la violencia— funciona como un contrapeso radical al imaginario post-biológico. En un mundo que tiende a abstraer la vida en información, Margolles devuelve peso, olor y presencia. Su trabajo señala aquello que el relato algorítmico no puede —o no quiere— procesar.

Más recientemente, artistas como Tabita Rezaire han complejizado aún más este panorama desde una perspectiva decolonial. Al vincular tecnología, espiritualidad y colonialidad, Rezaire cuestiona la supuesta neutralidad de internet y los sistemas de datos. El futuro que se presenta como universal aparece, en su obra, profundamente situado, atravesado por jerarquías históricas y asimetrías persistentes. No todo flujo es libre; no toda red es horizontal.
A diferencia de los grandes relatos que anuncian el fin del humanismo, estas prácticas no proponen una nueva doctrina. Trabajan desde el fragmento, la interrupción, la fricción. No ofrecen soluciones ni horizontes cerrados, sino que hacen visibles las zonas de sombra del presente: aquello que queda fuera de la optimización, del rendimiento, de la predicción.
Tal vez ahí radique la diferencia fundamental entre el pensamiento de Harari y el campo del arte contemporáneo. Mientras uno organiza el futuro como una narrativa inteligible —y, por momentos, inevitable—, el otro insiste en su indeterminación. En tiempos en que el porvenir parece cada vez más gestionado por sistemas que exceden la experiencia individual, el arte sigue siendo un espacio donde imaginar no es anticipar, sino resistir la clausura del sentido.
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