Detail, Leon Ferrari artwork
En el arte contemporáneo latinoamericano, el humor rara vez funciona como evasión. Más bien opera como una estrategia de desplazamiento: un modo de decir sin solemnidad lo que, formulado de otro modo, resultaría insoportable o directamente inaudible. Frente a historias marcadas por la violencia política, la desigualdad estructural y la persistencia colonial, el humor aparece como una herramienta crítica de bajo perfil pero alta eficacia. No tranquiliza: incomoda, expone, desarma.
Lejos de la caricatura o del chiste fácil, muchas prácticas artísticas de la región trabajan con un humor seco, irónico, a veces absurdo, que se filtra en los materiales, en los dispositivos narrativos o en la relación con el espectador. Un humor que no promete risa, sino lucidez.
En la obra de León Ferrari, el humor es inseparable de la blasfemia y de la crítica política. Piezas como La civilización occidental y cristiana (1965) condensan una ironía feroz: un Cristo crucificado sobre un avión militar estadounidense. La imagen, tan directa como brutal, utiliza el sarcasmo visual para desnudar la complicidad entre religión, violencia y poder imperial. El humor aquí no suaviza el mensaje; lo vuelve inolvidable. Ferrari entendía la risa —incómoda, amarga— como un modo de resistencia simbólica frente a los discursos sagrados.
Aunque su obra se asocia con la violencia explícita del cuerpo y la memoria histórica, en Regina José Galindo aparece un humor mínimo, casi imperceptible, que funciona por contraste. En ciertas acciones, la literalidad extrema de la puesta en escena roza lo absurdo, generando una tensión que descoloca al espectador. No se trata de provocar risa, sino de evidenciar lo grotesco de la realidad política. El humor, en este caso, es una grieta: una forma de mostrar que lo real ya es, en sí mismo, insoportablemente ridículo.
El trabajo de Cildo Meireles incorpora un humor conceptual basado en el desvío y el sabotaje. En Inserções em circuitos ideológicos, la circulación de botellas de Coca-Cola con mensajes políticos impresos introduce una fisura casi lúdica en el sistema del consumo masivo. El gesto es simple, incluso elegante, pero su efecto es profundamente subversivo. El humor surge de la inteligencia del desplazamiento: no confrontar directamente al poder, sino infiltrarse en sus circuitos con una sonrisa apenas perceptible.
Las esculturas de Nadín Ospina, que combinan formas del arte precolombino con personajes de la cultura pop global, operan desde un humor claro y accesible. Mickey Mouse o Bart Simpson adoptan la solemnidad de una figura arqueológica. La risa inicial abre paso a una crítica más compleja sobre colonialismo cultural, autenticidad y mercado.
En el contexto latinoamericano, el humor en el arte no suele ser un fin en sí mismo. Es una herramienta de uso: una estrategia para erosionar discursos hegemónicos, para sobrevivir simbólicamente a contextos adversos, para producir pensamiento sin recurrir a la grandilocuencia. Su potencia reside precisamente en su ambigüedad. Nos hace reír —a veces—, pero sobre todo nos obliga a mirar de nuevo. Y en ese segundo vistazo, algo ya se ha desplazado.
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