Terciopelo Club. Daniel Basso. Foto: Josefina Tommasi
Terciopelo Club, la exposición de Daniel Basso en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, se presenta como un gesto de escala y de método. No se trata solo de la primera gran individual del artista en su país, sino de un proyecto concebido para ocupar el museo como un espacio de experiencia, más que como un contenedor neutral.
Basso trabaja desde hace años en una zona ambigua entre arte, diseño y cultura visual popular. Su práctica se alimenta de tipografías, textiles, superficies blandas y códigos gráficos que remiten tanto al ocio nocturno como a la economía del deseo. En Terciopelo Club, esa constelación se despliega como un ecosistema inmersivo: las obras no se limitan a ser vistas, sino que construyen una atmósfera. El club —como espacio social, afectivo y político— funciona aquí menos como tema que como estructura.
La materialidad es clave. Telas, relieves, cromatismos saturados y superficies táctiles producen una relación corporal con el espacio expositivo. Hay una insistencia en lo blando, en lo ornamental, en aquello que históricamente fue relegado por los relatos modernistas del arte “serio”. Sin embargo, Basso no opera desde la nostalgia ni desde la cita irónica. Su gesto es más preciso: reinscribe esos lenguajes en el museo para exponer sus tensiones con la idea de valor, gusto y jerarquía cultural.
La exposición también puede leerse como una reflexión sobre la circulación de imágenes y estilos en el capitalismo contemporáneo. Las estéticas del diseño gráfico, de la moda o del entretenimiento aparecen aquí despojadas de su función utilitaria, pero no de su potencia simbólica. El artista entiende estos lenguajes como archivos vivos, atravesados por clase, deseo, consumo y pertenencia. En ese sentido, Verciopelo Club evita tanto la celebración acrítica como el distanciamiento moralista.
Desde el punto de vista institucional, el proyecto confirma una línea del Museo Moderno orientada a la producción de exposiciones de gran escala que apuestan por artistas locales con proyección internacional. No es menor que esta apuesta se materialice en obras concebidas específicamente para el espacio, en un contexto regional marcado por la precarización de las condiciones de producción cultural. La muestra asume esa tensión sin subrayarla: la convierte en parte de su lógica interna.
Terciopelo Club no ofrece una narrativa cerrada. Funciona, más bien, como un dispositivo que activa asociaciones, memorias sensoriales y preguntas sobre cómo habitamos las imágenes. En un presente saturado de estímulos, Basso propone detenerse en la superficie —en su densidad política y afectiva— y reconocer allí un campo de disputa. El club, al final, no es solo un lugar de escape: es también un espacio donde se ensayan formas posibles de comunidad.
Terciopelo Club. Daniel Basso. Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Hasta marzo de 2026.
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