Charlas y debates

Valor simbólico vs. valor de mercado: cuando no coinciden

En el arte contemporáneo, el valor rara vez es una categoría estable. Se construye, se negocia, se disputa. Entre el precio de una obra y su relevancia simbólica se abre un espacio de fricción que el sistema del arte no solo tolera, sino que necesita para funcionar. Cuando ambos valores coinciden, la narrativa parece cerrarse con comodidad. Pero cuando divergen —y lo hacen con frecuencia— aparecen preguntas más incómodas: ¿qué se está valorando realmente?, ¿quién valida?, ¿quién queda fuera?

El valor simbólico de una obra se articula a partir de múltiples capas: su potencia formal, su inscripción histórica, su capacidad de condensar una experiencia colectiva o de abrir nuevas lecturas. Es un valor inestable, acumulativo, que se construye en el tiempo y a través de discursos críticos, exposiciones, lecturas situadas. No depende de una transacción inmediata. Puede existir incluso sin mercado, o en sus márgenes.

El valor de mercado, en cambio, responde a otras lógicas. Se define por la escasez, la demanda, la circulación, la visibilidad estratégica. Se expresa en cifras, récords, rankings, ferias. Necesita velocidad, comparabilidad y relato. Mientras el valor simbólico admite ambigüedad, el valor de mercado exige claridad: un precio, una firma, una promesa de retorno.

La tensión entre ambos no es nueva, pero en las últimas décadas se ha vuelto más visible. En un sistema cada vez más acelerado, donde la carrera de los artistas se mide en ciclos cortos y la legitimación se superpone con la especulación, la disociación entre valor simbólico y valor económico se vuelve estructural. Obras relevantes desde el punto de vista crítico pueden circular durante años sin encontrar comprador, mientras piezas formalmente previsibles alcanzan cifras elevadas gracias a una narrativa de mercado eficaz.

Esta asimetría no implica necesariamente fraude o cinismo. El mercado no opera como un tribunal estético, sino como un sistema de apuestas. Compra futuro, no pasado. Invierte en trayectorias, no en consensos. En ese sentido, puede adelantarse al reconocimiento simbólico, pero también ignorarlo por completo. La historia del arte está llena de artistas cuyo valor simbólico se consolidó mucho después —o incluso en ausencia— de éxito comercial.

Sin embargo, cuando la distancia entre ambos valores se vuelve demasiado amplia, el sistema empieza a mostrar fisuras. Para los artistas, esta disociación puede generar precariedad y desgaste: reconocimiento sin sostenibilidad material, visibilidad sin recursos. Para las instituciones, plantea dilemas curatoriales: ¿exhibir lo que el mercado ya legitimó o insistir en prácticas que aún no tienen traducción económica? Para el público, produce desconcierto: ¿por qué aquello que parece relevante no circula?, ¿por qué lo que se vende no siempre conmueve?

Interior view of the New Museum of Contemporary Art in New York (designed by Kazuyo Sejima + Ryue Nishizawa: SANAA (2007); image courtesy Phaidon)

Las galerías ocupan un lugar clave en esta tensión. Funcionan como mediadoras entre ambos valores, intentando traducir uno en otro sin que ninguno se diluya por completo. Pero esa mediación es frágil. Sostener artistas con alto valor simbólico y bajo rendimiento comercial implica asumir riesgos económicos que no todas pueden —o quieren— asumir. De allí que muchas prácticas queden confinadas a circuitos institucionales o independientes, con escasa proyección de mercado.

En paralelo, el discurso curatorial y crítico corre el riesgo de adaptarse al lenguaje del mercado. Cuando la validación simbólica se alinea demasiado rápido con el éxito comercial, pierde capacidad de fricción. La crítica deja de señalar disonancias para acompañar narrativas ya consolidadas. En esos casos, la coincidencia entre valor simbólico y valor de mercado no es síntoma de equilibrio, sino de empobrecimiento del debate.

Pero también existen momentos en que la no coincidencia resulta productiva. Cuando una obra circula sin venderse, cuando insiste pese a su falta de traducción económica, se abre un espacio de resistencia. Ese desajuste permite pensar el arte más allá de su condición de mercancía, recuperar su dimensión experimental, incluso improductiva. No todo lo que importa puede —o debe— tener precio inmediato.

La pregunta entonces no es cómo hacer coincidir ambos valores, sino cómo sostener su tensión sin que uno anule al otro. Reconocer que el mercado es una dimensión del arte, pero no su medida total. Aceptar que el valor simbólico necesita tiempo, fricción y, a veces, invisibilidad. Y asumir que cuando ambos valores no coinciden, lejos de ser un problema a corregir, puede ser una señal crítica: un recordatorio de que el arte sigue siendo un campo de conflicto.

Redacción Exibart Latam

Entradas recientes

Lo que pasa en el mundo, en la Nueva York de Mamdani pasa antes

  El ascenso de un alcalde socialista y la revancha de la clase trabajadora multiétnica:…

13 horas hace

65 artistas para la Bienal de Diriyah 2026, Arabia Saudita epicentro de lo contemporáneo

Han sido anunciados los artistas que participarán en la tercera edición de la ambiciosa Diriyah…

15 horas hace

MACBA Buenos Aires: abstracción, persistencia y ciudad

En el entramado heterogéneo del arte contemporáneo porteño, el MACBA – Museo de Arte Contemporáneo…

15 horas hace

Dib Bangkok: abre el primer súper museo de arte contemporáneo de Tailandia

Con Dib Bangkok, Tailandia inaugura su primer museo internacional de arte contemporáneo: la muestra inaugural…

1 día hace

Dos nuevos murales de Banksy aparecen en Londres, a pocos días de la Navidad

La tercera intervención de Banksy de 2025 aparece cerca de Centre Point, símbolo de las…

1 día hace

Habitar el resto: prácticas artísticas latinoamericanas y conciencia ecológica

En la reciente New York Fashion Week, atravesada por discursos de sostenibilidad cada vez más…

1 día hace