Mary’s Holy Well, Killargue, County Leitrim, Ireland, 1981
En The Photographers’ Gallery de Londres, una muestra vuelve a poner en primer plano al Martin Parr en blanco y negro: las ferias de la Irlanda rural y una sociedad en transición entre tradición y modernidad.
Playas abarrotadas, buffets pantagruélicos, desfiles involuntarios de cápsulas del kitsch, turistas comprimidos dentro de un mundo a escala de posverdad y saturación. Pero más allá de Common Sense y Small World, antes de la impronta hiperrealista que lo volvió literalmente icónico, existía un Martin Parr en riguroso blanco y negro. Y si los colores de los trabajos posteriores terminaron por eclipsar esa etapa, Parr valoraba profundamente esa parte de su obra, de su vida. En los últimos meses había trabajado con atención en la re-presentación pública de ese período, como queriendo restablecer un equilibrio, no tanto en la lectura de su producción, sino hacia las cosas mismas. La muestra A Fair Day en The Photographers’ Gallery de Londres, dedicada a las fotografías realizadas en el oeste de Irlanda a comienzos de los años ochenta, es también una suerte de gesto de reconciliación, ya póstumo, de un detective veterano con un viejo caso pendiente con el que volver a medirse.
Fundada en 1971 por Sue Davies como la primera galería pública del Reino Unido enteramente dedicada a la fotografía, The Photographers’ Gallery acompañó la carrera de Parr desde sus inicios: en 1977 acogió su primera exposición individual, Hebden Bridge and Beauty Spots. El regreso con A Fair Day: Photographs from the West of Ireland, visitable hasta el 19 de abril de 2026, cierra simbólicamente un círculo.
Entre 1981 y 1983 Parr pasó dos años en la Irlanda rural, documentando los fair days: jornadas de feria en las que las comunidades se reúnen para comerciar ganado, bailar, escuchar música popular, celebrar rituales religiosos y sociales. Ocasiones colectivas que condensan la existencia de una provincia todavía fuertemente arraigada en la tradición y atravesada por fisuras de una modernidad aún por interpretar. Era el período marcado por una profunda crisis económica que, llegada a fines de los años setenta, producía altísimos niveles de desempleo y emigración masiva, además de un endurecimiento de las ya tensísimas relaciones entre el gobierno y el Sinn Féin.
El libro A Fair Day, publicado en 1984 por Promenade Press con un texto de Fintan O’Toole, reúne 74 imágenes que componen un retrato de aquella Irlanda: gloriosos Morris Minor abandonados bajo la lluvia de Connemara, salones de baile en Drumshanbo, cuerpos que habitan un espacio comunitario ancestral pero ya expuesto a las transformaciones del final del siglo XX.
Pese a la tentación de representar la Irlanda provincial como laboratorio de una transición histórica y política, muchas imágenes parecen atemporales y el sentido, creo, es justamente ese: ¿tiene importancia hablar de pasado y futuro ante la universalidad de un camino cubierto de barro que conduce al mercado de ganado? Para Parr, que creció practicando observación de aves, el tiempo es una sombra, una aparición residual que se diluye en el traje de domingo guardado con naftalina, en un vaso de plástico junto a un pozo sagrado dedicado a la Virgen María en los bosques de Leitrim, patos que ondulan el agua del estanque, antenas de televisión que puntean la continuidad del horizonte, altavoces montados sobre postes de madera para anunciar el orden de salida de los caballos, ambiciosos bungalows de nueva construcción que desfilan en perspectiva en el campo.
Me pregunto si existe una diferencia real entre el blanco y negro de A Fair Day y los colores de Common Sense o Small World. En el pasaje marcado por The Last Resort, en 1986, Parr abrazó lo que se convertiría en su paleta. El color se volvía instrumento de expresión de una experiencia intensificada, que amplificaba la pátina abrasadora de los años thatcherianos y de la globalización naciente, el plástico para todas las ocasiones, la comida industrial empaquetada y lista para llevar, los gadgets producidos en serie y exhibidos en serie, síntomas de un sistema que elevaba, también con sus riesgos, a la masa a sujeto histórico o al menos de consumo.
En el blanco y negro el efecto es, obviamente, diferente. No hay urgencia cromática del consumo rápido, sino una trama más lenta. Y sin embargo, el fenómeno colectivo sigue rituales no tan distintos. Las ferias, los bailes de pueblo, las transacciones de ganado son dispositivos sociales y, para el ojo indulgente, empático y autoirónico de Parr, no pueden estar tan lejos de una final de Roland Garros. En la profundidad de la imagen hay una dimensión tercera, compartida por la masa global y la comunidad local, del pequeño mundo de la provincia al gran evento transmitido en directo a nivel mundial.
El humor de Parr está presente también en A Fair Day, aunque es más sutil, desarrollado en torno a la incongruencia más que al exceso. Incluso en los momentos más ambiguos, un vestido pasado de moda, una pose torpe, un detalle inesperado, la mirada se mantiene en el mismo plano de dignidad que el sujeto. Y que A Fair Day haya sido el último gran proyecto en blanco y negro de Parr no es un detalle menor. El propio autor consideraba que esta serie no había sido exhibida con la misma difusión que los trabajos posteriores y que aún tenía mucho por decir.
Esta postura ética es lo que une toda su producción. En el fondo es el mismo ojo, esa mirada oblicua hacia la imagen pero siempre horizontal en el respeto por el sujeto observado, nunca por encima, nunca por debajo de las personas y las situaciones. Ya se trate de un ganadero irlandés, de una familia obrera de vacaciones en Brighton o de un turista frente a la Torre de Pisa, Parr no construye jerarquías morales. Registra, con lucidez y afecto, las maneras en que las personas habitan su breve momento en el escenario del mundo. Sea en color o en blanco y negro, todo es digno de ser vivido, incluso antes de ser visto y narrado, parte de esa gran fiesta trágica y cómica que llamamos humanidad.
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