Francesca Casale, retrato
El olfato introduce una temporalidad diferente, escapa a la fijeza de la imagen y pone en discusión las convenciones mismas de la conservación, de la documentación y de la fruición de la obra. También el público, a mi juicio, ha desarrollado una mayor disposición hacia experiencias que no se agotan en la dimensión visual. La obra olfativa requiere una participación activa, porque se realiza en el encuentro entre el patrimonio mnemónico, cultural y afectivo de cada individuo. Más que asistir a la afirmación de una nueva disciplina, creo que estamos observando la emergencia de una sensibilidad diferente hacia la experiencia estética: una sensibilidad que reconoce en la multisensorialidad y en las formas de conocimiento no exclusivamente visuales elementos centrales para comprender las prácticas artísticas contemporáneas». Tus obras parecen nacer de una investigación muy articulada. Cuando inicias un nuevo proyecto, ¿cuál es el punto de partida y cómo se construye una obra olfativa? ¿Cómo traduces una intuición en una obra? «Cada proyecto nace de una pregunta, más que de una idea formal. Me interesa identificar un nodo conceptual –que puede referirse a la memoria, al paisaje, a la identidad– reconociendo en el lenguaje olfativo un dispositivo pertinente para indagarlo. El olor, para mí, es una materia crítica, capaz de producir significado y de activar formas de conocimiento que escapan a la representación visual. La investigación constituye una parte fundamental del proceso. Cada obra toma forma a través de un recorrido que entrelaza fuentes históricas, científicas, antropológicas y culturales. Solo cuando el marco conceptual es suficientemente sólido empiezo a trabajar en la composición olfativa, que considero una verdadera escritura: una construcción de relaciones dada por la combinación de materias olorosas. Me interesa que la obra mantenga una cierta apertura interpretativa y que el visitante no sea guiado hacia un significado unívoco, sino que pueda construir su propia experiencia a través de la activación de la memoria, de la imaginación y del cuerpo. Es precisamente en este espacio de relación donde, a mi juicio, la obra toma forma realmente».
Jean Claude Ellena ha escrito que «Al contrario de las imágenes, que nos permanecen exteriores, los olores nos penetran»: el mismo olor puede evocar emociones y recuerdos completamente diferentes de persona a persona y tal vez, respecto a las sugestiones puramente visuales, es aún más indefinidamente personal. ¿De qué manera esta imprevisibilidad de recepción condiciona tu forma de proyectar la obra? «La reflexión de Jean-Claude Ellena capta un aspecto fundamental: el olfato es un lenguaje que atraviesa al sujeto antes incluso de ser racionalizado. Sin embargo, no creo que esta aparente imprevisibilidad represente un límite proyectual; al contrario, constituye la condición misma de posibilidad de la obra. La historia del arte occidental ha construido gran parte de sus dispositivos en torno al primado de la visión, privilegiando formas de percepción orientadas al reconocimiento y a la representación. El olfato introduce, en cambio, una economía diferente de la experiencia: no se limita a ser interpretado, sino que involucra al cuerpo de manera inmediata. Por este motivo, nunca considero la composición olfativa como un código destinado a producir una respuesta unívoca.
Mi interés reside más bien en la construcción de una estructura abierta, capaz de generar una pluralidad de lecturas sin renunciar a un planteamiento conceptual riguroso, como por ejemplo en Pianeti Olfattivi. La obra, por lo tanto, no consiste en el intento de controlar la recepción, sino en definir las condiciones dentro de las cuales la experiencia puede suceder. En este sentido, el significado de la obra no está enteramente contenido en el objeto artístico, sino que emerge en la relación entre su estructura y quien la experimenta. Creo que precisamente la inestabilidad hace que el arte olfativo sea particularmente relevante en el contexto contemporáneo. En una época que tiende a reducir la experiencia a formas cada vez más estandarizadas e inmediatamente legibles, el médium olfativo introduce una dimensión de opacidad, de negociación y de irreductibilidad interpretativa». Está luego el discurso del componente efímero del olor: este último, por su propio componente volátil, está destinado a desaparecer, mucho antes en comparación con otros medios y lenguajes artísticos. ¿Cómo cambia –si cambia– la manera de proyectar y pensar una obra al trabajar con un medio tan impalpable y caduco? «La idea de que la obra deba aspirar a la permanencia es, en el fondo, una construcción histórica. Muchas prácticas artísticas del siglo XX ya han puesto en discusión este paradigma, desplazando la atención del objeto al proceso, del archivo a la experiencia, de la conservación a la activación. El arte olfativo se sitúa en esta genealogía, pero introduce una radicalidad ulterior: la volatilidad no es una cualidad accesoria del médium, es su propia condición ontológica. Por ello no considero lo efímero como un límite que compensar, sino como un elemento proyectual. El olor hace evidente que toda experiencia estética es, por definición, temporaria. Creo que esta perspectiva tiene también un valor crítico respecto a ciertas dinámicas del sistema del arte, históricamente fundado en la permanencia, en la coleccionabilidad y en la fijación del objeto. Una obra olfativa resiste a estas categorías porque desplaza el valor del objeto a la relación, de la acumulación a la experiencia, de la permanencia al evento».
En Olfacta Art Fair la palabra fair evoca inmediatamente el coleccionismo y la compraventa, mientras que la obra olfativa escapa por su naturaleza a la estabilidad del objeto. ¿Es una crítica al mercado del arte o más bien el intento de imaginar uno diferente?
«No definiría Olfacta Art Fair como una mera crítica al mercado del arte, sino más bien como un intento de interrogar algunos de sus presupuestos. El término fair es voluntariamente ambivalente: evoca el sistema de la feria, del coleccionismo y de la circulación de las obras, pero lo hace a partir de un lenguaje que pone en crisis muchas de las categorías sobre las que ese sistema se ha construido históricamente. La obra olfativa escapa, en efecto, a la idea del objeto como entidad estable. Consecuentemente, su naturaleza procesual y relacional obliga a repensar no solo las modalidades de exposición, sino también las de la conservación, la transmisión y el valor. Esto no significa que no pueda entrar en el mercado, sino que el mercado debe confrontarse con formas artísticas que requieren herramientas interpretativas y modelos de adquisición diferentes. Olfacta Art Fair nace precisamente de esta conciencia. Más que crear una plataforma comercial dedicada al olfato, pretende construir una infraestructura cultural capaz de legitimar el arte olfativo como práctica autónoma de la contemporaneidad. Por ello, el proyecto acompaña la dimensión expositiva de un fuerte componente comisarial y teórico, en la convicción de que no puede existir un mercado realmente maduro sin un análogo proceso de reconocimiento crítico. En este sentido, la feria se convierte en un dispositivo de mediación entre investigación artística, instituciones, coleccionismo y público. No propone una alternativa al sistema del arte, sino que intenta ampliar su perímetro, para que pueda acoger prácticas que hasta hoy han permanecido al margen no por una fragilidad propia, sino por la inadecuación de las categorías a través de las cuales estamos habituados a leerlas».
Este artículo fue publicando originalmente en exibart.com
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