Matías Duville y Josefina Barcia. Crédito fotografía_ Estrella Herrera. Cortesía Barro Galería
Hacia la Bienal de Venecia es un ciclo de entrevistas con artistas y curadores latinoamericanos que presentarán sus proyectos en la 61ª edición de la Bienal de Venecia. A través de estas conversaciones, analizamos el origen y el desarrollo de las propuestas, así como los desafíos conceptuales y técnicos que atraviesan en el proceso de producción y presentación. El ciclo también investiga las dinámicas de selección y financiación que hacen posible la participación nacional en la Bienal, con el objetivo de estudiar las especificidades de cada pabellón y las políticas de apoyo, estatales y/o privadas, que sostienen estas representaciones. De este modo, se propone una cartografía crítica de los distintos modelos institucionales latinoamericanos y de las condiciones estructurales que configuran su presencia en el contexto internacional.
En esta ocasión, conversamos con el artista Matías Duville, quien presentará en el Pabellón de Argentina su proyecto ‘Monitor Yin Yang’, con curaduría de Josefina Barcia.
‘Monitor Yin Yang’ es el primer dibujo a escala monumental de Duville realizado con sal y carbón vegetal e instalado sobre el piso del pabellón nacional. Concebido como un trabajo interdisciplinario, el proyecto articula dibujo expandido, instalación, sonido y video, y se despliega como un territorio transitable por los visitantes. El dibujo funciona como una cartografía temporal: no representa un espacio ni fija coordenadas, sino que propone un trazado inestable de recorridos posibles, activado por la experiencia del cuerpo.
Entrando de lleno en la conversación, ¿podrían contarnos en qué consiste el proyecto que presentan este año en la Bienal de Venecia? ¿Cuál es su origen y cuáles los principales desafíos conceptuales y técnicos en su desarrollo?
Matías Duville: ‘Monitor Yin Yang’ nace de una idea simple: pensar el dibujo como un territorio transitable. Por eso decidí trabajar sobre el suelo del pabellón. El dibujo está realizado con sal y carbón vegetal, dos materiales que reemplazan al papel y al grafito. Sobre esa superficie aparece una especie de cartografía abierta que los visitantes pueden recorrer físicamente.
Me interesa la idea de que el dibujo no esté completamente fijado. A medida que las personas caminan por el espacio, la superficie se modifica ligeramente y el paisaje cambia. En ese sentido la obra se va transformando con el tiempo, a partir de la interacción entre los materiales y la presencia del público.
Josefina Barcia: La obra parte de la voluntad de volver a una noción primigenia del dibujo para repensar la idea de territorio y sus derivas. A partir de ese gesto, el recorrido articula una experiencia donde conviven distintas dimensiones: instalación, sonido, imagen y performatividad.
El negro sobre blanco se materializa en dos materiales —sal y carbón— que condensan temporalidades distintas y funcionan tanto como medios, como disparadores simbólicos de problemáticas contemporáneas.
En este sentido, el proyecto no busca formular respuestas cerradas. Al situar al visitante como protagonista, la obra no intenta imponer una lectura única, sino desplegar distintas capas de sentido para que cada persona decida cómo recorrerlas.
A nivel conceptual, el desafío radica justamente en esta apelación a la experiencia individual del público. La obra se nutre de lo sensorial para pensar cuestiones que atraviesan agendas sociales, económicas, ecológicas y políticas, y que se manifiestan de distintas maneras en diferentes contextos del mundo.
A nivel técnico, la instalación no es especialmente compleja en términos materiales, ya que tanto la sal como el carbón son elementos relativamente estables y fáciles de conseguir. El desafío principal ha sido la articulación entre distintas disciplinas y saberes que participaron en el desarrollo del proyecto.
Entre los proyectos de pabellones nacionales de América Latina, el de Argentina se distingue por no abordar de manera explícita cuestiones políticas, postcoloniales o relacionadas con ontologías indígenas, apostando en cambio por un enfoque más poético. ¿Creen que esta característica refleja la escena del arte argentino en general, o a qué creen que se debe esta singularidad dentro del contexto regional?
JB: No creo que un envío nacional pueda —ni necesariamente deba— representar la complejidad de una escena artística. También hay una expectativa bastante instalada sobre lo que América Latina debería producir o representar en contextos internacionales, muchas veces asociada a ciertos ejes como lo postcolonial o lo identitario.
En paralelo, existen diferencias concretas en términos sociales y de políticas culturales. En países como Brasil, por ejemplo, ha habido un trabajo sostenido que permitió visibilizar las narrativas indígenas, mientras que en Argentina esos procesos han sido más intermitentes. Eso no implica que esas prácticas no existan, sino que circulan en otras condiciones.
Por otro lado, lo político atraviesa toda práctica artística, aunque no siempre lo haga de forma explícita. En ese sentido, una aproximación poética no es necesariamente menos política; puede operar de manera más oblicua, incluso más compleja. Lo importante es sostener la posibilidad de que los artistas trabajen sin responder a un repertorio temático esperado, y que el arte pueda, justamente, desplazar esas categorías.
¿Cómo creen que dialoga, si es que lo hace, el proyecto que presentan en el pabellón con los lineamientos curatoriales trazados por Koyo Kouoh para la exposición general In Minor Keys? ¿Encuentran puntos de convergencia conceptual o tensiones productivas entre ambas propuestas?
MD: Hay algo en la idea de minor keys que me interesa mucho porque tiene que ver con trabajar desde gestos mínimos. La obra está hecha con materiales simples —sal y carbón— y a partir de un lenguaje básico como el dibujo.
Sin embargo, a partir de estos elementos aparece un paisaje que se va complejizando con el tiempo. No es algo que se impone de entrada, sino que se construye de manera más sutil, a medida que uno lo recorre.
También me interesa que la obra no tenga un punto de vista central o una lectura única. Es algo más abierto, más lateral, que se activa con la experiencia de cada persona.
JB: Desde las primeras conversaciones con Matías, el texto de Koyo Kouoh funcionó como un faro que, de manera bastante natural fue guiando la concreción del proyecto. De todos los ejes que propone, el abordaje desde la música fue el que más resonó con nosotros.
Pensar la clave menor como un modo de reflexión habilita correrse de lo central hacia registros más laterales. Ahí el dibujo y los propios materiales encuentran un lugar interesante: no se imponen desde lo dominante, sino que operan desde una cierta discreción, incluso desde un lugar secundario, a pesar de la densidad histórica que cargan.
La decisión de trabajar con sonido también parte de reconocer en la música una capacidad de expandir el dibujo. El sonido, al viajar en el tiempo a través de la vibración, hace que ese plano trazado en el suelo se despliegue de otra manera cuando es percibido junto a él. Hay algo de la música que es líquido, que se filtra y desarma cualquier linealidad más rígida.
En ese sentido, la obra se construye como una especie de composición en clave menor. Un paisaje que evoca cierta nostalgia, pero que al mismo tiempo sostiene una tensión. Las imágenes que aparecen tienen algo de la blue note del jazz: una tonalidad apenas desplazada que no resuelve, que se demora, y que encuentra su potencia justamente en esas variaciones mínimas. Algo de eso sucede también con el dibujo de Matías.
¿Cómo funciona en Argentina el proceso de selección del pabellón nacional para la Bienal de Venecia? ¿Se realiza mediante una convocatoria abierta o por invitación directa? ¿Y cómo ha ido evolucionando a lo largo de los años la dinámica de participación de Argentina en la Bienal? ¿El pabellón está abierto a artistas de nacionalidad argentina que residan en el exterior? ¿Cuáles son las condiciones de participación en este sentido?
JB: El proceso se realiza mediante un concurso abierto de anteproyectos, que contempla la presentación de una propuesta integral. Esta incluye no solo la idea de obra, sino también un abordaje curatorial, una propuesta museográfica adaptada al pabellón, junto con su correspondiente presupuesto y planificación logística.
Las propuestas son evaluadas por un jurado que lleva adelante una instancia de preselección, realiza entrevistas con los equipos finalistas y, posteriormente, comunica la decisión del proyecto seleccionado para representar al país en la Bienal.
La convocatoria está dirigida a artistas de nacionalidad argentina, sin restricción de residencia, por lo que pueden participar tanto quienes viven en el país como en el exterior.
En términos históricos, el cambio más significativo ha sido la consolidación de un espacio propio: desde 2011 el país cuenta con un pabellón permanente en el Arsenale, que ha permitido fortalecer la continuidad y proyección institucional de los envíos argentinos.
Para esta edición de la Bienal de Venecia, el envío argentino ha generado polémicas debido a cambios en el reglamento que exigen incluir la propia financiación del proyecto. ¿Qué apoyo estatal existe para la participación del pabellón argentino en esta edición de la Bienal y cómo han cambiado las condiciones de financiación respecto a ediciones anteriores? ¿Cómo se financia actualmente el proyecto?
JB: En ediciones anteriores existía un fondo estatal destinado a la producción del proyecto. En esta ocasión, ese esquema de financiamiento ha sido discontinuado, lo que introduce una modificación sustancial en las condiciones de participación.
El apoyo estatal se concentra actualmente en aspectos estructurales: el alquiler y mantenimiento del pabellón, la seguridad y guardia de sala, la limpieza, así como los pasajes del artista y de la curadora. A su vez, la Cancillería Argentina cumple un rol clave como nexo con la Fundación Bienal, acompañando la coordinación y gestión de los requerimientos necesarios para la participación.
En este marco, la producción del proyecto se sostiene íntegramente a través de financiamiento privado, lo que supone un desafío adicional en términos de gestión y desarrollo.
En un momento en que se cuestionan cada vez más las lógicas centro-periferia y las nociones tradicionales de representación nacional, ¿cómo piensan el formato del pabellón nacional en la Bienal de Venecia? ¿Sigue siendo una herramienta válida para representar la complejidad de una escena artística o requiere ser repensado?
JB: Hace tiempo que el modelo de envíos nacionales, entendido como representación de una escena cultural asociada a una identidad homogénea, muestra signos de agotamiento. Sin embargo, sigue siendo el formato a través del cual se organiza históricamente la Bienal.
En ese sentido, más que pensar el pabellón como una representación total de lo nacional, me interesa entenderlo como una plataforma situada, atravesada por múltiples capas de sentido. En un contexto marcado por diásporas, migraciones y circulaciones constantes, la idea de “lo nacional” se vuelve necesariamente más compleja e inestable.
Al mismo tiempo, las nociones de centro y periferia no solo operan a nivel geopolítico, sino también dentro del propio sistema del arte. La Bienal, por su visibilidad y su historia, funciona como un espacio de legitimación que concentra esas tensiones.
Por eso, más que validar o descartar el formato, me parece interesante trabajar desde esa ambivalencia: habitar el pabellón sabiendo que es una estructura heredada, pero también una oportunidad para tensionar, desplazar o incluso desbordar sus propios límites.
¿Cuáles son sus expectativas en relación con la participación en la Bienal de Venecia y cuales son sus proyectos futuros?
MD: La Bienal de Venecia es un contexto muy particular por su visibilidad y representa un espacio único para un artista, en diálogo con otras escenas y formas de pensar el arte. También es una instancia importante en términos de proyección, porque pone el trabajo en circulación en un contexto internacional muy amplio.
Al mismo tiempo, es un proyecto colectivo. Aunque parte de mi práctica personal, involucra a muchas personas y especialistas que enriquecen tanto el proyecto como mi propia manera de pensar el trabajo.
A futuro, sigo trabajando sobre la idea de paisaje. Estoy empezando a desarrollar un proyecto en Indonesia como continuidad de la serie Alaska, donde vuelvo a explorar estos cruces entre territorio real y ficcional, materia y experiencia.
Matías Duville realizó una prueba de montaje que permite ver parte de su proceso y enfoque creativo. Podés verla acá: https://youtu.be/VUtLx2Z2Nyo
Pabellón de Argentina
‘Monitor Yin Yang’
Comisariado: Directorado de Asuntos culturales, Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto
Curaduría: Josefina Barcia
Expone: Matías Duville
Sede: Arsenale
Matías Duville (Buenos Aires, 1974) trabaja con objetos, videos e instalaciones aunque su obra se desarrolla principalmente a partir del dibujo. Sus obras evocan escenas desoladas con atmósferas enrarecidas y atemporales como las que preceden un cataclismo: huracanes, maremotos o situaciones de abandono en el bosque, funcionan como la visión onírica de un explorador errante, como un paisaje mental. Su trabajo se caracteriza por la experimentación de soportes y materiales. Mediante trazos expresivos y procedimientos de cierta brutalidad, impacta la superficie dejando sus huellas en la representación, marcas en las que se mezcla la naturaleza de la materia y el paisaje. La tensión entre opuestos, la mutación y el tiempo son algunos de los temas que recorren sus últimos trabajos. Vive y trabaja entre Buenos Aires y Mar del Plata.
Josefina Barcia (ella) es una curadora argentina radicada en Nueva York cuya práctica abarca el arte contemporáneo, la performance, el sonido y la investigación de archivos. Posee una maestría en Estudios Curatoriales de Bard College y se especializa en prácticas interdisciplinarias y temporales dentro de los contextos latinoamericanos y del Sur Global. De 2011 a 2021, trabajó en el Departamento Curatorial del MALBA (Buenos Aires), donde desarrolló su enfoque de archivo a través de colecciones privadas en Argentina y, posteriormente, con los archivos personales de Marieluise Hessel en Nueva York.
Como becaria curatorial de la Fundación Hartwig en Performa, fue cocuradora del programa de cine Occasionally Humane y produjo nuevas obras por encargo en colaboración con Americas Society y Asia Society. Sus proyectos se han presentado en el Museo Hessel, Anthology Film Archives, el Festival de Nueva Ópera y Giorno Poetry Systems, y sus escritos han sido publicados por MALBA e ISLAA (Nueva York).
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