Exposiciones

Óscar Santillán: ¿Qué se siente ser tierra?, Centro de Arte Contemporáneo de Quito.

Curaduría: Sara Garzón y Aaron Cezar
30 de octubre de 2025 – 26 de abril de 2026

En el antiguo edificio hospitalario que hoy ocupa el Centro de Arte Contemporáneo de Quito, la pregunta que da título a la exposición de Óscar Santillán no funciona como metáfora ni como licencia poética. “¿Qué se siente ser tierra?” es una hipótesis imposible. Una especulación radical que desplaza el eje de la experiencia desde lo humano hacia lo planetario.

Curada por Sara Garzón y Aaron Cezar, la muestra marca la primera exposición institucional de Santillán en Ecuador tras casi dos décadas de trayectoria internacional. Más que una retrospectiva, propone una cartografía de pensamiento: un recorrido donde ciencia, ficción, cosmologías andinas y tecnología experimental se entrelazan como sistemas de conocimiento en fricción.

Al cruzar el umbral, la sala se tiñe de una luz ámbar que altera la percepción habitual del espacio. Cables suspendidos, tumores de árboles ahuecados y estructuras sonoras configuran una atmósfera que oscila entre laboratorio y organismo vivo. No hay un punto de vista estable. El visitante entra en una interfaz.

Solaris y La Noche: materializar lo imposible

Solaris (2018) de Óscar Santillán como parte de la exposición Qué significa ser tierra en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC), Quito, Ecuador, 2025. Imagen cortesía del artista y Studio Antimundo
Óscar Santillán. Display of the photographic lens made from desert sand.
Óscar Santillán
Una de las piezas clave es Solaris (2017), cuyo título remite a la novela homónima de Stanisław Lem. Si en el libro el verdadero protagonista es un océano pensante, en la obra de Santillán la pregunta es otra: ¿puede un desierto verse a sí mismo?

Tras viajar al desierto de Atacama, el artista fundió arena sin purificar para fabricar lentes fotográficos y regresó al mismo territorio para fotografiarlo con ese dispositivo. El gesto es simple y conceptualmente vertiginoso: el desierto se convierte en medio óptico para observarse. La operación no busca validar una verdad científica sino ensayar una inversión epistemológica. La mirada deja de ser exclusivamente humana.

Algo similar ocurre en La Noche (2018). A partir de cálculos derivados de la relatividad especial de Albert Einstein, Santillán colaboró con científicos para estimar el peso que ejerce la luz de la luna sobre la Tierra. Ese peso fue esculpido en una piedra de origen lunar. Lo intangible adquiere masa. La poesía se resuelve como experimento.

En ambos casos, la metodología científica no opera como legitimación, sino como herramienta para formular preguntas que la ciencia rara vez se permite. Santillán desplaza la investigación hacia zonas especulativas donde cálculo y fabulación se contaminan mutuamente.

Paradoxa y Oráculo: contra la taxonomía

La serie Paradoxa retoma una grieta histórica en el sistema clasificatorio de Carl Linnaeus. En su Systema Naturae, Linneo incluyó una categoría destinada a aquello que no lograba clasificar. Santillán convierte esa anomalía en método.

Paradoxa de Óscar Santillán como parte de la exposición Qué significa ser tierra en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC), Quito, Ecuador, 2025. Imagen cortesía del artista y Studio Antimundo
Detalle de Paradoxa. Imagen cortesía del artista y Studio Antimundo

Paneles de acero inoxidable sobresalen del muro mostrando fragmentos de circunferencias, huellas ambiguas, formas que parecen a la vez orgánicas y mecánicas. La grilla no ordena: sostiene una tensión irresuelta. La abstracción no aparece como conquista moderna sino como dimensión cognitiva compartida, en diálogo con estudios realizados junto a comunidades amazónicas.

La antitaxonomía aquí no es mero gesto formal. Es una crítica a la lógica que separa para dominar. Frente a la clasificación moderna, animal, vegetal, mineral, Santillán propone un campo relacional donde las categorías se desdibujan.

Óscar Santillán
Óscar Santillán

En Oráculo (2025), esa interdependencia se vuelve literal. La obra parte de un grano de polvo del Sahara hallado en la Amazonía y conservado en una cámara al vacío. Mediante realidad aumentada, la partícula invisible se proyecta a escala monumental. Tres parlantes narran historias que vinculan desierto y selva, atmósfera y suelo.

La pieza evidencia una verdad ecológica: la fertilidad amazónica depende, en parte, de sedimentos africanos transportados por el viento. Lo que parece distante está íntimamente conectado. La escala microscópica se vuelve cósmica.

Himno: la tecnología como tumor

Vista de la instalación Himno en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC), Quito, Ecuador, 2025. Imagen cortesía del artista y Studio Antimundo
Vista de la instalación Himno en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC), Quito, Ecuador, 2025. Imagen cortesía del artista y Studio Antimundo
La instalación más reciente, Himno (2025), concentra muchas de las tensiones de la muestra. Santillán recolecta tumores de árboles, estructuras de defensa vegetal, los vacía y los ensambla como cuerpos híbridos. En su interior instala micrófonos, parlantes y sistemas de machine learning.

Las esculturas reaccionan a la voz humana con sonidos extraños, casi de especies inventadas. No se trata de una interfaz amigable. La comunicación es opaca, incluso incómoda.

La obra encarna lo que el artista ha llamado una “crisis de relación”. Nuestros dispositivos tecnológicos son cada vez más sofisticados, pero su vínculo con la vida es frágil, extractivo. El tumor funciona aquí como metáfora ambivalente: mecanismo de defensa y crecimiento descontrolado. ¿Podría la tecnología ser una extensión orgánica de nuestro cuerpo? ¿O es ya una protuberancia que no sabemos habitar?

La atmósfera ámbar del pabellón, atravesada por estructuras lumínicas en X, intensifica la sensación de atardecer artificial. El espacio no ilustra un discurso ecológico; lo encarna como experiencia sensorial.

Reconfigurar lo universal

En paralelo a estas piezas, resuena la investigación que Santillán desarrolla en The Andean Information Age, donde propone un continuo entre tecnologías ancestrales como los quipus y sistemas contemporáneos como la inteligencia artificial. La pregunta por lo universal se desplaza: ya no como categoría abstracta y homogénea, sino como red de materialidades múltiples.

La exposición llega en un momento clave para el artista, cuya práctica ha circulado en instituciones europeas y americanas mientras mantenía una relación intermitente con el contexto local. Presentar esta revisión en Quito no es un gesto menor. Implica reinscribir su trabajo en el territorio desde donde emergen muchas de sus preguntas.

Al salir del CAC, la interrogante persiste. No hay respuesta posible a qué se siente ser tierra. Pero la experiencia deja una fisura en la percepción. Hemos visto el peso de la luz, escuchado tumores que responden, observado un desierto mirarse a sí mismo.

Tal vez la potencia de la muestra no radique en ofrecer una cosmovisión alternativa cerrada, sino en desestabilizar la nuestra. En un momento de crisis ecológica y saturación tecnológica, Santillán no propone regresar a una pureza perdida. Sugiere, más bien, ensayar otras formas de relación: menos taxonómicas, más porosas.

La pregunta permanece abierta. Y en esa apertura, incómoda, especulativa, necesaria, la exposición encuentra su verdadera escala.

https://fundacionmuseosquito.gob.ec/exposiciones/que-se-siente-ser-tierra-del-artista-oscar-santillan/

Redacción exibart latam

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