En Xa Jun Ruk’oxomal Qanima – Un solo latido – A Shared Heartbeat, la exposición dedicada a Rosa Elena Curruchich y Angélica Serech, el pulso que organiza la muestra no es solo metafórico. Se trata, más bien, de un ritmo compartido entre generaciones, materiales y memorias que atraviesan la historia reciente de San Juan Comalapa, una de las comunidades kaqchikel más activas en la producción artística de Guatemala.
Organizada inicialmente por el Museo Universitario del Chopo en Ciudad de México, la exposición se presenta ahora en La Nueva Fábrica, en Antigua Guatemala. Este desplazamiento no es menor: la muestra se reubica geográficamente en relación con San Juan Comalapa, la comunidad de la que provienen ambas artistas y donde las tradiciones visuales y textiles que atraviesan sus obras siguen siendo prácticas vivas.
La exposición propone un diálogo entre dos prácticas separadas por el tiempo pero unidas por una misma pregunta: cómo transformar las tradiciones visuales y textiles de una comunidad en un lenguaje propio. Curada por Miguel A. López, la muestra reúne más de cien pinturas realizadas por Rosa Elena Curruchich entre finales de los años setenta y principios de los dos mil, junto con esculturas y textiles recientes de Angélica Serech.
La figura de Rosa Elena Curruchich ocupa un lugar singular dentro de la historia del arte guatemalteco. Nacida en 1958 en San Juan Comalapa, fue la primera mujer pintora reconocida dentro de una tradición pictórica local dominada por hombres. Autodidacta, aprendió observando a su abuelo, el pintor Andrés Curruchich, uno de los fundadores de la llamada “escuela de Comalapa”. Su trayectoria, sin embargo, estuvo marcada por las tensiones de género dentro de ese mismo contexto.
Su trabajo se inscribe en una genealogía más amplia de pintura maya contemporánea que, desde la segunda mitad del siglo XX, ha desarrollado lenguajes visuales propios para narrar la vida comunitaria desde perspectivas internas.
Su única exposición individual en vida tuvo lugar en 1979 en la Alianza Francesa de Ciudad de Guatemala. A partir de entonces continuó pintando en condiciones precarias, enfrentando prejuicios y hostigamientos dentro de una escena artística donde el espacio para las mujeres era limitado. Durante los años más intensos del conflicto armado guatemalteco (1960–1996), Curruchich adoptó con frecuencia formatos pequeños que le permitían transportar sus pinturas con discreción.

Lejos de las imágenes folklorizadas que durante décadas circularon como representación turística de lo maya, sus pinturas se concentran en la vida cotidiana de la comunidad: celebraciones religiosas, mercados, trabajo doméstico, producción de velas, pan o tejidos. En muchas de ellas aparece una inscripción breve escrita por la propia artista, que describe la escena o identifica a los personajes representados.
Ese gesto aparentemente simple introduce un desplazamiento significativo: las imágenes no se presentan como escenas genéricas sino como relatos situados. La pintura funciona así como una forma de archivo afectivo donde la vida comunitaria y, particularmente el trabajo de las mujeres, aparece como el verdadero eje organizador del tejido social.
La práctica de Angélica Serech, nacida también en San Juan Comalapa en 1982, parte de otra genealogía material: el tejido. Formada dentro de una tradición familiar de bordado y confección de huipiles, Serech ha expandido progresivamente esa práctica hacia un lenguaje escultórico que incorpora materiales poco convencionales como cabello humano, madera, hilos metálicos y otros elementos orgánicos.
En la exposición, estas esculturas textiles entran en resonancia con la pintura narrativa de Curruchich. Los colores intensos y las escenas comunitarias de una dialogan con las superficies táctiles y los entramados densos de la otra. No se trata de establecer una continuidad lineal entre ambas artistas, sino de activar un campo de relaciones donde la tradición aparece como un proceso vivo, constantemente reinterpretado.
El título de la exposición proviene del poema Ruk’oxomal Taq K’uxaj (Sonidos de corazones) de la poeta y tejedora Negma Coy, y sugiere precisamente esa dimensión colectiva del latido. Un latido que atraviesa generaciones de mujeres que han sostenido y transformado las prácticas culturales de su comunidad.
En ese sentido, la muestra también opera como una corrección histórica. Si la figura de Rosa Elena Curruchich fue durante décadas marginal dentro de la narrativa oficial del arte guatemalteco, su inclusión reciente en la Bienal de Venecia 2024, curada por Adriano Pedrosa bajo el título Foreigners Everywhere, marcó un punto de inflexión en el reconocimiento de su obra.
La exposición en La Nueva Fábrica amplía ese gesto, situando su trabajo en diálogo con una artista contemporánea que, desde el campo textil, continúa expandiendo las posibilidades del lenguaje material heredado.
Más que una exposición retrospectiva o generacional, Xa Jun Ruk’oxomal Qanima – Un solo latido – A Shared Heartbeat plantea una pregunta más amplia: cómo se transmiten las formas de hacer, de mirar y de narrar dentro de una comunidad. Entre pintura y tejido, entre memoria y experimentación, la muestra sugiere que ese conocimiento no circula como una tradición fija, sino como un pulso compartido que se transforma con cada nueva mano que lo sostiene.
https://lanuevafabrica.org/xa-jun-rukoxomal-qanima-un-solo-latido-a-shared-heartbeat-3/
Curaduría: Miguel A. López (Museo Universitario del Chopo). Presentación en La Nueva Fábrica organizada por Ilaria Conti.
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