Es la primera retrospectiva suiza de la artista japonesa que hizo de la repetición un acto profundamente terapéutico.
Yayoi Kusama nació en 1929 en Matsumoto, en el corazón de Japón, dentro de una familia de comerciantes de semillas y plantas. Su infancia transcurrió entre la geometría de los cultivos y la rigidez familiar; mientras el país se hundía en la guerra, la nena empezó a ver cosas que otros no veían: puntos que se multiplicaban sobre los objetos, voces que salían de las plantas, paredes que se expandían hasta tragarse el espacio. Dibujar se volvió su forma de seguir viva, de darle forma a una realidad difícil. Ya en sus primeras obras, de los años cuarenta, se perciben los signos de un lenguaje destinado a crecer a través de la acumulación y la repetición: una especie de código visual nacido del miedo y la disciplina.

En los años cincuenta estudió nihonga, la pintura tradicional japonesa que se enseñaba en Kioto con reglas estrictas y técnicas antiguas. Usaba pigmentos minerales, tintas y pan de oro sobre papel o seda, privilegiando la superficie plana, la línea y los temas naturales. Pero pronto abandonó esos métodos para seguir un impulso más visceral. Una carta a Georgia O’Keeffe (1887–1986) le abrió la puerta hacia Estados Unidos. Poco después llegó a Nueva York con unas pocas telas y una determinación total: pintar como forma de resistencia.
Frecuentó a Donald Judd (1928–1994), Andy Warhol (1928–1987) y Eva Hesse (1936–1970), pero siempre se mantuvo independiente. Trabajaba sola, de manera obsesiva, hasta el agotamiento. De esa intensidad surgieron las primeras Infinity Nets, telas donde la figura se disuelve en la trama del gesto, seguidas por las Accumulations, objetos cosidos a mano que transformaban lo doméstico en una visión ambigua e hipnótica. Luego llevó el arte al espacio público con performances y happenings en los parques de Manhattan, cubriendo cuerpos y superficies con lunares, como si la repetición pudiera curar el mundo.
A partir de los setenta, agotada por la escena neoyorquina y por los trastornos psicológicos que iban en aumento, Kusama volvió a Japón y decidió internarse voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio, donde todavía vive. Fue una elección propia, nunca impuesta. En su habitación —a pocos metros de su estudio— encontró un equilibrio entre el aislamiento y la creación. Todos los días cruza la calle para ir a pintar. La clínica es su casa silenciosa, un refugio. En esa convivencia con la enfermedad se juega la parte más íntima de su arte: transformar el malestar en método.

A lo largo de su vida, su obra abarcó pintura, escultura, instalación, literatura y moda. Para Kusama, el infinito no es una idea, sino una experiencia vivida. Los puntos se comportan como células que respiran al unísono; la repetición es rito y consuelo. Las Infinity Mirror Rooms son espacios donde el cuerpo pierde sus límites y se funde con la materia luminosa que lo rodea.
En la Fundación Beyeler, la muestra “Yayoi Kusama”, abierta hasta el 25 de enero de 2026, es una gran retrospectiva —la primera en Suiza— que reconstruye la trayectoria de toda una vida. Curada por Mouna Mekouar, Leontine Coelewij y Stephan Diederich, reúne más de trescientas obras de colecciones internacionales. Desde las gouaches juveniles de Matsumoto, todavía ligadas al ritmo vegetal, hasta las Infinity Nets de los años sesenta, y el monumental ciclo pictórico My Eternal Soul (2009–2021), el recorrido se despliega como un único y gran impulso vital.

El corazón de la muestra es el entorno inmersivo Infinity Mirrored Room – Illusion Inside the Heart (2025), creado especialmente para la Beyeler: un espacio de espejos donde las luces se mueven lentas como constelaciones. En el parque exterior, el Narcissus Garden (1966/2025) transforma el césped en un paisaje de reflejos en movimiento, eco del proyecto presentado en Arlés el verano pasado. Las esferas de acero, movidas por el viento, expanden la obra más allá del museo, generando un diálogo continuo entre el espacio natural y la percepción.


En las salas interiores, diseñadas por Renzo Piano, cada sección acompaña al visitante por dentro de la evolución de una mente que hizo de la fragilidad una fuente de fuerza. Kusama no aparece acá como un ícono pop, sino como una artista que sigue interrogando la relación entre el yo y el universo.
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