Viñetas en expansión: cómic latinoamericano, artes gráficas y su retorno a la pantalla
Charlas y debates
Durante décadas, el cómic latinoamericano ocupó un lugar incómodo dentro del campo cultural: demasiado popular para el canon artístico, demasiado crítico o local para el mercado global. Sin embargo, en los últimos años, ese estatuto marginal ha comenzado a desplazarse. Las plataformas de streaming —con Netflix a la cabeza— han reactivado el interés por narrativas gráficas de la región, impulsando adaptaciones cinematográficas y seriales que no solo revisitan archivos fundamentales, sino que también abren el campo a nuevos públicos y modos de circulación.
Este retorno del cómic latinoamericano a la pantalla no puede leerse únicamente como un fenómeno industrial. Supone, más bien, una reconfiguración del lugar de las artes gráficas dentro del ecosistema visual contemporáneo. La historieta, con su economía narrativa, su potencia alegórica y su relación histórica con la crítica social, aparece hoy como un reservorio de formas y relatos capaces de dialogar con la cultura audiovisual global sin perder densidad política ni anclaje local.
El caso más paradigmático es El Eternauta, la historieta escrita por Héctor Germán Oesterheld y dibujada por Francisco Solano López a finales de los años cincuenta. Su anunciada adaptación en formato de serie ha reactivado una lectura contemporánea de una obra que ya era central en la historia cultural argentina. Más allá de la expectativa mediática, lo significativo es el modo en que una narración gráfica profundamente situada —marcada por la experiencia de la violencia política, la organización colectiva y la ciencia ficción como metáfora— se proyecta hoy hacia audiencias globales. La plataforma no neutraliza el contenido: lo traduce, lo reencuadra y, en ese proceso, vuelve visible la vigencia de una imaginación crítica latinoamericana.

En Brasil, la expansión audiovisual de Turma da Mônica (Mónica y su pandilla), creada por Mauricio de Sousa, ofrece otro modelo de circulación. Aquí no se trata de un cómic de culto político, sino de un universo gráfico masivo, profundamente arraigado en la cultura popular. Sus adaptaciones cinematográficas y seriales han logrado conectar generaciones, actualizando códigos visuales sin perder el trazo reconocible que lo define. El pasaje a la pantalla funciona como una extensión natural de una práctica gráfica que siempre pensó en términos de secuencia, ritmo y montaje.
Más allá de estos grandes nombres, el interés de las plataformas por narrativas gráficas latinoamericanas ha generado un efecto indirecto pero relevante: la revalorización del cómic como campo de experimentación estética. Historietas y novelas gráficas provenientes de México, Chile o Colombia —muchas de ellas atravesadas por el terror, la crónica urbana o la relectura del mito— encuentran hoy una visibilidad renovada, incluso cuando no son adaptadas de manera directa. El lenguaje del cómic se filtra en la puesta en escena, en la composición del plano, en el uso del color y en la construcción de personajes.
Este fenómeno tiene implicaciones claras en la formación de nuevos públicos. Para generaciones habituadas al consumo audiovisual, el acceso a estas historias suele producirse primero a través de la pantalla y, solo luego, mediante el retorno al soporte impreso. La lógica se invierte: la adaptación no clausura la obra original, sino que la reactiva como archivo. Librerías especializadas, ferias de publicaciones independientes y festivales de artes gráficas se benefician de este desplazamiento, incorporando lectores que no necesariamente se identificaban previamente con el cómic.
Desde una perspectiva crítica, resulta clave observar cómo estas adaptaciones negocian la tensión entre estandarización global y especificidad local. El riesgo de una estetización superficial —donde la historieta se reduce a un banco de “historias exportables”— convive con la posibilidad de una traducción cuidadosa, capaz de preservar ambigüedades, silencios y capas de lectura. En ese sentido, el cómic latinoamericano ofrece una ventaja: su tradición de trabajar con la alegoría, la fragmentación y la economía de medios lo vuelve particularmente resistente a la literalidad.

La actual visibilidad de las artes gráficas latinoamericanas en el cine y las series no responde, entonces, a una moda pasajera. Se inscribe en un movimiento más amplio de reconocimiento de lenguajes visuales históricamente subestimados. En un contexto saturado de imágenes, la viñeta —con su tiempo propio, su relación entre texto e imagen, su capacidad de condensación— reaparece como una herramienta crítica de primer orden.
Más que una simple cantera de contenidos, el cómic latinoamericano se afirma hoy como un espacio de pensamiento visual. Su paso por las plataformas no lo agota: lo expone, lo tensa y, en el mejor de los casos, lo devuelve al centro de una conversación cultural que vuelve a preguntarse por la política de las imágenes, la memoria y las formas de narrar desde el sur.
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