La coreografía del asombro: arte, experiencia y trabajo en el festival contemporáneo
Charlas y debates
En América Latina, el festival se ha convertido en una de las formas más visibles y más naturalizas de producción cultural contemporánea. No es solo un evento, ni un espacio de exhibición temporal: es un modelo de organización del trabajo artístico, una economía del encuentro y, sobre todo, una máquina de producción de deseo. Allí donde las instituciones culturales tradicionales se retraen o se vuelven inaccesibles, el festival aparece como solución flexible, atractiva, móvil. Peto también como síntoma.
En los últimos años, los festivales que articulan artes visuales, música, performance, diseño, gastronomía y tecnología se multiplican en ciudades latinoamericanas grandes y medianas. Su retórica es conocida: interdisciplinariedad, innovación, comunidad, experiencia. Sin embargo, lo que se presenta como apertura suele esconder una lógica precisa de la industria cultural contemporánea: producir intensidades breves, imágenes circulables y sujetos siempre disponibles.

El festival ya no es un acontecimiento excepcional. Es una infraestructura blanda que organiza calendarios, trayectorias profesionales y expectativas de visibilidad. Para artistas y trabajadores culturales, participar en un festival no garantiza honorarios dignos ni continuidad laboral, pero sí algo que hoy parece igual de valioso: presencia, circulación, pertenencia a una escena.
La experiencia como mercancía

En el centro del festival contemporáneo está la experiencia. Instalaciones inmersivas, performances participativas, conciertos que funcionan como escenografías, espacios diseñados para ser fotografiados. El espectador ya no asiste: activa, documenta, comparte. El festival se expande en redes sociales mucho más allá de su duración física.
Esta lógica transforma la obra en atmósfera y al artista en proveedor de experiencias. La pregunta ya no es qué se dice, sino qué se siente. Y, sobre todo, qué se puede mostrar. En este sentido, el festival dialoga más con la industria del turismo y del entretenimiento que con la tradición crítica del arte contemporáneo, incluso cuando adopta su lenguaje político o conceptual.
La paradoja es evidente: muchos festivales se presentan como espacios críticos, inclusivos o contra hegemónicos, pero funcionan bajo dinámicas de alta exigencia productiva, con presupuestos ajustados y una dependencia creciente de patrocinios privados, marcas y alianzas institucionales.
El festival es también un dispositivo de gestión del trabajo precario. Producciones intensivas, plazos cortos, honorarios simbólicos o inexistentes, pagos diferidos. A cambio: visibilidad, contactos, posibilidad de futuras invitaciones. El lenguaje del entusiasmo reemplaza al del contrato


Muchos festivales se inscriben en estrategias de posicionamiento urbano. Reactivan barrios, ocupan espacios públicos, prometen revitalización cultural. La ciudad se vuelve escenografía y el arte, un recurso de branding. No se trata solo de mostrar obras, sino de producir una imagen de ciudad creativa, atractiva para el turismo cultural y la inversión simbólica.
En América Latina, estas dinámicas adquieren una complejidad particular. La desigualdad social convive con la sofisticación estética. El festival puede generar encuentros reales, pero también acentuar contrastes: cuerpos invitados y cuerpos excluidos, zonas iluminadas y zonas invisibilizadas.

El auge del festival como formato dominante no es casual. Responde a un tiempo acelerado, fragmentario, orientado a la experiencia y a la circulación constante de imágenes. Pero también revela las limitaciones estructurales del ecosistema artístico: falta de políticas culturales sostenidas, fragilidad institucional, dependencia de fondos temporales.
Escribir sobre festivales hoy no implica celebrarlos ni rechazarlos, sino leerlos críticamente. Preguntarse qué tipo de cultura producen, qué formas de trabajo legitiman, qué deseos organizan. En América Latina, el festival es al mismo tiempo oportunidad y síntoma, espacio de encuentro y dispositivo de control blando.
Tal vez por eso resulta tan fascinante como problemático: porque condensa, en unos pocos días, las tensiones centrales del arte contemporáneo y de las industrias culturales del presente.
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