Installation view of teamLab Borderless. Source: teamLab
En los últimos años, las grandes capitales culturales —y también ciudades periféricas que buscan su lugar en el mapa global— han visto proliferar los llamados museos inmersivos: espacios diseñados no tanto para la contemplación como para la producción inmediata de imágenes. Habitaciones monocromas, piscinas de pelotas, esculturas inflables de escala monumental, luces de neón, espejos infinitos. Todo invita a entrar, posar, sonreír y compartir.
Estos espacios suelen presentarse como museos, aunque carecen de colección, de investigación y, en muchos casos, de una curaduría en sentido estricto. Funcionan más bien como escenografías temáticas: universos dedicados a globos, dulces, mundos oníricos o personajes icónicos de la cultura pop como Hello Kitty. El visitante no recorre una exposición; habita un set.
El giro es claro: ya no se trata de mirar una obra, sino de aparecer en ella. El cuerpo del espectador se vuelve protagonista y la imagen resultante —el selfie— es el verdadero producto cultural. La experiencia está pensada para durar lo que dura una historia de Instagram; su valor no reside en la memoria sino en la circulación.
Este desplazamiento no es inocente. El museo inmersivo responde a una lógica precisa de la industria cultural contemporánea: maximizar la experiencia, minimizar la fricción.
Aquí el arte se diluye en diseño experiencial. La obra no interpela, acompaña. No cuestiona, decora. Y, sin embargo, estos espacios suelen utilizar el lenguaje del arte contemporáneo para legitimarse: hablan de inmersión, de participación, de nuevas formas de experiencia estética.
La diferencia es fundamental: mientras el arte contemporáneo ha utilizado históricamente la inmersión para desestabilizar la percepción, el museo instagramable la usa para confirmarla.
En este sentido, el museo inmersivo se acerca más al parque temático que a la institución cultural. Su éxito no se mide en debates generados, sino en métricas de visibilidad. Likes, shares, reposts. El visitante se convierte en agente de marketing, y su experiencia personal, en contenido.
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