La Colección del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti nació antes que el propio centro. En 2007, un año previo a su apertura formal en el predio de la ex ESMA, artistas argentinos decidieron donar obras para sostener la creación de un espacio cultural dedicado a los derechos humanos. El gesto no fue simbólico en un sentido blando: donar implicó transformar un sitio atravesado por la maquinaria del terror en un territorio de producción cultural y pensamiento crítico.
Compuesta hoy por 42 piezas, la colección no responde a una lógica museográfica tradicional ni a una cronología estilística. Es una constelación política. Reúne obras que recorren momentos decisivos del arte argentino en cruce directo con los conflictos de su tiempo. Su importancia no radica solo en los nombres que la integran, sino en la trama de sentidos que las obras construyen cuando se activan en el espacio público.
Una genealogía de confrontación
La presencia de León Ferrari marca uno de los núcleos más intensos del conjunto. Su desmontaje de las iconografías del poder religioso, militar y colonial, adquiere una densidad particular en el contexto del ex centro clandestino de detención.
Junto a Ferrari, las obras de Ricardo Carpani y Carlos Alonso consolidan una tradición donde la figura humana es campo de conflicto. En Carpani, la épica obrera y la potencia colectiva remiten a un proyecto político violentamente interrumpido. En Alonso, el cuerpo aparece herido, atravesado por una experiencia histórica que también es biográfica.
La obra de Diana Dowek introduce otra tonalidad. Sus paisajes tensionados por presencias militares o por una amenaza latente construyen una escena donde el terror es atmósfera antes que acontecimiento explícito. La memoria no siempre grita; a veces se filtra como inquietud persistente.
Con Luis Felipe Noé, la fragmentación se vuelve estructura. Sus composiciones caóticas proponen una lectura histórica donde no hay relato lineal posible. La memoria aparece como tejido discontinuo, atravesado por rupturas y superposiciones. Desde la escultura, Juan Carlos Distéfano desplaza el conflicto al espacio tridimensional: cuerpos deformados, tensos, suspendidos que obligan al espectador a experimentar físicamente la violencia.
Cultura popular, lenguaje y política
En las obras de Marcia Schvartz, Daniel Santoro y Juan Carlos Romero aparecen la cultura popular, el imaginario peronista, la gráfica militante y el lenguaje como campo de batalla. La memoria se cruza con la identidad, con la iconografía nacional, con la ironía y la crítica cultural.
La dimensión regional y transnacional se amplía con la presencia de Julio Le Parc, cuya trayectoria de exilio inscribe la experiencia argentina en redes internacionales de vanguardia, y con Fernando “Coco” Bedoya, que conecta las memorias del Cono Sur con otras geografías latinoamericanas atravesadas por la violencia política.
Ampliaciones generacionales
Uno de los rasgos menos visibles y más relevantes de la colección es su apertura generacional y formal. La inclusión de Juana Elena Diz, Nora Patrich, Adolfo Nigro y Carlos Gorriarena amplía el campo hacia registros pictóricos diversos, donde la crítica social convive con búsquedas formales específicas.
A su vez, artistas como Franco Host Venturi, Federico Aymá, Luciano Parodi y Marcela Oliva introducen lenguajes conceptuales que problematizan archivo, materialidad y circulación de imágenes.
La gráfica y la ilustración encuentran eco en figuras como Aníbal Cedrón y Juan Manuel Sánchez, mientras que Pedro Roth y Mario Erlich tensionan la relación entre fotografía, ficción y memoria. También integran la colección artistas como Ana Maldonado, Guillermo Forchino, Alejandra Lapacó, Carolina Andreetti, Mónica Christiansen, Ignacio Colombres, Roberto Elía, Jorge Valverde Ferrari, Omar Estela, Javier Bernasconi, Marcelo Montanari y Margarita Rocha, cuyas producciones amplían el espectro técnico y discursivo del acervo.
Más que una sumatoria, la colección es una trama. La heterogeneidad no debilita su coherencia; la vuelve más compleja.
«Entre la espada y la cruz» (2007).
Bombardeo de Plaza de Mayo Junio de 1955
Tinta Acrílica sobre tela. 133 x 95 cm
Colección del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti desde 2007
Donación y responsabilidad
El gesto de donar implicó una confianza en la institución pública creada en 2008 bajo la órbita de la Secretaría de Derechos Humanos. Preservar, investigar y exhibir estas obras era parte de una política estatal de Memoria, Verdad y Justicia. La colección no funcionaba como depósito, sino como archivo activo: cada montaje reescribía su sentido.
Tras el cierre
El cierre del centro el 2 de enero de 2025 dejó a la colección sin espacio de exhibición. Formalmente, las obras continúan bajo custodia estatal, pero no existe información pública detallada sobre su traslado o destino institucional. No están accesibles al público. Su condición es, hoy, latente. El riesgo no es solo físico: una colección concebida para activar memoria se encuentra suspendida, despojada del dispositivo que le daba vida. Sin circulación, la obra pierde su dimensión pública.
La Colección del Conti es un patrimonio artístico, pero también ético. Resguarda no solo imágenes, sino un acuerdo colectivo. Su futuro no es una cuestión administrativa, sino que es una pregunta sobre qué lugar ocupa, hoy, la memoria en la esfera pública argentina.