Entrevista a Dana Ferrari: su instalación ‘Las formas que repito en mi corazón’ en el Palacio Libertad (ex CCK) de Buenos Aires
Entrevistas
Dana Ferrari ha construido, a lo largo de los últimos años, una práctica donde la pintura deja de ser únicamente superficie para convertirse en experiencia espacial. Formada en escenografía y con un recorrido que combina artes visuales, performance y diseño escénico, su obra transita entre la abstracción, la repetición meditativa y la expansión ambiental.

En el Palacio Libertad, presenta una instalación lumínica que ocupa el espacio aéreo bajo la Ballena, ampliando a escala monumental una serie de acuarelas iniciadas en 2020. En esta entrevista, la artista profundiza en el origen del proyecto, los desafíos técnicos y simbólicos de intervenir un edificio histórico, el diálogo entre arquitectura y levedad, y el desplazamiento de su investigación hacia una dimensión cada vez más performática y relacional.
La redacción de exibart latam, tuvo oportunidad de conversar con ella y conocer más de su nueva exposición en Buenos Aires.

¿Cómo surge el trabajo que vas a presentar en el Palacio Libertad (ex CCK) y en qué momento de tu recorrido aparece esta obra?
La instalación lumínica que presento en el edificio del antiguo Correo Central surge a partir de la invitación de Natalia Uccello y el equipo de Artes Visuales, con el objetivo de intervenir los espacios públicos del edificio. Fui convocada para ocupar, por primera vez, el espacio aéreo que conecta el primer piso con el primer subsuelo, debajo de la “Ballena”.
Esta obra forma parte de una serie de acuarelas que comenzó en el 2020, a la orilla de un río, el fluir del agua dio origen a una práctica meditativa que devino en cotidiana. Con recursos mínimos —líneas y círculos— y mediante la repetición del gesto, las imágenes aparecían sin una composición previa. Es un trabajo que pone en juego el ritmo, el tiempo, el color y la luz.
Cuando presenté por primera vez esta serie en un espacio expositivo —La mano que baila el pulso del corazón, en Galería Grasa, en noviembre de 2023— surgió el desafío de exhibir obras de pequeño formato conservando la experiencia íntima que había tenido al realizarlas: observar cómo se secaba cada gota de agua y cómo el pigmento se desplazaba hacia los bordes dejando su huella en el papel.
Con esa intención, decidí expandir las pinturas a la escala de la sala, ampliándolas para que esos detalles se volvieran visibles y el espectador pudiera, de algún modo, “entrar en la pintura”.

¿Cuáles fueron los principales desafíos de adaptarlo a un espacio con tanta connotación histórica, simbólica y arquitectónica como el Palacio Libertad( ex CCK) ?
Los desafíos fueron muchos. Aunque desde el comienzo podía imaginar la instalación, el proceso hasta concretarla fue largo. El edificio es monumental y el espacio asignado, sumamente abierto. Predominan el cemento y el vidrio, los pisos negros y una luz natural escasa; el gris y la iluminación tenue definen la atmósfera. Frente a esas características, sentí la necesidad de aportar calidez y liviandad.
El desafío principal fue la escala. Trabajar en el espacio aéreo y en altura implicaba proyectar volúmenes extremadamente livianos: los soportes debían ser viables y resistir la palanca generada a casi tres metros del punto de anclaje en las columnas. Resolver esa tensión entre tamaño y peso fue clave en el desarrollo de la obra.
En contraposición a la materialidad del edificio, decidí trabajar con textiles, luz y color para dar vida y movimiento al entorno. También las formas dialogan por contraste: volúmenes cilíndricos que irrumpen entre la predominancia de líneas rectas y estructuras rígidas.
Otra característica importante es que la obra nunca puede verse en su totalidad. Al atravesar distintos niveles, siempre hay una parte que se pierde; la percepción es fragmentada y cambiante según el punto de vista.
Desde su apertura en 2010, el entonces CCK tuvo un rol importante en la escena cultural de la ciudad por su carácter transdisciplinario y por la posibilidad de producir y financiar proyectos de artistas argentinos que, por su escala o presupuesto, difícilmente podrían realizarse en otros ámbitos. A lo largo de estos años ha consolidado una trayectoria sostenida de apoyo a proyectos independientes, generando un intercambio fluido entre artistas y público —que además accede gratuitamente a las actividades— y enriqueciendo el vínculo entre obra y comunidad.
Para mí, formar parte de ese marco es una oportunidad hermosa y, al mismo tiempo, una gran responsabilidad. Trabajar con fondos públicos para desarrollar una obra propia implica un compromiso profundo, que asumo con plena conciencia.
¿En relación con la presentación que hiciste en Suiza, ¿qué diferencias encontrás en esta versión, tanto a nivel espacial como conceptual?
La presentación en Suiza fue una colaboración con Tobibi Bienz, también titulada Las formas que repito en mi corazón. En esa ocasión combinamos nuestras prácticas meditativas en una misma instalación performática, creando un espacio donde la obra se desplegaba como paisaje visual y sonoro.
Durante cada jornada de exhibición abríamos el espacio por tres horas. Mientras yo pintaba sobre grandes extensiones de papel, Tobibi Bienz construía en vivo una trama musical de melodías que se repetían con sutiles variaciones. La propuesta invitaba a permanecer, sumergirse y dejarse llevar por la repetición, tanto en el sonido como en la acuarela. A lo largo de las sesiones, el espacio se transformaba gradual y progresivamente: de un estado inicial casi vacío pasaba a cargarse de capas de pintura y densidad sonora. Esa transformación era parte constitutiva de la obra y del proceso compartido.
Si bien realizaremos nuevamente una performance en colaboración el 2 de abril en la Plaza Seca del Palacio Libertad, la principal diferencia respecto de la instalación lumínica radica en su concepción espacial y conceptual. En Suiza, todo el espacio estaba pensado como un ámbito performativo cuya mutación en el tiempo era intrínseca a la obra colaborativa.
En cambio, la instalación lumínica es una pieza autónoma y de mi autoría. Fue creada específicamente para el edificio histórico del antiguo Correo Central, en diálogo directo con su arquitectura, y permanecerá exhibida durante todo el ciclo 2026.

¿Cómo llegaste a la dimensión ambiental e inmersiva de tus últimos trabajos y qué lugar ocupan en esta obra la performatividad, la música y la ritualidad?
Como artista trabajo de maneras diversas, y mi formación en escenografía fue siempre una herramienta fundamental en ese recorrido. Pero el trabajo dentro del taller y la experiencia de la obra en el espacio público son universos muy distintos para mí.
Cuando decido abrir el trabajo al público —y especialmente al intervenir espacios específicos— me interesa pensar cómo alguien lo recibe por primera vez. Me detengo en la presentación: la textura, el color, la distancia, la luz, la gravedad, el peso, los materiales y todas las variaciones que estos elementos generan en la percepción. Me importa qué sucede en el cuerpo al entrar en un espacio.
Haber estudiado escenografía, y haber crecido en una familia con arquitectos, hizo que desde muy chica preste mucha atención a los espacios en general. Es evidente cuando uno entra en un lugar y se siente recibido —o no—. Los espacios se habitan de maneras distintas: pueden ser acogedores, permeables, misteriosos o incómodos. Esa dimensión sensorial y corporal es central en mis últimos trabajos.
En esta instalación lumínica, la dimensión ambiental e inmersiva aparece justamente en ese diálogo con el entorno. Es una pieza colgante que se mueve con el viento que circula entre los pasillos y cuando se abren las puertas de acceso. Tiene su propia danza sutil: se mece, respira, oscila de un lado a otro. Esa movilidad introduce una dimensión performativa que no depende de una acción explícita, sino de la relación viva entre obra, arquitectura y público.
¿Podés adelantarnos algo sobre tus próximos proyectos y hacia dónde sentís que se está moviendo tu investigación artística?
Estoy muy entusiasmada con la pronta inauguración de mi muestra en Galería Grasa, el 20 de marzo, donde presentaré los trabajos más recientes que marcan el inicio de un nuevo ciclo en mi investigación. Continúo inscripta en la abstracción, pero desde un lugar muy distinto, explorando otras materialidades y desplazando ciertos procedimientos que venía desarrollando hasta ahora.
Más adelante, participaré durante unos meses de una residencia artística llamada Dogo en un bosque en Suiza, organizada y dirigida por artistas. El eje de esta temporada es el humor, y mi proyecto propone recolectar elementos del entorno natural para crear una serie de vestuarios-camuflaje.
Una vez realizados, utilizaré estos vestuarios para “desaparecer” en el bosque o irrumpir inesperadamente en la pequeña ciudad cercana, generando situaciones de sorpresa —e incluso un leve desconcierto— en quienes se crucen con esas apariciones. Las acciones serán registradas en colaboración con distintos artistas y cineastas, con el objetivo de construir un archivo diverso de estas intervenciones. Ese material formará parte de la exhibición final en el museo local.
Siento que mi investigación se está desplazando hacia una dimensión más performática y relacional, donde el cuerpo, el entorno y el vínculo con otros se vuelven cada vez más centrales, sin abandonar la abstracción como lenguaje, sino expandiéndose hacia nuevas experiencias.
En “Las formas que repito en mi corazón”, Dana Ferrari ha logrado convertir el espacio en un cuerpo suspendido que respira y dialoga con la arquitectura. La obra se percibe en ocasiones fragmentada, se desplaza y cambia según el punto de vista. Entre luz, textil y movimiento, su instalación reafirma una búsqueda constante: transformar el gesto íntimo en experiencia compartida, y hacer que la abstracción dialogue, de manera sensible y concreta, con quienes la atraviesan.

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