New Years’ Eve in Rio. South America
El Año Nuevo es, quizás, uno de los pocos rituales verdaderamente globales que aún conserva una dimensión íntima. Se celebra en casi todas partes, pero nunca de la misma manera. Marcar el paso del tiempo no solo como continuidad, sino como posibilidad de recomienzo: un dispositivo simbólico que organiza deseos, miedos y proyecciones colectivas.
En Oriente, los rituales asociados al cambio de año —especialmente en los calendarios lunares— se construyen desde la repetición y la transmisión. El color rojo, la limpieza del hogar, la comida compartida, los fuegos que ahuyentan lo viejo: todo responde a una lógica de protección y armonización. El futuro no se inaugura de cero; se prepara. El tiempo se entiende como ciclo, no como ruptura.
En Occidente, en cambio, el Año Nuevo suele pensarse como un corte. El conteo regresivo, el brindis, los fuegos artificiales y la euforia colectiva construyen una narrativa de inicio absoluto. Hay algo performativo en esa celebración: se actúa el cambio, se dramatiza la entrada a un tiempo “nuevo”, aunque las condiciones materiales permanezcan casi intactas. El ritual no garantiza transformación, pero la enuncia.
En América Latina, estas temporalidades se superponen. Conviven tradiciones heredadas, creencias populares y gestos importados. Comer lentejas, vestir de blanco, quemar muñecos, saltar olas, escribir deseos: prácticas que mezclan superstición, humor y necesidad simbólica. No hay pureza ritual, sino ensamblaje. Y en ese ensamblaje, el cuerpo ocupa un lugar central: se come, se baila, se quema, se lanza al agua. El tiempo se atraviesa con acciones concretas.
Las industrias culturales han sabido leer —y capitalizar— esta densidad simbólica. El Año Nuevo se convierte en escenario de consumo, espectáculo y promesa aspiracional. Música, cine, moda, turismo y publicidad construyen imágenes del “nuevo comienzo” como una versión optimizada de la vida. El ritual se estetiza, se acelera, se vuelve contenido. Sin embargo, incluso en su versión más mercantilizada, conserva una potencia residual: la de permitir imaginar otra cosa.
El arte contemporáneo ha trabajado reiteradamente con esta tensión entre rito y simulacro. Muchas prácticas artísticas —especialmente en contextos latinoamericanos— recuperan gestos rituales no para folklorizarlos, sino para interrogarlos: ¿qué significa empezar de nuevo en territorios marcados por la repetición de la crisis?, ¿qué futuro es imaginable cuando el presente se vuelve permanente?, ¿qué cuerpos pueden realmente celebrar?
Pensar el Año Nuevo desde el arte implica desplazarlo del calendario hacia el campo de la experiencia. Entenderlo no como promesa ingenua, sino como un espacio de negociación simbólica entre lo que se deja atrás y lo que, aun sin garantías, se insiste en desear. En ese gesto —frágil, repetido, a veces contradictorio— el ritual sigue cumpliendo su función más profunda: no cambiar el mundo, sino ayudarnos a habitar el tiempo.
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