Almodóvar, Martone y la Global Sumud Flotilla: el cine reacciona frente a la brutalidad exhibida
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En Cannes, frente a periodistas de todo el mundo, Pedro Almodóvar lleva un pin con la inscripción “Free Palestine” y pronuncia palabras contundentes: «Nosotros, los europeos, debemos ser un escudo contra estos monstruos: Trump, Netanyahu y Putin». Poco antes había hablado del silencio y del miedo como síntomas de una democracia que se está desmoronando. En el mismo festival, Javier Bardem también evocó la «masculinidad tóxica» de los líderes contemporáneos. No se trata de declaraciones aisladas ni de simples posicionamientos ideológicos. Llegan mientras las imágenes provenientes de Gaza, de los centros de detención israelíes y de las operaciones militares del ejército israelí en el Mediterráneo continúan circulando diariamente, cada vez más explícitas y brutales, cada vez más institucionalizadas.

En las mismas horas, Mario Martone también intervino públicamente criticando la participación —de la cual el director no había sido informado— de su película Fuori en el festival Cinema Italia, organizado por los Institutos Italianos de Cultura de Tel Aviv y Haifa en colaboración con las cinematecas israelíes. Martone no cuestionó de forma genérica la circulación de las obras, sino que planteó una pregunta precisa: «¿Bajo el gobierno de Netanyahu, Israel es un país como cualquier otro?». Y agregó que proyectar hoy su película en salas israelíes corre el riesgo de contribuir a una representación de normalidad que, según el director, ya no existe. Al menos según ciertos parámetros a los que Occidente había podido y querido acostumbrarse.
Las palabras de los dos grandes directores, entre los más apreciados e influyentes a nivel internacional, llegan mientras crece la indignación por lo sucedido con la misión humanitaria Global Sumud Flotilla. Entre el 18 y el 19 de mayo, las fuerzas israelíes interceptaron en aguas internacionales las embarcaciones civiles dirigidas hacia Gaza, abordando los barcos y deteniendo a cientos de activistas. Entre ellos también había ciudadanos italianos. Según los testimonios difundidos por los organizadores, los detenidos habrían sido trasladados por la fuerza al puerto de Ashdod y luego a un centro de detención israelí, donde se habrían producido tratos degradantes: personas vendadas y torturadas, obligadas a permanecer en posiciones humillantes y privadas de atención médica y asistencia legal.
La difusión pública de algunos videos compartidos en redes sociales por el ministro israelí de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, dio una dimensión aún más inquietante a la violencia que atraviesa toda la situación. No se trata de imágenes obtenidas clandestinamente ni de documentos filtrados contra la voluntad de las autoridades, sino de videos exhibidos abiertamente, incluso celebratorios. Los activistas aparecen inmovilizados con precintos plásticos, humillados por militares fuertemente armados y ridiculizados por el ministro. La brutalidad es exhibida como manifiesto de una muestra de atrocidades.
Durante meses el mundo vio desfilar en sus pantallas imágenes de cuerpos palestinos bajo los escombros, niños heridos y hambrientos, hospitales destruidos, prisioneros despojados de toda humanidad. Ahora esa violencia desplazó su frontera hacia aguas internacionales y hacia ciudadanos de Estados reconocidos por el propio gobierno de Israel. La brutalidad se convirtió en lenguaje público del poder, violencia performática puesta en escena frente a cámara, contenido viral reivindicado como mensaje político. Incluso el ministro israelí de Relaciones Exteriores, Gideon Sa’ar, retuiteando el video difundido por su colega, condenó el gesto: «Tú no eres el rostro de Israel».
Las palabras de Almodóvar y Martone adquieren entonces un peso particular porque intentan romper la progresiva habituación visual que atraviesa el presente y que corre seriamente el riesgo de entorpecer la memoria que tendremos de estos acontecimientos. Ambos rechazan la idea de que la cultura pueda continuar registrando —y reproduciendo— el mundo como si nada estuviera ocurriendo. El punto no es pedirles a los artistas que sustituyan a la política, sino reconocer que el cine y el arte, los festivales y las instituciones culturales, no existen fuera del tiempo ni de los acontecimientos.
Resulta significativo que estas tomas de posición provengan precisamente de directores que, de maneras diferentes, trabajaron durante décadas sobre la vulnerabilidad de los cuerpos, las relaciones de poder y las formas de opresión y libertad. En las películas de Almodóvar, el cuerpo suele ser el lugar donde se enfrentan represión y deseo. En el cine de Martone, la gran historia atraviesa constantemente la vida de los individuos. Hoy esas reflexiones parecen salir de la pantalla y confrontarse con una realidad que aparece cada vez más extrema, exactamente como su representación.
Este artículo fue publicado originalmente en exibart.com
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