En los últimos años, el vocabulario de la descolonización se ha vuelto ubicuo. Resuena en comunicados de museos europeos, en convocatorias curatoriales y en paneles donde se discuten nuevas éticas institucionales. América Latina, mientras tanto, ocupa un lugar central en esta narrativa: se la convoca como origen, evidencia o laboratorio de procesos que el norte global busca adoptar con rapidez. Sin embargo, esa centralidad aparente es también un síntoma. La pregunta no es solo cómo se integra la región al discurso descolonial internacional, sino qué se pierde cuando la descolonización se vuelve una estética más dentro del menú museográfico.

Lo que preocupa no es la proliferación del término —que responde a urgencias históricas reales— sino el modo en que las instituciones lo metabolizan. Exhibiciones que prometen “decolonialidad” despliegan, a menudo, una lectura simplificada de contextos profundamente complejos. Se seleccionan artistas latinoamericanos para confirmar un relato ya preestablecido: aquel donde la diferencia cultural se presenta como un valor de mercado, fácilmente traducible y consumible. En lugar de interpelar estructuras, muchos espacios terminan celebrando una diversidad higienizada, apta para circular sin incomodar demasiado.
En este escenario, el riesgo es evidente: la descolonización corre el peligro de convertirse en un estilo curatorial, una suerte de tendencia global que se adopta con la misma velocidad con la que se descarta. Algo similar ocurrió con la categoría de “arte político” en los años noventa o con el furor por lo “latinoamericano” en las bienales del nuevo milenio. Lo urgente, entonces, es examinar cómo ciertos gestos críticos se transforman en formas vaciadas, listas para ser absorbidas por el propio sistema que deseaban cuestionar.
El problema de la traducción: cuando la complejidad se vuelve mercancía
La etiqueta “decolonial” funciona bien en catálogos y ferias porque ofrece una sensación de profundidad inmediata. Es un término que parece garantizar pensamiento crítico sin necesidad de explicitarlo. No obstante, su circulación global produce un efecto de homogeneización: prácticas radicalmente distintas —peruano-quechuas, afrocaribeñas, mapuches, amazónicas, caribeñas— quedan agrupadas bajo una noción única de resistencia. Esta simplificación, lejos de ampliar el campo, lo reduce.
La traducción, además, no es neutral. Lo que aparece en museos y ferias son versiones estilizadas de procesos que, en sus territorios de origen, responden a urgencias muy concretas: violencia estatal, extractivismo, desigualdad estructural, racismo cotidiano. En su viaje hacia el norte, esas prácticas suelen perder la fricción que les dio sentido. Se convierten en metáforas elegantes, listas para ocupar salas bien iluminadas.

Visibilidad no es reparación
Uno de los grandes malentendidos actuales es suponer que incluir más artistas latinoamericanos en exposiciones globales equivale a un gesto reparador. La visibilidad es importante, pero no modifica por sí sola las lógicas de legitimación que han regido el sistema del arte durante décadas. Sin transformación institucional —en presupuestos, adquisiciones, gobernanza, metodologías curatoriales— la inclusión corre el riesgo de ser solo un gesto cosmético.
Hay que decirlo con claridad: la representación sin redistribución es apenas un espejismo. Que un museo exhiba artistas indígenas no implica que modifique su estructura colonial de toma de decisiones. Que una bienal incorpore discursos afrodescendientes no significa que dialogue con las comunidades que los sostienen. La descolonización, si es algo, es un proceso de incomodidad sostenida, no una campaña de comunicación.

Hacia un sur que no se deje domesticar
Frente a este panorama, lo más estimulante proviene de prácticas que rehúyen la espectacularidad del discurso y trabajan desde lo cotidiano: artistas que colaboran con comunidades sin romantizarlas, que producen archivos situados, que investigan materialidades asociadas a economías de supervivencia, que entienden el territorio no como motivo estético sino como conflicto vivo.
Estas prácticas no buscan “representar la descolonización”, sino practicarla: desmontar jerarquías, cuestionar formatos, negociar con instituciones desde la fricción. Allí donde el norte global intenta absorber la descolonialidad como tendencia, muchos artistas latinoamericanos responden con estrategias evasivas, opacas o fragmentarias. Es un modo de resistir la domesticación discursiva.
Un cierre sin conclusión
Tal vez el aporte más relevante de América Latina en esta coyuntura no sea ofrecer una estética descolonial codificada, sino recordar que la descolonización no cabe en una sala ni en un texto curatorial. Es un proceso inacabado que exige tiempo, contradicción y estructuras nuevas.
Mientras tanto, la región sigue produciendo prácticas que incomodan porque no se ajustan al molde global. Ese es, quizás, el verdadero gesto descolonial: no permitir que la urgencia histórica se convierta en una tendencia más.
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