Frank Gehry
Algunos de sus edificios están entre los más importantes del mundo: Frank Gehry, quien practicó la arquitectura, o quizá más precisamente el artista que elevó la arquitectura al rango de gran arte de nuestro tiempo, ha muerto el 5 de Diciembre de 2025 a la edad de 96 años.
Frank Gehry
La noticia de la muerte de Frank Gehry, a los noventa y seis años en su casa de Santa Mónica, cierra una parábola que ha atravesado casi un siglo de transformaciones. Pero sería erróneo leer esta figura central de la arquitectura contemporánea únicamente a través del catálogo de sus obras icónicas –el Guggenheim de Bilbao, la Disney Hall, la Fondation Louis Vuitton. Gehry fue sobre todo un artista que practicó la arquitectura, o quizá más precisamente: un artista que elevó la arquitectura al rango de gran arte de nuestro tiempo.
Su relación con el arte nunca fue ancilar ni decorativa. Gehry jamás “aplicó” el arte a la arquitectura, como hicieron tantos arquitectos posmodernos. La suya fue una contaminación constitutiva, una ósmosis profunda que hunde sus raíces en los años sesenta, cuando frecuentaba los estudios de los artistas de la Costa Oeste californiana. Claes Oldenburg, Richard Serra, Ed Moses: con ellos Gehry compartía no solo la amistad sino una visión del proceso creativo como exploración del gesto, del material, del accidente controlado.
Frank Gehry. Fondation Louis Vuitton, París
Es precisamente en esa dimensión procesual donde se reconoce la matriz artística de su trabajo. Sus célebres maquetas físicas –esas esculturas informales de cartón, madera, metal– no eran simples instrumentos de proyecto sino verdaderas obras de arte intermedias, testimonios de un pensamiento que se hace forma mediante la manipulación directa de la materia. En esto Gehry estaba más cerca de un Fontana que corta el lienzo o de un Burri que quema el celofán que de un arquitecto tradicional inclinado sobre la mesa de dibujo, hasta el punto de que su iconicidad fue incluso acogida en un mítico episodio de Los Simpson.
El giro de su casa en Santa Mónica (1978) debe leerse en este sentido: no como una provocación ni como una simple experimentación material, sino como un manifiesto existencial en el que la arquitectura se vuelve autorretrato. Gehry envuelve una modesta casa suburbana con chapas onduladas, mallas metálicas, paneles de contrachapado –materiales pobres elevados a lenguaje expresivo. Es un gesto que recuerda al Arte Povera de Kounellis y Merz, pero también la irreverencia pop de Rauschenberg. La arquitectura se convierte en assemblage, en collage tridimensional, en escultura habitable.
El titanio reluciente del Guggenheim de Bilbao en 1997 marca la apoteosis de esta poética, con esas superficies que cambian de color con la luz, que parecen moverse, respirar, que representan el equivalente arquitectónico de las investigaciones ópticas y cinéticas de los años sesenta. Pero mientras el arte cinético permanecía confinado a la escala del objeto o la instalación, Gehry logra trasladar esa dimensión perceptiva a la escala urbana, creando un edificio que es simultáneamente escultura, espectáculo luminoso y máquina para la experiencia del arte en el corazón de la metrópoli contemporánea.
Precisamente sobre el tema del arte como contenido, Gehry siempre mantuvo una inteligente humildad. Sus museos –de Bilbao al proyecto para Abu Dabi en vías de finalización– no compiten con las obras que albergan. Crean más bien un campo de tensiones, un espacio cargado de energía visual que dialoga con el arte sin sobreponerse a él. Sus arquitecturas son marcos activos, no pasivos, que intensifican la experiencia estética sin borrarla.
En los últimos años, mientras otros arquitectos de su generación repetían fórmulas consolidadas, Gehry siguió explorando, arriesgando. El proyecto para el Luma de Arlés, con esa torre envuelta en acero inoxidable que parece una roca metamórfica, testimonia una vejez sin concesiones, fiel hasta el final a lo que Giulio Carlo Argan habría llamado “la necesidad del arte”.
Hoy que Frank Gehry nos ha dejado, queda por interrogarnos sobre qué significa su legado en una época dominada por la eficiencia paramétrica y la sostenibilidad como imperativo categórico. Quizá precisamente esto: que la arquitectura, para ser verdaderamente significativa, debe arriesgar el gesto, debe permitirse el exceso, debe reconocerse como arte antes que como servicio. En un paisaje urbano cada vez más homogeneizado y previsible, Gehry nos recuerda que la ciudad necesita maravilla, esa belleza “inútil” que solo el arte sabe donar.
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