retrato de Carlos Alonso, 2022, ph: cultura.gob.ar
Carlos Alonso murió a los 97 años en Unquillo, Córdoba, donde residía desde hacía varios años. Nacido en Mendoza, fue uno de los grandes maestros de la pintura y el dibujo argentinos, con una obra profundamente atravesada por la dimensión política y por la violencia de la historia reciente del país.
Su producción de los años setenta adquirió una particular fuerza frente al terrorismo de Estado que comenzaría con el golpe militar de 1976. El 26 de abril de ese año, apenas un mes después del golpe, Alonso inauguró la exposición “El ganado y lo perdido” en la Art Gallery de Florida al 600, en Buenos Aires. La muestra reunía 45 trabajos realizados entre 1972 y 1976 y contenía imágenes que parecían anticipar la tragedia que atravesaría al país: víctimas con los ojos vendados, figuras borradas y fotografías de familiares ausentes.
En esas obras también podía reconocerse la figura del desaparecido, una presencia que poco después se convertiría en una de las marcas más dolorosas de la historia argentina. Para Alonso, esa dimensión política de la obra no quedó limitada a una lectura anticipatoria. En 1977, su hija Paloma fue secuestrada y desaparecida. Tras ese hecho, el artista se exilió en Italia y luego residió en Madrid.
«Varios de esos años estuve sin trabajar, recuperándome de las pérdidas; la de mi hija Paloma, la del país, la pérdida de mis afectos, y todo lo que tiene que ver con el exilio», recordaba Alonso.
La experiencia de la pérdida y el exilio atravesó así una trayectoria en la que la pintura funcionó también como espacio de memoria. La obra de Alonso quedó vinculada a una época en la que la violencia política, la desaparición y la ausencia dejaron de ser únicamente asuntos colectivos para convertirse también en experiencias personales.
Además de su producción pictórica, Carlos Alonso desarrolló una importante trayectoria como dibujante e ilustrador. Entre sus trabajos más recordados se encuentran las ilustraciones de “Don Quijote de la Mancha”, los poemas de Pablo Neruda, “El Gaucho Martín Fierro” de José Hernández, “El Matadero” de Esteban Echeverría y “El juguete rabioso” de Roberto Arlt.
Su trabajo circuló también fuera de Argentina. Sus obras formaron parte de exposiciones en el Museo Nacional de Bellas Artes de México, el Museo de Arte de La Habana, las galerías Giulia de Roma y Eidos de Milán, además de la Bedford Gallery de Londres, entre otros espacios.
En la década de 1990, Alonso tuvo además a su cargo las pinturas para los paneles centrales de la cúpula del Teatro San Martín de la ciudad de Córdoba.
A lo largo de su trayectoria, la figura humana, la violencia, la memoria y la historia se convirtieron en elementos recurrentes de una obra que mantuvo un vínculo estrecho con su tiempo. En el caso de Alonso, la relación entre arte y memoria adquirió además una dimensión personal: las imágenes de la ausencia que aparecían en su obra antes de la dictadura terminarían atravesando directamente su propia vida.
Con su muerte desaparece, a los 97 años, uno de los artistas argentinos cuya obra quedó ligada de manera más profunda a la memoria de una época marcada por la violencia y el terrorismo de Estado.
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