En Río de Janeiro, el Museu do Carnaval propone una narrativa centrada en las escuelas de samba del Grupo Especial. Ubicado en la Cidade do Samba, el museo conserva trajes, maquetas de carros alegóricos y registros audiovisuales de desfiles históricos. La exhibición subraya el carácter técnico y colaborativo del carnaval: detrás del espectáculo hay talleres, diseñadores, soldadores, costureras, compositores y directores artísticos.
Al observar de cerca un traje bordado o una maqueta, el visitante entiende que el desfile no es solo entretenimiento masivo, sino un dispositivo artístico complejo. Cada escuela articula una narrativa visual anual, el enredo (tema narrativo que estructura el desfile de una escuela de samba), que combina investigación histórica, alegoría política y teatralidad popular. El museo, en este sentido, desplaza la mirada del “evento” hacia el proceso.
Pero esa musealización también implica un riesgo: aislar los objetos de su contexto performativo. Un traje sin cuerpo es una promesa suspendida. Un carro alegórico reducido a maqueta pierde su escala y su vibración sonora. El desafío curatorial consiste en transmitir que el carnaval no es un objeto, sino una temporalidad colectiva.
Más situado en la dimensión social, el Museu do Samba articula otra lectura. Vinculado históricamente a la escuela Mangueira, este espacio enfatiza la genealogía afrobrasileña del samba y del carnaval carioca. Aquí el archivo no se limita a vestuarios espectaculares; incluye testimonios orales, fotografías de compositores, instrumentos y memorias comunitarias.
En esa línea, la exposición A Força Feminina do Samba, con curaduría de Nilcemar Nogueira, introduce un desplazamiento decisivo: invita a releer la historia del samba desde un matriarcado cultural sistemáticamente relegado a los márgenes del relato oficial. La muestra reúne materiales y testimonios que configuran una historiografía sostenida por mujeres negras fundamentales como Tia Ciata, Clementina de Jesus, Dona Ivone Lara y Leci Brandão, entre muchas otras. No se trata de un gesto conmemorativo, sino de una intervención crítica en el campo de la memoria: reconocer que el samba carioca nació y se consolidó gracias a redes femeninas de cuidado, transmisión oral, militancia cultural y trabajo comunitario.
El museo introduce una pregunta crucial: ¿quién produce el carnaval y desde dónde? Las escuelas de samba nacieron en barrios populares, marcados por la precariedad urbana y la violencia estatal. Convertidas hoy en emblema nacional y atractivo turístico, su historia revela una circulación desigual entre periferia y centro. En este marco, el archivo funciona como herramienta política: resguardar memorias que, de otro modo, podrían diluirse en la narrativa oficial del espectáculo.
Si en Río el carnaval se asocia al desfile monumental del Sambódromo, en Recife la experiencia adopta otra escala. El Paço do Frevo está dedicado al frevo, música y danza centrales del carnaval pernambucano. El edificio combina exposición histórica con formación y performance en vivo. Sombrillas diminutas, trajes vibrantes y partituras conviven con talleres abiertos al público.
Aquí el énfasis no está en la grandilocuencia escenográfica, sino en el cuerpo. El frevo exige destreza física; su coreografía fragmenta el espacio urbano en saltos y giros. Musealizar esta práctica implica asumir que la tradición es también pedagogía. El Paço no solo conserva; activa.
Otros espacios amplían esta cartografía. El Museu da Imagem e do Som alberga archivos audiovisuales que documentan desfiles, sambas-enredo y figuras históricas. El Museu Afro Brasil, por su parte, integra el carnaval dentro de una historia más amplia de cultura afrobrasileña, subrayando continuidades entre religiosidad, música y resistencia simbólica.
En esta expansión institucional, el Museu de Arte do Rio ha incorporado el carnaval dentro de su programación pública, no como patrimonio especializado sino como fenómeno central en la construcción visual y social de la ciudad. Desde una perspectiva más cercana al museo de arte contemporáneo, el carnaval aparece allí como archivo urbano, pedagogía colectiva y dispositivo crítico para pensar la historia de Río. Su inclusión desplaza el eje: ya no se trata solo de preservar una tradición, sino de interrogar cómo esa tradición modela imaginarios de nación, turismo y desigualdad.
En conjunto, estos museos evidencian un cambio de paradigma. Durante décadas, el carnaval fue considerado cultura popular efímera, ajena al canon artístico. Su potencia residía precisamente en su carácter pasajero. Sin embargo, en un contexto global donde las industrias creativas y el turismo cultural adquieren centralidad económica, el carnaval se redefine como patrimonio, como archivo y como campo de saber especializado.
La pregunta no es solo qué se conserva, sino cómo se narra. ¿Se privilegia la espectacularidad o la dimensión política? ¿Se reconocen las condiciones materiales de producción? ¿Se visibilizan las tensiones raciales y de clase que atraviesan su historia?
En el mejor de los casos, estos museos operan como espacios de mediación crítica. No intentan domesticar la fiesta, sino ofrecer herramientas para comprender su complejidad. El carnaval, lejos de ser una imagen congelada de Brasil, es un laboratorio anual donde se ensayan imaginarios nacionales, disputas de memoria y narrativas sobre el futuro.
Archivar lo efímero no implica clausurarlo. Implica aceptar que la memoria también es movimiento. Y que, incluso dentro del museo, el carnaval sigue siendo una forma de vibración colectiva que desborda cualquier vitrina.