Refik Anadol. MoMA
En los últimos años, la inteligencia artificial ha dejado de ser un recurso técnico periférico para convertirse en un dispositivo central dentro del arte contemporáneo. Lejos de operar únicamente como herramienta, la IA introduce preguntas incómodas sobre autoría, agencia, materialidad y poder. Más que un nuevo medio, funciona como un campo de fricción donde se cruzan infraestructuras invisibles, economías extractivas y deseos de automatización que exceden largamente el ámbito artístico.
Buena parte de las prácticas actuales que trabajan con IA se sitúan precisamente en ese umbral: ni celebración ingenua del progreso tecnológico ni rechazo nostálgico de la máquina. En ese espacio ambiguo, el arte ensaya formas de hacer visible lo que normalmente permanece oculto en los sistemas algorítmicos.
Uno de los casos más difundidos es el de Refik Anadol, cuyas instalaciones inmersivas utilizan grandes volúmenes de datos —archivos arquitectónicos, imágenes satelitales, colecciones museales— para generar entornos visuales en constante mutación. Aunque su trabajo ha sido leído en clave espectacular, resulta más productivo entenderlo como una reflexión sobre la estética de la data y sobre cómo los archivos institucionales se transforman cuando son procesados por sistemas de aprendizaje automático. La pregunta no es solo qué vemos, sino qué tipo de memoria se produce cuando el archivo deja de ser estable.
En un registro radicalmente distinto, Hito Steyerl aborda la IA desde una perspectiva crítica, atenta a sus implicaciones políticas y militares. En obras como Power Plants o This Is the Future, la artista examina cómo los sistemas predictivos y los modelos de simulación configuran nuevas formas de gobernanza y control. Aquí la IA no es una entidad abstracta, sino una tecnología situada, vinculada a economías de vigilancia, automatización del trabajo y violencia estructural.
También resulta clave el trabajo de Mario Klingemann, pionero en el uso creativo de redes neuronales. A diferencia de los discursos que presentan a la IA como autora autónoma, Klingemann insiste en el error, el sesgo y la falla como zonas productivas. Sus retratos deformados y sistemas generativos evidencian que la “inteligencia” artificial no es neutral: reproduce —y amplifica— los prejuicios inscritos en los datos con los que es entrenada.
Desde una sensibilidad cercana a lo orgánico, Sofia Crespo trabaja con modelos generativos entrenados en imágenes de naturaleza para producir criaturas híbridas, imposibles. Su práctica cuestiona las taxonomías científicas y propone una lectura especulativa de la evolución, donde lo artificial no se opone a lo natural, sino que lo reconfigura. En este cruce entre biología, archivo visual y simulación, la IA aparece como una herramienta para imaginar otros regímenes de representación de lo vivo.
En conjunto, estas prácticas sugieren que el interés del arte por la IA no reside tanto en la novedad tecnológica como en su capacidad para desplazar marcos críticos existentes. La inteligencia artificial, entendida como infraestructura cultural, obliga a repensar nociones centrales del arte contemporáneo: quién produce, con qué medios, bajo qué condiciones y para quién.
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