Entre rampas, laboratorios y un ecosistema cultural en metamorfosis, el Gran Museo Egipcio se convierte en el corazón palpitante de una nueva Guiza que une el patrimonio de los Faraones con las vibraciones de la cultura global.
Al amanecer, en la meseta de Guiza, la luz no irrumpe sino que se despliega con una lentitud deliberada, como si el paisaje quisiera concederle el tiempo necesario para descifrar cada arista, cada plano, cada porción de vacío, y en esta suspensión luminosa el Gran Museo Egipcio emerge como un cuerpo que no pretende ser observado sino reconocido, casi como si aflorara de una continuidad geológica más que de un gesto arquitectónico, porque sus superficies trianguladas, sus volúmenes inclinados, su masa calibrada nunca buscan una confrontación directa con las Pirámides sino que se insertan en una proyección natural de estas, como si el museo se limitara a completar un razonamiento iniciado hace miles de años.
El proyecto del estudio irlandés Heneghan Peng Architects, elegido entre más de mil quinientas propuestas internacionales, interpreta el contexto no como una restricción sino como una matriz, de la cual extrae una gramática arquitectónica hecha de paneles lapídeos modulares de piedra caliza de Tura, vidrieras retranqueadas de triple capa, protecciones integradas que modulan la luz sin interrumpirla jamás, produciendo una envolvente que absorbe el calor, dilata los intervalos cromáticos y dialoga con la irradiación del desierto según un ritmo casi respirado.

Con una superficie total de casi medio millón de metros cuadrados, veinticuatro galerías principales, ochenta mil metros cuadrados de depósitos climatizados, un atrio de cuarenta y cinco metros de altura y un sistema estructural basado en vanos de hormigón de altas prestaciones, el GEM se configura como una máquina museística de extraordinaria complejidad ingenieril, en la que cada espacio se convierte en una cámara climática autónoma, con sistemas HVAC de presión diferencial que mantienen la humedad entre el cuarenta y cinco y el cincuenta y cinco por ciento, pavimentos antivibración pensados para piezas extremadamente frágiles, iluminación LED de espectro controlado que oscila entre los setenta y los ciento cincuenta lux, superficies museográficas de baja reflectancia que restituyen una visión casi táctil de los objetos.
El atrio está dominado por la presencia del coloso de Ramsés II, una figura que nunca es tratada como emblema triunfal sino como un dispositivo espacial que orienta los flujos y define la escala de la experiencia, mientras que las galerías dedican gran atención a la relación entre materiales y funciones, evitando jerarquías estéticas y devolviendo a los objetos de Tutankamón, más de cinco mil piezas finalmente recompuestas en un recorrido unitario, una legibilidad que es ante todo filológica y solo después espectacular, porque lo que importa no es el valor icónico de los objetos sino su capacidad de narrar una civilización a través de la lógica de los gestos que la produjeron.

En este sistema distributivo se inserta la Gran Escalera, una rampa ascensional que se eleva más de treinta metros alineándose geométricamente con la Pirámide de Keops y que evoca, en su estructura de hormigón fibrorreforzado y en la gradualidad de la luz, las antiguas rampas utilizadas durante la construcción de los complejos funerarios y luego recorridas por sacerdotes y familiares en el rito de acompañamiento del faraón hacia la luz solar, y así el ascenso nunca se convierte en un simple desplazamiento vertical sino en un movimiento de revelación, un recorrido concebido como una secuencia de desvelamientos en la que la densidad escultórica se aligera, la luminosidad aumenta, el campo visual se amplía, hasta transformar la arquitectura en un dispositivo narrativo que pone en escena el propio acto del descubrimiento como proceso.
Junto al recorrido público se desarrolla el GEM Conservation Center, más de treinta y dos mil metros cuadrados de laboratorios dedicados a la conservación, entre los más avanzados del mundo, con escáneres 3D submilimétricos, diagnóstico multiespectral, cámaras climáticas, depósitos estabilizados entre los dieciocho y los veinte grados, una red de instalaciones independiente y un protocolo científico que permite tratar materiales extremadamente sensibles, transformando el museo en un campus de investigación tan esencial como las salas expositivas.

La gestión operativa de todo el complejo está confiada a Legacy Development and Management, que introduce un modelo administrativo híbrido basado en el mantenimiento predictivo, la seguridad multinivel, la gobernanza de los flujos, la supervisión de las instalaciones y la optimización de la experiencia del visitante, una novedad absoluta en el panorama museístico egipcio, como recuerda con lucidez Dina Abou El Fetouh, Public Relations Manager de Legacy, cuando afirma que es la primera vez que una entidad privada trabaja codo a codo con una estructura gubernamental de esta envergadura, una constatación que define la dimensión sistémica del cambio.
Su relato se vuelve aún más significativo cuando describe la implicación de la comunidad local en las fases preparatorias, explicando que operadores, familias y residentes de Guiza fueron involucrados en los ejercicios de afluencia, transformando una prueba técnica en un gesto identitario que permitió, por primera vez, a los egipcios vivir en primicia el museo que narra sus raíces, una inversión cultural que devuelve centralidad a la comunidad como primer interlocutor de la institución.
La relación entre el museo y el territorio se ve hoy aún más reforzada por el puente peatonal elevado, ya operativo, que conecta el GEM con la Llanura de las Pirámides a través de una estructura de acero y hormigón que salva las arterias viales con un gesto lineal y silencioso y que funciona como un corredor museístico al aire libre, transformando la distancia entre la arquitectura contemporánea y el sitio arqueológico en un único distrito cultural permeable, continuamente transitable, abierto a una nueva forma de percepción topográfica.

En torno a esta infraestructura está tomando forma un ecosistema urbano en rápida transformación, hecho de nuevos hoteles, estructuras de alojamiento, espacios peatonales, servicios culturales, áreas equipadas para eventos y programas temporales, que aspiran a transformar Guiza en un lugar de permanencia y no solo de tránsito, un territorio en el que la visita no se agota en el museo sino que se dilata en una experiencia más amplia que entrelaza arqueología, hospitalidad y vida urbana.
Paralelamente crece un fenómeno cultural inesperado, alimentado por el boca a boca mediático y por un uso inteligente de las redes sociales que están redefiniendo la percepción internacional del área, porque el GEM se está convirtiendo también en un epicentro contemporáneo capaz de atraer exposiciones de arte site-specific, desfiles de moda de grandes maisons, performances audiovisuales, festivales de música electrónica y techno que llevan a Guiza a una comunidad cosmopolita formada por artistas, diseñadores, curadores, dj, directores creativos, influencers y celebridades, hasta generar esa fórmula provocadora pero cada vez más compartida en la red según la cual “Guiza es la nueva Ibiza”, una frase que no describe una analogía superficial sino un fenómeno cultural en devenir, donde la monumentalidad antigua se convierte en el telón de fondo de una nueva manera de habitar el presente.
En esta convergencia entre ingeniería y relato, entre arquitectura y urbanidad, entre herencia y posibilidad, el Gran Museo Egipcio se revela no como un monumento, sino como un motor, no como un santuario del pasado, sino como un dispositivo capaz de generar futuro, un lugar en el que Egipto no es solo explicado, sino continuamente reinterpretado, porque el museo no cuenta lo que Egipto fue, muestra lo que Egipto todavía puede llegar a ser.

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