22 enero 2026

El Prado dice stop a la carrera por los visitantes, por un museo más responsable

de

El director del Museo del Prado, Miguel Falomir, elige un modelo alternativo a las grandes cifras: mejor 3,5 millones de visitantes al año que el riesgo de saturación.

En la época de las grandes cifras, de los rankings globales y de la competencia permanente por el liderazgo, el Museo del Prado elige un camino a contracorriente. Y lo hace por boca de su director, Miguel Falomir, quien ha declarado recientemente que el museo madrileño no tiene ninguna necesidad de seguir creciendo en términos de afluencia. «El Prado no necesita ni un solo visitante más. Con 3,5 millones estamos cómodos», afirmó, cuestionando explícitamente la ecuación —ya dada por sentada— entre éxito cultural e incremento cuantitativo del público.

Una toma de posición que llega en un momento histórico en el que muchas grandes instituciones internacionales están invirtiendo en ampliaciones, reestructuraciones y reconfiguraciones espaciales precisamente para absorber flujos cada vez más imponentes. Desde el Museo del Louvre, que con más de 8 millones de visitantes anuales sigue siendo el museo más visitado del mundo, hasta el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, pasando por las Gallerie degli Uffizi de Florencia y el Parco Archeologico di Pompei, el crecimiento físico y numérico parece haberse convertido en un destino inevitable. Falomir, en cambio, ha identificado en esta dinámica el riesgo concreto de la saturación.

El Prado, con sus cerca de 475.000 metros cuadrados totales —resultado de la última gran expansión de 2007—, es una máquina museística mucho más compacta que el Louvre y, precisamente por ello, más vulnerable a los efectos del overtourism cultural. Algunas salas, en particular las que albergan obras maestras como Las Meninas de Diego Velázquez o El jardín de las delicias de Hieronymus Bosch, ya sufren hoy una presión constante que compromete la calidad de la visita. «Un museo puede colapsar a causa de su propio éxito», observó Falomir, evocando la imagen de salas congestionadas y recorridos reducidos a flujos de hora punta en el metro. Por lo tanto, el objetivo no es aumentar las cifras, sino mejorar la experiencia, trabajando sobre la circulación interna, racionalizando los accesos, reduciendo el tamaño de los grupos, limitando el uso de la fotografía, para devolver tiempo y espacio a la relación directa entre el público y las obras.

En cierto sentido, la posición del Prado parece prudente y también previsora. Un gran museo que decide conscientemente no crecer hasta el infinito puede producir efectos positivos en todo el ecosistema cultural. Al reducir la presión sobre sus propios espacios y sustraerse a la carrera por los récords, el Prado podría contribuir indirectamente a reequilibrar los flujos turístico-culturales, favoreciendo el descubrimiento y la valorización de museos más pequeños, colecciones menos conocidas y realidades territoriales a menudo aplastadas por la centralidad de los grandes atractores.

Paradójicamente, esta estrategia podría redundar en beneficio del propio Prado. Un sistema museístico más distribuido, menos polarizado y más sostenible refuerza la percepción del museo como lugar de estudio, contemplación y conocimiento, en lugar de como etapa obligada de un consumo cultural acelerado.

Mientras reafirma la necesidad de no crecer más allá de un umbral considerado sostenible, el museo mira al futuro en el plano de los contenidos. El programa expositivo de 2026 recorrerá siglos de historia del arte, desde el gótico mediterráneo hasta la pintura renacentista alemana, pasando por proyectos de reflexión sobre el papel del Prado en el siglo XXI. En definitiva, la innovación no pasa necesariamente por el aumento de los metros cuadrados o de las entradas vendidas, sino por la capacidad de repensar su propio papel de manera responsable.

Max Mara Art Prize for Women
Max Mara Art Prize for Women