17 noviembre 2025

Warhol, Pollock y el desafío de la representación en la época contemporánea

de

Jackson Pollock, Number 1A, 1948, 1948, © 2025 Pollock-Krasner Foundation / Artists Rights Society (ARS), New York

En el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid, una muestra de enfoque historiográfico abre un diálogo entre dos gigantes del siglo veinte que, de manera complementaria, desarmaron los límites entre abstracción y figuración.

Jackson Pollock, Number 1A, 1948, 1948, © 2025 Pollock-Krasner Foundation / Artists Rights Society ARS, Nueva York
“Hubo un tiempo en que el arte oscilaba entre el gesto y el frío, entre la mancha y la imagen en serie. La historia colocó a Pollock y a Warhol en dos polos aparentemente opuestos”. Sin embargo, como señala la curadora Estrella de Diego, “compartieron mucho más de lo que se quiso admitir”. Es en torno a esta idea que nace la muestra Warhol, Pollock y otros espacios americanos, que puede visitarse en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid hasta el veinticinco de enero de dos mil veintiséis. Por primera vez, se reúnen las obras de ambos artistas en un recorrido que cuestiona la narración canónica de la historia del arte y restituye la complejidad de dos personalidades que, aun transitando caminos distintos, exploraron un territorio común: el del espacio pictórico como campo de tensión entre lo visible y lo invisible.

“Ambos atravesaron el abstraccionismo y el arte figurativo para encontrar nuevas formas de narrar el mundo en el que vivían. El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza reúne por primera vez a Andy Warhol y Jackson Pollock en un diálogo que pone en relación a dos de los artistas norteamericanos más importantes del siglo veinte”, explica de Diego. “En ambos, fondo y figura se desdoblan y se confunden, y los pintores terminan por encontrarse en ese espacio ambiguo, al mismo tiempo figurativo y abstracto, donde en verdad todo sucede”.

Andy Warhol, Flowers, 1968, serigrafía sobre papel, noventa y un por noventa y un centímetros, colección privada


El recorrido se abre con dos obras emblemáticas: las dos botellas de Coca-Cola pintadas por Warhol en mil novecientos sesenta y cuatro. En una de ellas, el artista experimenta con pinceladas gestuales que remiten a la Escuela de Nueva York; en la otra, elimina toda huella del gesto y opta por la neutralidad. “Warhol pidió consejo a sus asistentes”, cuenta la curadora, “y todos coincidieron en que la botella fría, la que carecía de pinceladas, representaba mejor la nueva era que se abría ante ellos”.

De esa elección surge el diálogo entre Pollock y Warhol, entre la energía del cuerpo y la mecanicidad del signo. Las seis secciones de la muestra avanzan como variaciones sobre el vínculo entre figura y fondo, e incluyen obras de Lee Krasner, Helen Frankenthaler, Marisol Escobar, Sol LeWitt, Cy Twombly y Robert Rauschenberg. Las superficies de collage de este último, explica de Diego, “dialogan a la perfección con las repeticiones de Warhol: espacios fracturados donde la figuración se disuelve en huellas y vestigios, en un territorio intermedio e inestable, aquel que la historia con frecuencia ha borrado”.

Jackson Pollock, Red Composition

En la sección Huellas y vestigios, la figuración se quiebra en signos y restos: cuerpos que se deshacen, superficies que retienen impresiones. Los retratos de Warhol, desde Silver Liz as Cleopatra hasta Single Elvis, muestran figuras suspendidas sobre fondos evanescentes, en equilibrio entre presencia y desaparición. La serialidad se convierte en una forma de medir la distancia entre las imágenes y su vaciamiento.

El contrapunto se vuelve más directo en Repeticiones y fragmentos, donde las célebres series de Warhol, desde Flowers y Skulls hasta Electric Chair y las dramáticas Car Crash, establecen un diálogo silencioso con la energía del dripping de Pollock. En ambos casos, la pintura deja de representar el espacio y pasa a consumirlo, exacerbarlo, habitarlo y saturarlo hasta borrar todo punto de fuga.

© The Andy Warhol Foundation for the Visual Arts, Inc.


Las salas finales hacen explícita la reciprocidad entre ambos artistas. Los Oxidation Paintings de Warhol, realizados mediante procesos físicos y corrosivos, evocan directamente los gestos y escurrimientos de Pollock, transformando el cuerpo en instrumento y en materia. A su lado, las superficies fluidas de Frankenthaler y el silencio cromático de Rothko sugieren una extensión metafísica de ese espacio sin horizonte que ambos, cada uno a su modo, contribuyeron a reinventar. El recorrido concluye en la sección Espacio como metafísica con la serie Shadows de Warhol, donde el fondo se convierte en protagonista absoluto y dialoga con una obra de Mark Rothko perteneciente a la colección Thyssen.

Pollock cambió para siempre el sentido del espacio, Warhol borró su perspectiva y su unicidad. Tal vez sea en esta doble negación donde la muestra encuentra su fuerza, no como un enfrentamiento entre opuestos, sino como el reconocimiento de una inquietud común. “Exploraron un territorio compartido, capaz de proponer un modo nuevo de entender el espacio y de poner en crisis las falsas contradicciones del relato. Esta muestra es una invitación a mirar de nuevo, a cruzar los límites entre figuración y abstracción, a volver a contemplar como acto subversivo”. así observa Estrella de Diego. Una relación dicotómica pero fecunda que el Thyssen-Bornemisza invita a analizar, acompañada incluso por una banda sonora de fondo.