19 diciembre 2025

Escuchar con los ojos: música y estéticas contemporáneas desde la región

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En los márgenes porosos entre música y arte contemporáneo, América Latina ha producido en los últimos años un conjunto de prácticas que entienden el sonido como experiencia espacial, visual y corporal. Lejos del espectáculo total o del virtuosismo técnico, estas propuestas trabajan desde la contención, la repetición y la ambigüedad, articulando conciertos que se aproximan más a la lógica de la performance o la instalación que al formato tradicional del show. En ese cruce, la música no se limita a ser escuchada: se habita.

Uno de los casos más consistentes dentro de este cruce es el de Juana Molina. Su último álbum, Doga (2024), condensa una búsqueda estética basada en la contención y la ambigüedad. La portada —una figura animal apenas definida— no ilustra el disco, sino que introduce un clima. Funciona como presencia más que como imagen, en sintonía con una música que avanza por insistencia, capas y patrones circulares. En Doga, la voz aparece como materia sonora antes que como relato, y el pulso rítmico construye una temporalidad suspendida.

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La Trastienda. Juana Molina- Doga

En vivo, esta lógica se traduce en presentaciones austeras, donde el escenario opera como un dispositivo de escucha. Luces medidas, gestos mínimos y una corporalidad contenida refuerzan una experiencia cercana al arte sonoro y a ciertas tradiciones de la performance. Lo multidisciplinario no surge aquí como acumulación de lenguajes, sino como coherencia: sonido, imagen y cuerpo comparten una misma economía formal. Frente a la saturación visual contemporánea, Molina propone una atención precisa y sostenida.

En un registro muy distinto, pero igualmente atravesado por el arte contemporáneo, se sitúa Arca. Su práctica desborda cualquier clasificación estable y opera como una performance total. En sus presentaciones, el cuerpo se vuelve un campo de experimentación visual y política: esculturas digitales, prótesis, coreografías tensas y paisajes sonoros extremos configuran un entorno de alta intensidad sensorial. Arca no toma al arte contemporáneo como referencia externa; trabaja desde sus mismas preguntas sobre identidad, artificialidad y deseo. Su circulación fluida entre museos, bienales y festivales musicales señala un cambio profundo en la manera de concebir la música como práctica cultural expandida.

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Photo by Ahad Subzwari
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Arca embodies her free-spirited nature, whipping her hair as she performs. (Photo by Donny Assefa)

Otro eje relevante se encuentra en escenas electrónicas latinoamericanas que han incorporado estrategias visuales y espaciales para pensar territorio, archivo y memoria. Proyectos como Chancha Vía Circuito o Nicola Cruz proponen experiencias inmersivas donde el sonido dialoga con visuales abstractos, referencias a cosmologías andinas y una sensibilidad cercana a la instalación. Aquí, la pista de baile se transforma en un espacio ritualizado, donde la experiencia colectiva adquiere una dimensión contemplativa sin perder su energía popular.

En estos casos, la influencia del arte contemporáneo se percibe en el uso del tiempo, la repetición y la atmósfera, más que en una iconografía explícita. Las presentaciones no buscan narrar, sino generar estados: climas donde el público se desplaza entre la escucha atenta y la participación física, entre el trance y la observación.

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Chancha Via Circuito en vivo en Los Angeles
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Nicola Cruz- Image squarespace
 Museos y centros culturales han comenzado a incorporar conciertos y activaciones sonoras como parte de sus programas. Al mismo tiempo, estos artistas evitan una estetización vacía: el cruce disciplinar no funciona como ornamento, sino como una herramienta para afinar la percepción.

En un contexto de saturación audiovisual, estas prácticas apuestan por la contención, la ambigüedad y el tiempo dilatado. Escuchar con los ojos —y mirar con los oídos— deja de ser una metáfora para convertirse en una forma concreta de experiencia. Más que una tendencia, este diálogo entre música y arte contemporáneo señala una transformación profunda en la cultura visual y sonora latinoamericana: una práctica expandida que no busca deslumbrar, sino sostener una atención crítica sobre cómo habitamos el sonido, el cuerpo y la imagen hoy.