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En Zúrich, una exposición muestra cómo los artistas están reescribiendo la memoria del colonialismo

No todo el mundo sabe que, durante la trata de esclavos, las mujeres embarazadas eran arrojadas al mar o se lanzaban ellas mismas para evitar que sus hijos vivieran una vida de abusos y explotación. Según un mito afrofuturista retomado por la artista estadounidense Andrea Chung, sus hijos nunca nacidos habrían fundado Drexciya, una ciudad sumergida donde las injusticias son apenas un lejano recuerdo. De ellos y de otros olvidados habla A Kind of Paradise. Colonial-Era Photography in Contemporary Art, una exposición colectiva que reúne las obras de veinte artistas contemporáneos que reflexionan sobre sus propios pasados de opresión.

Wendy Red Star, Spring – Four Seasons, 2006. © Wendy Red Star. Cortesía de la artista; colección del Newark Museum of Art.

Naturalmente, no es casual que el proyecto haya nacido en las salas del Museo Rietberg, uno de los mayores museos de Suiza, dedicado íntegramente al arte de Asia, África, América y Oceanía. La exposición, cuya preparación tomó alrededor de tres años, fue concebida por Nanina Guyer, curadora del departamento de fotografía del museo. Doctora con una tesis sobre las imágenes históricas de la sociedad Sande —una sociedad iniciática femenina— en Sierra Leona y Liberia, su investigación se centra en una historia de la fotografía sin fronteras y en las múltiples formas que esta adopta alrededor del mundo. Sin embargo, el nombre de Guyer apenas aparece en una muestra que parece haber surgido de manera espontánea, nacida de sí misma y narrada a través de las voces de sus artistas.

Dimakatso Mathopa, Individual Beings (Moving VI), 2023–24. © Dimakatso Mathopa. Cortesía de la artista; Museo Rietberg.

A Kind of Paradise explora por primera vez una tendencia que se está extendiendo en el arte contemporáneo: de pronto, artistas de distintas partes del mundo vuelven a sus orígenes y, como guardianes del pasado, construyen archivos personales en forma de obra de arte. La exposición reúne algunas de estas colecciones, en las que la memoria colonial es evocada e interrogada, y donde a la violencia sufrida por sus antepasados responde el profundo acto de empatía de los artistas contemporáneos, capaces de identificarse con ellos para protegerlos retrospectivamente.

¿Por qué nos conmueven las fotografías de nuestros antepasados cuando tenían nuestra misma edad? Quizás porque, en el fondo, también hablan de nosotros. Puede parecer extraño para quienes inmortalizamos y guardamos en el carrete del celular incluso el café con medialuna del domingo, pero, incluso en la era de la sobreabundancia de imágenes, no todos tienen derecho a sus raíces.

Dinh Q. Lê, Crossing the Farther Shore, 2014. © Dinh Q. Lê.

El poder pertenece a quien cuenta la historia: a quien escribe, pinta o fotografía. Y quien lo posee, a veces, guarda silencio. Pero quitar la palabra es como quitar la identidad: las historias que no se cuentan, las que quedan fuera del encuadre, pronto son olvidadas y dejan a generaciones enteras sin pasado. Frente a esos vacíos de la memoria, los artistas responden con un trabajo filológico de investigación y recuperación, en un reflejo donde a la voz apenas susurrada del pasado se superpone la voz firme y contundente del presente.

En otras ocasiones, la voz dominante distorsiona la realidad atrapando a los demás en estereotipos tranquilizadores, como el que presenta a los pueblos originarios de Norteamérica como salvajes estoicos, fusionados con una naturaleza arcaica e incontaminada. Wendy Red Star desenmascara ese engaño y revela el poder manipulador de las imágenes: sus bosques y praderas son escenarios impresos, habitados por animales de plástico. Así, la artista toma finalmente la palabra y deja al descubierto la puesta en escena a la que los pueblos originarios fueron sometidos durante tanto tiempo.

Vista de la instalación A Kind of Paradise. Artistas: Tshepiso Moropa y Raphaël Barontini. © Museo Rietberg. Fotografía: Patrik Fuchs.

A Kind of Paradise también reflexiona sobre el valor de proteger el patrimonio cultural. El patrimonio es, etimológicamente, el legado de los padres: aquello que nos identifica y cuya preservación exige nuestro compromiso para transmitirlo intacto a las generaciones futuras. Pero no siempre ocurre así. No se trata solo de contar las historias: conservarlas también es un privilegio y, junto al derecho a la imagen, emerge también el derecho a la conservación. Esa es la reflexión de Cédric Kouamé, joven artista marfileño nacido en 1992, quien crea un archivo de imágenes deterioradas y descompuestas (The Gifted Mold Archive), señalando la falta de medidas de conservación en Costa de Marfil, agravada por un clima extremadamente húmedo que favorece la proliferación de biodeteriorantes responsables del deterioro de los bienes culturales. Porque las historias son frágiles si no se las cuida. Pero, si lo hacemos, recibimos a cambio algo invaluable: una parte de nosotros mismos.

Yuki Kihara, First Impressions: Paul Gauguin, 2018. © Yuki Kihara. Cortesía de la artista y de Milford Galleries.

A veces, para sanar es necesario volver a absorber el pasado, mirarlo a los ojos y atravesarlo por completo. Y el arte, una vez más, se presenta como la herramienta ideal para comprender la realidad y el dolor, reunir las piezas y, finalmente, seguir adelante.

Este artículo fue publicando originalmente en exibart.com
Michela Pisano

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