‘TE ODIO’ en el Centro Cultural de España de Tegucigalpa: una cartografía crítica del odio como estructura del presente
Exposiciones
En un momento regional marcado por la polarización, la fragilidad institucional y la intensificación de los discursos de exclusión, la exposición TE ODIO: el odio como estrategia de poder y control político y social, presentada en el Centro Cultural de España en Tegucigalpa,ha propuesto una lectura rigurosa sobre una de las formas más persistentes de violencia contemporánea: aquella que se instala en el lenguaje, se naturaliza en los hábitos y termina modelando la vida colectiva. La muestra, curada por José Castillo Picado y Ricardo Ramón Jarne, reunió veinte artistas de Centroamérica y España en un proyecto que entiende el arte como espacio de pensamiento, memoria y fricción pública.
La fuerza de TE ODIO radica, en primer lugar, en su claridad conceptual. El proyecto parte de una premisa decisiva: el odio no es aquí una emoción privada ni una reacción aislada, sino una construcción histórica y una herramienta de poder. El texto curatorial lo plantea con precisión al señalar que el odio se siembra, se cultiva y se administra para producir obediencia, fragmentación social y control. Esa idea articula toda la exposición: desde la alta política hasta los vínculos cotidianos, desde las redes sociales hasta la violencia simbólica inscrita en los cuerpos.
Más que una exposición temática, TE ODIO ha buscado funicionar como una cartografía del presente. La muestra se organizó en cuatro ejes, sistemas de dominación y memoria política; migración, exilio y otredad; cuerpo, género y violencias íntimas; lenguaje, medios y propaganda, que construyen una lectura compleja del odio como estructura transversal. Lo notable es que este dispositivo curatorial evitó la compartimentación rígida: las obras dialogaban entre sí desde la resonancia, el desplazamiento y la insistencia. Cada sala prolongaba preguntas que la anterior apenas había comenzado a abrir.

El primer eje, dedicado a los sistemas de dominación y la memoria política, establecía uno de los núcleos más sólidos del recorrido. Aquí el odio aparecía como una maquinaria histórica sostenida por símbolos, relatos oficiales y silencios institucionales. La presencia de Santiago Sierra resultó central. En El Bebedero, Sierra trabajó con la esvástica como signo histórico desplazado: un símbolo que, lejos de agotarse en una sola lectura, evidenció cómo el poder recicla sus emblemas y muta sus estrategias de legitimación. La obra activa una incomodidad precisa: obligando a mirar la persistencia de los sistemas autoritarios más allá de sus formas evidentes.

En este mismo eje, El odio no se olvida de Daniel Valladares introduce una dimensión local de enorme densidad. A partir de una caminata silenciosa en un antiguo centro clandestino de detención en Honduras, la pieza ha logrado transformar el performance y el dibujo en archivo afectivo. Su potencia no reside en la representación directa del horror, sino en la manera en que convierte la ausencia, el silencio y el gesto mínimo en formas de memoria activa. La obra busca recordar que el olvido no es una falla del pasado, sino una tecnología contemporánea de desactivación política.
Ese tránsito entre memoria, representación y violencia encuentra una de sus imágenes más incisivas en El beso fraternal / Dios mío, líbrame de este amor tan mortal de Nelson Díaz Brenes. La obra ha tomado como punto de partida el célebre beso entre Brézhnev y Honecker, pero sustituye a los líderes comunistas por Elon Musk y Donald Trump. Al trasladar el meme al lienzo, Díaz Brenes desacelera la circulación digital y convierte la imagen viral en archivo político. Lo que aparece en escena no es una simple ironía, sino una lectura aguda del afecto como tecnología de poder: el amor, la cercanía y la promesa de orden también pueden operar como formas sofisticadas de dominación.

El segundo eje, centrado en migración y otredad, ha buscado desplazar la reflexión hacia los márgenes geográficos y afectivos donde el odio se vuelve frontera, burocracia y deshumanización. Aquí se ha destacado La Vorágine tras el velo de Nathaniela Acuña Ugalde, una serie fotográfica que construye una mirada íntima sobre el cuerpo femenino migrante. Acuña ha trabajado desde la quietud y la contención, restituyendo densidad y singularidad a figuras que el imaginario mediático suele reducir a cifra o estereotipo. En sus imágenes, el velo no funciona como ocultamiento, sino como umbral entre vulnerabilidad, cuidado y resistencia.

En diálogo con esa sensibilidad, Por hueco de Kevinn Dubón ha convertido el cuerpo queer en superficie de confrontación política. La acción de introducirse en una caja de cartón en espacios públicos de tránsito transforma el insulto y la exclusión en un gesto de presencia radical. Dubón ha podido articular una poética de la precariedad donde migración, sexualidad y violencia institucional se entrelazan con precisión. La pieza no dramatiza: activa una escena de extrañamiento que devuelve visibilidad a cuerpos que suelen circular entre el estigma y la indiferencia.

Uno de los tramos más intensos de la muestra ha sido el dedicado al cuerpo como territorio de inscripción del odio. En este eje, la exposición encuentra una densidad material y afectiva particularmente potente. La pieza Votos de sangre de Sheyla Santana Mora constituyó uno de los momentos más logrados del recorrido. Al trabajar con sangre menstrual sobre papel, Santana ha desplazado de manera radical los límites entre lo íntimo, lo ritual y lo político. Cada mancha se convierte en marca de presencia, archivo corporal y gesto de restitución simbólica frente a siglos de culpa, vergüenza y silenciamiento patriarcal.

En este mismo eje, AMA-MANTO de Dina Lagos ha podido releer la iconografía de la Virgen desde una corporalidad que se protege y se afirma. El manto, tradicionalmente asociado a pureza y sumisión, adquiere aquí espesor crítico: se vuelve piel, carga, refugio y dispositivo de reapropiación. Por su parte, el video de Yosuyin Melissa Pastrana construyó una atmósfera contenida donde deseo, dolor y vulnerabilidad aparecen como zonas de tensión. Ambas piezas sostienen una misma intuición: el cuerpo no solo recibe la violencia, también produce formas de resistencia sensible.
El cuarto eje, dedicado al lenguaje, los medios y la propaganda, cierraba el recorrido con especial lucidez. Aquí la exposición se ha planteado cómo se produce hoy el odio desde los dispositivos de circulación simbólica. La pieza Revolución pasiva de Acaymo Cuesta ha sido una de las obras más contundentes de esta sección. A partir de periódicos intervenidos con tinta negra y cortes láser, Cuesta convierte la ausencia en lenguaje. La censura, la supresión y el vacío se transforman en materia visual, recordando que la violencia mediática no siempre se expresa por exceso, sino también por ocultamiento, distorsión y edición interesada de la realidad.

En esa misma línea, No se escucha de Diana Villalobos Fontana ha ofrecido una de las metáforas más precisas de la muestra. Su instalación sonora con latas, monedas y parlantes reproduce testimonios de migrantes, desplazados y personas expulsadas por distintas formas de violencia. El sonido metálico del dinero distorsiona las voces y dificulta la escucha. La pieza logró condensar una intuición clave del proyecto: muchas formas contemporáneas del odio operan no mediante el silencio absoluto, sino a través de la interferencia, la distracción y el ruido constante.

En un contexto cultural atravesado por la aceleración, la saturación informativa y la circulación rápida de consignas, TE ODIO ha podido recuperar una dimensión esencial del arte: su capacidad para detener, implicar y producir pensamiento. La exposición se ha constituido un espacio donde la experiencia estética se transforma en una forma de atención crítica y de responsabilidad compartida. Su mayor logro consistió en hacer visible cómo el odio se sedimenta en estructuras aparentemente ordinarias: una palabra, una imagen, una frontera, una rutina.
Artistas participantes: Acaymo Cuesta, Daniel Valladares, David Fernando López Salazar, Diana Villalobos Fontana, Dina Lagos, Edgar Agames, Eugenio Merino, Fernando Sánchez Castillo, Helen Bustamante, José Carlos Muñoz, Kevinn Dubón, Yosuyin Melissa Pastrana, Nelson Díaz Brenes, Nathaniela Acuña Ugalde, Ninfa Espinoza, Paul Sfez, Regina Aguilar, Rigoberto Camacho, Santiago Sierra y Sheyla Santana Mora.
Curaduría: José Castillo Picado y Ricardo Ramón Jarne.
Fechas: 5 de febrero de 2026 – 11 de abril de 2026
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