Vista de sala "El metal que sueña", Carla Grunauer en la Galería Gilda Lavia en Roma, 2026, ph Giorgio Benni
Paseando por el barrio de San Lorenzo en Roma durante el evento de RomaDiffusa, el 22 de marzo pasado, nuestra atención se centró en dos exposiciones que, aunque distaban apenas unos cientos de metros, se veían unidas por un hilo rojo. Por un lado, Disforia Mutante, curada por Oro Project, proyecto independiente dedicado a arte latinoamericano con sede en Roma; por otro, la exposición personal de Cala Grunauer, El Metal que Sueña, en la galería de Gilda Lavia. En Oro Project, las video-instalaciones de Seba Calfuqueo, Florencia Rodríguez Giles y Monica Heller; en la galería de Gilda Lavia, los trabajos pictóricos y escultóricos de Grunauer. Como profanos, no sabíamos mucho sobre la historia y el trabajo de las artistas, todas argentinas con excepción de Seba Calfuqueo, chilena; como psicoterapeutas psicoanalíticos, nos resultó inmediata la capacidad de estas obras de estimular un pensamiento reflexivo y de impactar profundamente en el inconsciente. Como todas las obras, estas también han sedimentado huellas en varios niveles, que nuestras breves reflexiones solo pueden rozar.
Con los cubres-zapatos puestos, accedemos, cuales agentes de la policía científica, en el pequeño espacio de Oro Project, alfombrado con una moqueta fucsia que nos transporta a una dimensión uterina y contenedora. No accedemos a un espacio para observar, sino a uno en el que sentir, tanto con el pensamiento como con los cuerpos: no solo los cuerpos representados en los videos, sino también aquellos de los visitantes que entran, permanecen y habitan juntos la sala. Desde el principio, nos atrapa la presencia de un gran ojo parpadeante proyectado en la esquina superior: una advertencia, una invitación a mirar tanto lo que nos es familiar, como lo que nos inquieta, desconcierta e interroga. Moverse dentro de este espacio introduce una dimensión más íntima y primaria del cuerpo: un cuerpo que se repliega sobre sí mismo, que encuentra en sí mismo una forma de respuesta, abriendo una reflexión sobre el mandato contemporáneo de la auto-satisfacción, la auto-construcción, la auto-nutrición que protege del encuentro con el otro. Frente a esto se oponen, con fuerza, las formas del encuentro. El video de Florencia Rodríguez Giles nos atrapa: cuerpos musculosos femeninos se enfrentan en una lucha de brazos exacerbada. Figuras imponentes, enmascaradas, cuyos rostros, ocultos a la vista, remiten a una dimensión enigmática y perturbadora, se encuentran y se enfrentan en un gesto que se vuelve destructivo y generativo a la vez: del conflicto nace un líquido denso y descendente, resultado de la disolución del encuentro. Sonidos chirriantes, como de una centrifugadora, acompañan este proceso. Alrededor de la lucha de brazos, cuerpos que se acarician, se consuelan, se lamen, componiendo un mosaico que nos deja casi incrédulos ante la tensión entre lo perturbante y lo tierno, entre la alteridad y la familiaridad.
También nos obligan a sentir una zorra y una comadreja, que animan un encuentro con sabor violento y narcisista: en el video de Seba Calfuqueo la experiencia corporal y sexual no se transforma ni se interioriza, sino que se incorpora de forma ávida y vengativa por el ano. En filigrana parece asomarse la metáfora de la zorra y la uva: algo del encuentro queda inmaduro, amargo: tal vez lo que nos decepciona y traumatiza no puede ser tolerado, por lo que debe ser retenido, incorporado, reabsorbido dentro del “agujero”, anulado.
Los movimientos descritos anteriormente encuentran resonancia en los trabajos de Carla Grunauer exhibidos en la galería de Gilda Lavia. Por un lado, en las pinturas, la máscara reaparece como una forma capaz de reunir tradición y contemporaneidad, lo conocido y lo desconocido; los rostros se convierten en superficie de paso entre diferentes dimensiones del ser: el instinto animal y la razón humana. Los trazos fluidos de las pinceladas generan formas cóncavas, aperturas, cavidades que pueden ser a la vez agujero, objeto o superficie, señalando la necesidad de mirar las cosas desde otro punto de vista: el agujero no es vacío, sino momento de tránsito. En las esculturas, la dureza de la estructura esquelética expuesta convive con la fluidez de la resina que la recubre y la contiene. Así, una vez más, vuelve la tensión entre rigidez y fluidez, entre soporte y metamorfosis: sueños sostenidos por esqueletos desmontables, mostrados a la vista, cuyas formas nunca coinciden del todo con las de los huesos humanos “reales”, pero que insisten obstinadamente en remitir a ellos. También aquí se impone una asociación: pinturas rupestres y anatomía moderna se entrelazan en esculturas y pinturas humano-animalescas cuyo significado, como en un test de Rorschach, queda en manos de la mirada del observador.
En ambas exposiciones, el cuerpo nunca aparece como un dato estable o una superficie cerrada, sino como lugar de paso, de transformación y de relación. Ya sea como cuerpo que encuentra, que incorpora, que se autoalimenta o que se hace máscara, siempre permanece algo que excede su propia forma y obliga también al espectador a tomar partido. Tal vez aquí radique el punto de contacto entre los dos espacios: en devolver a la experiencia artística una dimensión viva, encarnada e inquietante, en la que lo que se ve nunca se deja atrapar por completo, pero sigue trabajando en el interior, como una huellaque sigue asomándose en el pensamiento.
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