Materialidades que insisten: ecologías precarias y nuevas poéticas en el arte latinoamericano
Charlas y debates
En buena parte del arte latinoamericano reciente emerge una atención renovada hacia materialidades frágiles, orgánicas o recuperadas. No se trata de un retorno a lo artesanal como gesto nostálgico, sino de un reposicionamiento del territorio —y de sus heridas— como superficie crítica. En un contexto global saturado de futurismos tecnológicos, muchas prácticas de la región responden con un vocabulario mínimo, hecho de barro, fibras, restos industriales, agua, pigmentos naturales o fragmentos de paisajes en disputa. Materiales que no pretenden durar para siempre, pero que hacen visible un tiempo que rara vez entra al museo: el de la crisis ecológica, la extracción y las economías invisibles del cuidado.
Este desplazamiento no es aislado. Dice algo sobre cómo se producen y se sostienen hoy las imágenes en América Latina: ya no desde la espectacularidad, sino desde la precariedad asumida como condición material y política.
El territorio como archivo vivo
En países atravesados por procesos extractivistas —minería, agronegocio, deforestación— el uso de materiales provenientes del entorno opera como comentario y alerta. No es solo una cuestión formal; es una forma de inscribir en el espacio expositivo aquello que suele quedar fuera de él: capas geológicas, residuos, sedimentos de violencia ambiental.
La tierra, por ejemplo, aparece en instalaciones que funcionan como mapas alterados: superficies erosionadas, grietas, montículos que reproducen cortes geográficos reales. Estos trabajos no buscan ilustrar el territorio, sino activar en el espectador una cierta incomodidad: la conciencia de que la materia exhibida proviene de un ecosistema en tensión.
En otras propuestas, el territorio se vuelve sonido, humedad, olor. Lo orgánico se convierte en un dispositivo que obliga a reconocer que el paisaje no es un fondo neutro, sino un cuerpo político.


Economías de la fragilidad
La precariedad material, lejos de romantizarse, aparece como gramática de resistencia. En muchas regiones latinoamericanas, los talleres no operan como laboratorios higiénicos, sino como espacios improvisados donde la escasez obliga a reconfigurar los lenguajes. Esta economía del hacer genera estéticas profundamente situadas: trenzados comunitarios, objetos reparados una y otra vez, reciclajes que funcionan tanto como gesto ecológico como comentario social.
Más que producir objetos duraderos, estas prácticas construyen procesos: obras que mutan, se descomponen o requieren de la participación de quienes las activan. Su dimensión temporal —su inestabilidad— es parte de su fuerza política. Frente a un mercado que valora lo fijo, lo coleccionable, estos trabajos se afirman en lo contrario: lo que se transforma, lo que insiste pero no se inmoviliza.
Este interés por la fragilidad también tensiona la noción de archivo. Si los archivos tradicionales conservan documentos para garantizar su permanencia, estos archivos materiales proponen otra lógica: la memoria entendida como algo poroso, permeable, sujeto a erosión. Una memoria que no pretende eternidad, sino continuidad afectiva.
Tecnologías menores, conocimientos mayores
En un momento en que el discurso internacional del arte tiende a asociar la innovación con herramientas de alto costo —inteligencia artificial, biotecnología, instalaciones inmersivas—, muchas prácticas latinoamericanas se alinean con lo que podrían llamarse tecnologías menores: saberes ancestrales, técnicas comunitarias, modos de producción que no requieren máquinas sofisticadas para activar una lectura crítica.
No se trata de oponer tradición y contemporaneidad, sino de desarmar esa dicotomía. En varias obras, los tejidos indígenas dialogan con sensores simples; los pigmentos naturales conviven con sistemas de registro digital; los rituales de recolección se integran a narrativas sobre la propiedad de la tierra o la circulación de recursos.
La sofisticación no está en el brillo tecnológico, sino en la capacidad de articular conocimientos que el canon occidental relegó durante siglos.



Un futuro hecho de restos
Estas estéticas materiales no proponen soluciones, ni prometen utopías ecológicas. Hacen algo más sobrio y quizás más urgente: muestran que el futuro ya no puede pensarse sin los restos del presente. Es en esos residuos, en las fibras quemadas, en los pigmentos que se desvanecen, donde se articula una sensibilidad que comprende que la crisis ambiental no es un tema, sino un paisaje estructural.
En un mundo que insiste en imaginar el porvenir como progreso tecnológico, el arte latinoamericano responde desde otro lugar: un futuro hecho con lo que queda, con lo que se recupera, con lo que todavía resiste. Materialidades que no buscan eternidad, sino continuidad. Obras que, al desbordar lo visual, nos recuerdan que el territorio —como el arte— sigue siendo una pregunta abierta.
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