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¿Bienal de Yucatán o bienal en Yucatán? El debate que sacude a Mérida

A pocos meses de su inauguración, la primera Bienal de Yucatán, presentada como «la primera bienal internacional de México», ya enfrenta un intenso debate dentro de la escena artística local. El detonante fue un extenso texto crítico publicado en la revista mexicana Terremoto bajo el título «Desde la Bienal en Yucatán, entre la ansiedad y la posibilidad», firmado colectivamente por el Sindicato Imaginario de Artistas de Yucatán.

El ensayo parte de un dato revelador: buena parte de la comunidad artística yucateca se enteró del proyecto no a través de un comunicado oficial, sino por una publicación de la galería Kurimanzutto en Instagram, anunciada en inglés desde Miami a finales de 2025. Ese origen, señalan los autores, marcó el tono de las dudas que siguieron: ¿cuál sería el eje curatorial, quiénes participarían, cómo se financiaría el evento y qué vínculo tendría con las comunidades mayas de la región?

Antecedentes y nuevo modelo

El texto recuerda que en la península ya existieron las «Bienales de Artes Visuales de Yucatán», entre 1985 y 2015, gestionadas por el gobierno estatal bajo un esquema de convocatoria, jurado y premios centrados en disciplinas tradicionales como pintura y escultura. Según el Sindicato, aquel modelo dejaba fuera al arte contemporáneo interdisciplinario y, pese a su apariencia democrática, carecía de un proyecto pedagógico y conceptual de fondo.

La nueva Bienal, resultado de una alianza entre el sector privado y el Estado, a través de la Secretaría de la Cultura y las Artes (Sedeculta), no rompería con esas lógicas de legitimación, según el ensayo, sino que las actualizaría adaptándolas a los estándares del circuito internacional.

El rol de Catherine Petitgas

Buena parte de las críticas se concentran en la figura de Catherine Petitgas, coleccionista y filántropa radicada principalmente en Londres, exfinanciera y autodenominada «embajadora del arte latinoamericano». El texto detalla que Petitgas llegó a Yucatán junto a su exesposo Franck Petitgas, asesor de bancos internacionales y del Partido Conservador británico, y que ambos adquirieron una propiedad histórica en el centro de Mérida.

Desde 2023, Petitgas impulsó Proyecto Y, una plataforma sin fines de lucro para acompañar y profesionalizar a artistas jóvenes egresados de la Universidad Nacional de Artes de Yucatán, y ahora, a través de la Fundación Peninsular de Arte Contemporáneo, se comprometió a financiar un tercio de las próximas tres ediciones de la Bienal. El Sindicato advierte que la mayoría de los artistas locales seleccionados ya tenían vínculos previos con Proyecto Y, lo que concentra buena parte del ecosistema de profesionalización artística bajo una sola figura.

¿Bienal de Yucatán o en Yucatán?

Otro de los ejes del ensayo es la tensión entre lo local y lo internacional. De los 65 artistas participantes, solo 15 son yucatecos, mientras que el resto son mayoritariamente extranjeros, muchos vinculados al círculo de Abraham Cruzvillegas, nombrado director artístico bajo el eje temático «lenguaje e idioma», o a la galería Kurimanzutto. Para los autores, esa decisión desperdició la posibilidad de compartir la curaduría con un agente local, en un momento en que el circuito internacional privilegia modelos más colaborativos y situados. Los artistas locales seleccionados, muchos recién egresados, recibirán honorarios de 17.000 pesos mexicanos más presupuesto de producción, pero cargan, según el texto, con la responsabilidad de representar a toda la escena sin el respaldo de artistas ya consolidados en Mérida.

Turismo, gentrificación y «soft power»

El ensayo también vincula el proyecto con las dinámicas de gentrificación que atraviesan Mérida, hoy una de las ciudades más caras de México pese a sus bajos salarios promedio. Petitgas fijó como criterio de éxito recibir entre 60.000 y 70.000 visitantes durante los tres meses de la muestra, una meta que los autores asocian a la infraestructura de miles de alojamientos turísticos de la ciudad, mientras la mayoría de sus habitantes enfrenta inundaciones, escasez de agua y apagones recurrentes. El texto recupera el concepto de «soft power neoliberal» del crítico Paco Barragán para describir cómo bienales como esta funcionan también como estrategias de proyección turística y financiera de las ciudades que las albergan.

Mirando hacia el futuro

El Sindicato Imaginario de Artistas de Yucatán cierra su texto con un llamado a la cautela más que al rechazo: reconoce que ya están anunciados los ejes de las próximas dos ediciones, identidad en 2028 y ecología en 2030, y advierte que, mientras la región no cuente con programas académicos propios en curaduría, museografía o periodismo cultural, el poder de narrar su propia escena seguirá en manos externas. Aun así, el colectivo no descarta que la Bienal pueda convertirse en una oportunidad real de formación y fortalecimiento para la comunidad artística local, si logra traducirse en cambios estructurales más allá del espectáculo mediático.

Como todo proyecto que nace bajo el paraguas de una única mecenas, la Bienal de Yucatán tendrá que demostrar con hechos, no con cifras de visitantes ni con nombres de renombre internacional, que puede convertirse en algo más que una plataforma de proyección turística y financiera para Mérida. El proyecto llega con buenas intenciones declaradas: profesionalizar a una generación de artistas locales, abrir la ciudad a un diálogo global y dejar una infraestructura cultural duradera. Pero las preguntas planteadas por el Sindicato Imaginario de Artistas de Yucatán sobre quién decide, quién se beneficia y qué territorio queda representado no son un capricho gremial: son las mismas que atraviesan a casi todas las bienales contemporáneas, desde Venecia hasta São Paulo, cuando el arte se cruza con el capital privado y las agendas de desarrollo urbano.

Que la Bienal logre o no responder a esas preguntas solo se sabrá con el tiempo, cuando se pueda evaluar no la lista de artistas ni el prestigio de sus curadores, sino el impacto real sobre quienes hoy sostienen la escena artística yucateca desde sus márgenes. Hasta entonces, el debate abierto por Terremoto funciona como un recordatorio necesario sobre algo que aprendimos con evidencia en la última Bienal de Venecia: ninguna bienal es neutral, y la crítica temprana es también una forma de exigir coherencia entre los discursos que una institución sostiene y las prácticas que promueve.

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